En Sinaloa la “nueva estrategia de seguridad” es tan efectiva que lo único que baja son las expectativas; los muertos, los desaparecidos y las hieleras van en sentido contrario.
Sinaloa: laboratorio del fracaso
En año y medio, Sinaloa ha puesto los cadáveres y el gobierno las conferencias: entre 110 y 200 asesinatos al mes mientras la administración presume que ya superó los “abrazos, no balazos” con una estrategia igual de inútil, pero con peor discurso.
El propio balance que cita Noroeste —3,023 homicidios dolosos, 3,539 personas privadas de la libertad, 10,432 vehículos robados, 3,399 detenidos y 183 abatidos del 9 de septiembre de 2024 al 29 de marzo de 2026— es un parte de guerra disfrazado de estadística; mucha pluma, poco resultado.
Sinaloa fue el territorio donde Claudia Sheinbaum y Omar García Harfuch estrenaron su modelo “pos–López Obrador”, pero lo único que cambió fue el eslogan: la violencia siguió exactamente donde la dejó el sexenio pasado, acomodada y bien armada.
El territorio del cartel, no del Estado
Mientras en la Ciudad de México hablan de decomisos y detenciones, en el Estado la verdadera autoridad sigue firmada por las distintas facciones del Cártel de Sinaloa, que reparten miedo, levantones y fosas como si fueran programas sociales. La guerra intestina entre los hijos de Joaquín Guzmán y los seguidores de Ismael Zambada dejó, según el propio Registro Nacional, 1,500 personas desaparecidas o no localizadas en apenas 18 meses, una cifra que no se explica con “incidencia delictiva” sino con control territorial absoluto.
Secuestran turistas, empresarios, muchachos de bar y hasta influencers, y el Estado responde con fichas de búsqueda que funcionan más como acta de defunción anticipada que como instrumento de localización.
La hielera como comunicado oficial
En la maxipista Culiacán–Mazatlán, a la altura de Elota, el mensaje llegó más claro que cualquier boletín federal: una hielera con restos humanos y una manta atribuida a grupos criminales, colocada en plena mañana junto a una empacadora, sin prisa y sin estorbo. La escena es un manual de quién manda: ciudadanos reportan al 911, las tres instancias de gobierno llegan a acordonar, recogen la hielera, toman fotos y se retiran, mientras el narco deja constancia escrita de que puede usar la autopista como pizarrón. El cadáver se va al Semefo a engordar estadísticas y la manta al expediente, pero el mensaje queda en la memoria de cualquiera que pase por ahí: aquí la jurisdicción es del cártel, el gobierno solo limpia.
Don Rafa y Carmiña: vidas contra narrativa
Rafael Tirado, fundador de Fruterías Alicia, fue levantado en la Central de Abastos de Mazatlán y apareció ejecutado en una carretera dos días después, mientras las condolencias se apilan en la página de su empresa como si el pésame digital sustituyera al Estado de derecho.
Las cámaras empresariales exigen “reforzar estrategias”, como si el problema fuera de presupuesto y no de subordinación política frente al crimen que controla la plaza desde hace décadas. A 270 kilómetros, Carmiña Salazar, repostera e influencer de postres color rosa, fue desaparecida en Culiacán por un comando en camioneta gris; la Fiscalía apenas alcanzó a sacar la ficha con su rostro, un formato que ya es género periodístico en Sinaloa.
El parte de guerra que nadie quiere leer
El balance de Noroeste lo dice sin metáforas: 3,023 homicidios dolosos (5.4 diarios), 3,539 personas privadas de la libertad (6.3 diarias), 10,432 vehículos robados (18.4 diarios), 3,399 detenidos (6.0 diarios) y 183 abatidos en el periodo de la “nueva estrategia”. Esto no parece un informe de seguridad, sino el calendario de un conflicto armado en el que el gobierno insiste en llamarse “autoridad” mientras actúa como notario de la tragedia colectiva.
Cada cifra contradice los discursos optimistas de la federación y del gobierno de Rubén Rocha: si esto es lo que llaman avance, habría que preguntar cuántos muertos más se necesitan para que se animen a pronunciar la palabra derrota.
Con informacion: NOROESTE/


















