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viernes, 10 de abril de 2026

«NO estan HECHOS para la GUERRA ?»: LA «BBC PONE BAJO la LUPA los LIMITES y CAPACIDADES de las FUERZAS ARMADAS MEXICANAS»…en el contexto de un conflicto bélico formal.


La idea de que México cuenta con un ejército listo para la guerra suena bien en el discurso, pero no siempre resiste el contraste con la realidad. Esa es, justamente, la premisa que desarrolla la BBC en Mundo, al poner bajo la lupa la naturaleza, los límites y la función real de las Fuerzas Armadas mexicanas.

El punto no es menor: la BBC recuerda que la discusión sobre la capacidad militar del país no se sostiene solo en percepciones, sino en antecedentes concretos, como la compra de los aviones F-5 en 1982, episodio que sirve como punto de partida para entender una contradicción de fondo. En otras palabras, la BBC no plantea una simple crítica de coyuntura, sino una revisión incómoda sobre para qué fue diseñado realmente el aparato militar mexicano.

Para el análisis de la BBC, México tiene ejército, sí, pero eso no significa que tenga una fuerza diseñada para la guerra. La diferencia no es menor: una cosa es exhibir músculo en desfiles, ceremonias y comunicados con tono marcial, y otra muy distinta es construir una institución capaz de sostener combate real, con doctrina, equipo, entrenamiento y logística a la altura.

El problema, como suele ocurrir con ciertas apuestas militares en América Latina, es que el aparato se compró, pero la arquitectura estratégica para usarlo de manera decisiva nunca terminó de cuajar.

La nota de BBC Mundo apunta a una paradoja incómoda: se tiene una institución armada que inspira respeto, pero no necesariamente una máquina de guerra pensada para un conflicto de alta intensidad. Y ahí está la grieta que importa: entre la narrativa oficial de fortaleza y la realidad de capacidades limitadas, hay un abismo que ni el uniforme, ni el ceremonial, ni la retórica patriótica logran tapar.

Más que una fuerza preparada para librar guerras convencionales, el Ejército mexicano ha sido moldeado para otras funciones: control territorial, tareas de seguridad interior, apoyo a autoridades civiles y presencia institucional. Eso no lo hace irrelevante; lo vuelve, precisamente, una pieza útil para un Estado que prefiere administrarlo todo antes que admitir que no está diseñado para pelear una guerra de verdad.

La compra de los F-5 en 1982, envuelta en desfiles y fanfarria, sirve como metáfora perfecta: mucho gesto de potencia, poca evidencia de una estrategia integral de largo plazo. En otras palabras, el país adquirió símbolos de combate, no necesariamente una doctrina capaz de convertirlos en ventaja real.

Atados al pasado revolucionario

«México no tiene enemigos en el vecindario», explica Raúl Benítez-Manaut, un politólogo experto en Seguridad.

«Estados Unidos es demasiado grande y Guatemala demasiado chico, ninguno es una amenaza externa real, y por eso nunca hubo incentivo para construir capacidad letal convencional», asegura hablando de los países vecinos.

Según él, el 90% del arsenal militar mexicano fue comprado a Estados Unidos. Y Washington, asegura, siempre ha tenido una opinión sobre lo que debe o no tener su vecino del sur.

David Saucedo, un consultor en seguridad, añade: «Históricamente los distintos gobiernos quisieron tener un ejército débil para no repetir las historias de golpes de Estado del resto de América Latina».

«Siempre hubo, todavía la hay, una política de, por un lado, respaldarlos; y por el otro, acotarlos».

Pero tener una letalidad convencional limitada no ha impedido que el ejército tenga un espacio central en la vida social y política mexicana: es la institución con mejor aceptación en encuestas, pertenecer a la Marina es uno de los logros más deseados entre padres y madres; y en la calle, todos los días, se ven organilleros con traje militar que, entre admiración, hacen gala del canto patriotero.

Como tantas cosas en este país, mucho de este simbolismo se remonta a la Revolución, el proceso de guerras entre 1910 y 1917 que luego, en los 1920 y 1930, fundó al México moderno bajo las premisas del nacionalismo, la libertad y la justicia social.

«El ejército que se fue conformando a la par que el Estado moderno en las décadas siguientes (a la Revolución) no tuvo como motivación la defensa, sino más bien el control político y la consolidación del régimen que estuvo en el poder por 70 años», dice Erubiel Tirado, un abogado que dedicó su carrera académica al tema.

Soldados revolucionarios mexicanos
Pie de foto,La simbología revolucionaria sigue siendo un pilar del ejército mexicano.

Desde entonces, con momentos de más y menos presencia, los mexicanos se acostumbraron a algo inusual en otros países: que los militares, como la policía, hagan tareas de seguridad ciudadana.

