Un lunes cualquiera, en la llamada frontera chica de Tamaulipas, se volvió a vivir la rutina más arraigada: el plomo. Un comando armado del Cartel del Golfo —de esos que circulan por la frontera como si fueran parte del mobiliario urbano— abrió fuego contra elementos de la Guardia Estatal, desatando una persecución por la Carretera Ribereña y las calles del poblado Los Ángeles.
El saldo: un agente muerto, varios heridos y un silencio oficial que suena más fuerte que los disparos.
Los hechos ocurrieron poco antes de la una de la tarde, justo cuando el sol pega con esa furia norteña que derrite la paciencia. Vecinos dicen que primero escucharon el tableteo de las armas y luego vieron pasar las patrullas como cohetes sin rumbo fijo. El enfrentamiento siguió hasta la calle Valentín Barrera, donde el tiroteo convirtió los muros en coladores.
Los guardias lograron abatir o al menos herir a varios atacantes —detalle que el gobierno estatal siempre reporta con la soltura de quien narra un gol en tiempo extra—, pero uno de sus compañeros no tuvo la misma suerte: fue trasladado grave al Hospital Integral de Los Guerra, donde murió a causa de las heridas.

Mientras tanto, el tráfico en la Ribereña quedó paralizado a dos kilómetros de la entrada a la ciudad. La gente se tiró al piso, los curiosos grabaron desde la banqueta y las autoridades… guardaron discreto mutismo. Que no cunda el pánico, parece decir el silencio institucional, aunque en Tamaulipas el pánico ya es parte de la cotidianidad.
Con informacion: ELNORTE/

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