No, no fue por “motivos personales” ni por “reasignaciones”. Fue una retirada: la de los últimos policías municipales que todavía fingían servir en Escuinapa, Sinaloa, hasta que la realidad —esa que huele a pólvora, a miedo y a abandono— les recordó que ya no hay Estado que los respalde. Los agentes colgaron las placas porque ya entendieron que aquí se sobrevive por resignación, no por ley.
“Esto ya se desmoronó”, sentenció un agente de policía.
Mientras el Cártel de Sinaloa lleva casi un centenar de policías ejecutados —uno tras otro, con la naturalidad de quien pisa hormigas—, la estrategia del Gobierno federal y estatal siguen administrando condolencias y promesas huecas. No hay un solo detenido. Cero. Ninguno. Cada ataque es una ecuación perfecta del fracaso: cuerpos multiplicados, impunidad al cuadrado y justicia reducida a cero.
Los policías caen, pero ninguno tiene la escolta del sesudo estratega Omar García Harfuch ,ni la fortuna de viajar en convoyes de esos catorce mil militares con armamento de desfile que batallan,pero aun no pueden atajar una guerra rumbo a los dos años de hostilidades. Ellos patrullaban solos, con chalecos envejecidos y patrullas que se apagan más fácil que las conferencias matutinas. Y cuando pidieron apoyo, recibieron silencio: el lenguaje oficial del abandono.
Escuinapa no perdió agentes: perdió fe, perdió el mínimo derecho a fingir que hay Estado. Esta renuncia colectiva no es un acto administrativo, es una autopsia pública a la vocación de servicio: los uniformados se marchan porque el gobierno ya se fue hace tiempo.
La narrativa oficial dirá que la “seguridad está en proceso de fortalecimiento”. Pero lo que realmente se fortalece es la cita diaria con la muerte y la convicción creciente de que la patria sólo existe para quienes la saquearon. Los demás —los que algún día creyeron en ella con una pistola vieja y un salario miserable— firmaron su renuncia a un país que ya les renunció primero.
Con informacion: NOROESTE/

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