En un siglo surgieron nuevas unidades y reformas, las mujeres ganaron protagonismo y los derechos humanos —aunque se violaron durante la persecución al comunismo de mediados de siglo y durante la guerra contra el narco— entraron a la lista de principios institucionales.

Pero los manuales de 1930 se siguen estudiando porque, dicen, los principios de la nación se mantienen. Mucho del legado revolucionario está vigente, así como esa tensión entre la letalidad limitada y el protagonismo sociopolítico.

Joel Trujillo, un antropólogo que ha estudiado a las Fuerzas Armadas a través de entrevistas con militares, propone una expresión cantinflesca para entender al ejército: «No es ni nuevo ni viejo, sino todo lo contrario. Es las dos cosas, anacrónico y moderno, y ninguna a la vez».

Luego explica: «Tienes al menos dos ejércitos; unos soldados poco profesionalizados, formados en 120 días, que dicen que ‘se quedaron en el piedróico’; y otro de militares de jerarquía, formados en colegios top, viajados, que se profesionalizan diariamente, que usan manuales editados el año pasado, influenciados por europeos».

En el ejército mexicano hay una desigualdad tan cruda y tan grande como la que hay en la sociedad.

Las violaciones a los derechos humanos, según la mayoría de expertos, se explican más por el desgaste de la tropa que por maldad o corrupción, que la hay.

Los oficiales mexicanos tienen la costumbre de ponerse pasamontañas, de taparse la cara, cuando patrullan las calles. Lo que parece una medida intimidatoria es, en realidad, según declaraciones de oficiales por diferentes casos, una forma de protegerse ante la amenaza del narco, que los puede identificar y perseguir individualmente.

Entonces: ¿está este ejército mexicano —ni viejo ni nuevo, ni fuerte ni débil— en condición de librar una nueva guerra contra el narco?

Sheinbaum y militares
Pie de foto,Sheinbaum redobló la apuesta en contra del narco de la mano de los militares.

El narcotráfico, la guerra contemporánea

En 2006 el presidente Felipe Calderón, en alianza con Estados Unidos, ordenó la versión más agresiva de la lucha contra el narco. Se lanzó un despliegue en Michoacán, uno de los estados más afectados. Se aumentó el gasto en Defensa. Se compraron aeronaves Hércules, helicópteros Cougar, equipo de espionaje y vehículos blindados —aunque no cazas supersónicos ni tanques.

Se militarizó aún más la seguridad ciudadana, y el resultado fue un aumento de los homicidios del 200%, una crisis de derechos humanos, el surgimiento de grupos paramilitares, corrupción y la fragmentación de los carteles, promoviendo luchas internas.

«Los militares pusieron la cara y también pusieron los muertos, mientras la clase política, donde siempre estuvo el problema, evadió cualquier reforma o investigación», dice Benítez-Manaut.

Andrés Manuel López Obrador, AMLO, llegó al poder en 2018 con una receta distinta: mientras se resuelven las causas de la violencia, como la pobreza o la exclusión, planteó negociar con los carteles para evitar la violencia, bajo la idea pragmática de que su existencia es irreversible. Llamó la política «abrazos, no balazos».

Y el resultado fue más o menos el mismo de antes: los homicidios siguieron aumentando y los carteles se expandieron, diversificaron y fortalecieron.

Con AMLO, los militares pasaron a gestionar grandes obras de infraestructura del Estado, como la construcción y gestión de aeropuertos, carreteras y puertos, para aprovechar su disciplina y capacidad organizativa.

En 2024, el gasto militar aumentó 39%, pero la mayor parte de esos recursos, en palabras de Saucedo, «no fueron para armarse ni reclutar, sino para infraestructura».

Ese mismo año llegó al poder Claudia Sheinbaum, aliada de AMLO, y en enero de 2025 llegó Donald Trump con el objetivo ávido de presionar a México en todos los frentes: migración, drogas, seguridad, comercio.

Sheinbaum, aunque dice mantener el principio obradorista de «atender las causas de la violencia», le dio una vuelta a la estrategia: nombró al expolicía Omar García Harfuch al frente de la Seguridad, empoderó a la Guardia Nacional —una polémica policía militar creada por AMLO— y apostó fuerte por la inteligencia —la misma que, con ayuda de EE.UU., permitió la baja de «El Mencho».

Se espera que entre 2026 y 2027, por primera vez en siete años, aumente el presupuesto para equipamiento militar.

La lectura incómoda: el país no tiene una fuerza armada torpe por accidente, sino una fuerza armada adaptada a las prioridades políticas de su tiempo. Y cuando eso ocurre, el uniforme suele cubrir mejor las carencias que resolverlas.

Con informacion: BBC/MUNDO/

***La BBC es la British Broadcasting Corporation, una radiodifusora pública británica con sede en Londres, considerada una de las organizaciones de noticias y medios más grandes e influyentes del mundo. BBC News funciona como su división informativa y produce cobertura de noticias del Reino Unido y del mundo

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