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domingo, 9 de agosto de 2026

“A la SIERRA NI se ACERQUEN y… ¿se VOLTEARON a la MAYIZA ?: el TERROR se EXTIENDE a MAZATLÁN y la SUPERVIVENCIA CRIMINAL CAMBIA de BANDO… a cambio de vivir un poco más.”


“A la sierra ni se acerquen, estamos llenos de gente armada y es peligroso porque la lucha continúa en los pueblos de abajo”. No es una escena de serie ni una leyenda serrana: es el mensaje de un hombre de los altos de Concordia a sus familiares desplazados en Mazatlán. Una advertencia brutal, directa y sin el maquillaje institucional de siempre: en el sur de Sinaloa la guerra no terminó, sólo se movió de domicilio.

Mazatlán, la autoproclamada Perla del Pacífico, presume malecón, atardeceres, condominios, turistas y jubilados extranjeros. Pero detrás de la postal hay otra ciudad: una donde se acumulan homicidios, ataques con drones, desapariciones, desplazamientos y pueblos enteros vaciados por el terror. La violencia que durante meses tuvo a Culiacán como epicentro se ha cargado con fuerza hacia Mazatlán, Concordia, San Ignacio, Escuinapa y Rosario. No es una percepción aislada: medios locales han documentado el aumento de homicidios y hechos armados en Mazatlán mientras el sur permanece bajo presión criminal. 

Sólo durante la primera semana de agosto se reportaron oficialmente 32 hechos violentos en el sur sinaloense: 14 personas asesinadas —casi todos hombres— y ocho heridas. Entre estas últimas, tres agentes de la Policía Estatal atacados con drones en el libramiento Mazatlán–Culiacán, a la altura de El Chilillo. Drones: esos artefactos que deberían servir para tomar imágenes bonitas de la playa ahora lanzan explosivos sobre policías, viviendas y pueblos.

Y eso es apenas lo que entra a las estadísticas: lo que llega a la prensa, a la Fiscalía, a los comunicados de Marina, Ejército o autoridades estatales. Lo demás queda enterrado en el miedo, en chats de WhatsApp, en pueblos incomunicados y en familias que prefieren callar porque saben que aquí hasta una frase mal dicha puede ser sentencia.

El terror cambió de ruta

“Desde que detuvieron al Texas está más tranquilo”, dice Teresa Navia, periodista especializada en nota roja, al hablar de Culiacán. “Hay días que no tengo que salir a cubrir hechos, y eso no pasaba”. Es decir: la reducción de la violencia en la capital no parece una victoria definitiva del Estado, sino una reubicación del conflicto.

El 8 de julio, el Gabinete de Seguridad anunció la muerte de Cristhian Guadalupe Pérez Pérez, El Texas o El 01, identificado como jefe de plaza de Los Chapitos en Culiacán. El operativo fue extraño: Ejército y Policía Estatal cercaron las torres Paralela, en la colonia Humaya; primero se habló de detenidos y luego de un muerto. Las imágenes circularon por WhatsApp y Telegram: no había balacera, heridas visibles ni sangre; sólo un hombre tendido dentro de un departamento.

Al día siguiente, el secretario de Seguridad Pública estatal, el general Sinuhé Téllez López, soltó una frase que sus antecesores habían evitado: “Esperamos que bajen los homicidios con este evento”. El Gabinete de Seguridad atribuía a El Texas un papel central en la operación violenta de Los Chapitos en Culiacán, donde se mantiene la disputa contra La Mayiza.

Culiacán concentró ocho de cada diez asesinatos y desapariciones en Sinaloa durante los últimos dos años. En 2025, el INEGI contabilizó 1,805 homicidios dolosos en el Estado, hasta 150 más de los registrados por la Fiscalía sinaloense. Mientras el país reportaba una disminución de 18 por ciento, Sinaloa aumentó 75 por ciento respecto al año previo. Una diferencia entre el conteo oficial local y el nacional que deja una pregunta incómoda: ¿cuántos muertos caben en una estadística antes de que al gobierno le dé pena?

La capital sigue dejando escenas atroces. César Gastélum, influencer, fue asesinado mientras transmitía en vivo afuera de un restaurante de comida rápida, a apenas 200 metros de la Fiscalía General del Estado. Ese mismo día localizaron cuatro personas asesinadas en Mazatlán, entre ellas un hombre y una mujer hallados por un colectivo de búsqueda. Ambos tenían las manos esposadas; de acuerdo con una buscadora, los cuerpos llevaban al menos una semana abandonados y ya estaban en descomposición.

Los “volteados” y los pueblos fantasma

No existe un informe oficial serio y completo que explique qué está pasando en Sinaloa casi dos años después del inicio de la confrontación. Así que la geografía de la guerra se reconstruye con testimonios de víctimas, desplazados y habitantes: quienes no salen en los discursos de seguridad, pero sí viven entre drones, retenes ilegales y casas tomadas.

Antes de que asesinaran a El Texas, Tepuche, al norte de Culiacán, ya padecía desplazamientos. Desde febrero, el pueblo sufrió ataques con drones que arrojaban bombas sobre viviendas y sus habitantes. Un joven desplazado recuerda que incluso atacaron una gasolinera y que un día lanzaron una cabeza a la plazuela mediante un dron. Los agresores buscaban a quienes consideraban afines a Los Chapitos; por eso, dice, “todos ya mejor se voltearon”.

En el lenguaje de quienes viven atrapados en la disputa, “voltearse” significa cambiar de bando. No necesariamente por convicción ni por una nueva lealtad criminal, sino por supervivencia. En Sinaloa, la neutralidad se ha vuelto un privilegio que muchas comunidades ya no pueden permitirse.

San Ignacio vivió su propio infierno durante más de un año: ataques con drones, quema de casas, despojos de tierra, balaceras y desapariciones. La Caña, Contra Estaca, Pueblo Viejo, Las Azoteas, Casa de Tejas, El Candelero, Rincón del Guayabito, La Lechuguilla, Las Sabilas, Los Brasiles, Tenchoquelite, Tepehuajes, Los Plátanos, Las Mulas, Las Lajas, El Cantón, Tolosa, El Chaco, Vado Hondo, San Juan, Los Humayes, Tacuitapa y El Capule son, en los hechos, pueblos fantasma.

Ahora los reportes de violencia han disminuido, pero los hombres armados siguen paseándose por ahí: unos en cuatrimotos, otros en camionetas 4×4. Los pobladores lo explican con una frase seca: “Se voltearon a la Mayiza”. Incluso mencionan a René Bastidas, El 00, como supuesto líder que habría llegado a un acuerdo. “El René fue el que se volteó; es el que tenía toda la violencia aquí. Ahora todos son de los mismos”, relatan. Es la paz de los sometidos: menos balas, pero el mismo control armado.

Concordia y Escuinapa: la sierra bajo vigilancia

En Concordia la violencia aumentó tras la detención de Gabriel Nicolás Martínez Larios, El Gabito, señalado por las autoridades como responsable de altos niveles de violencia en Escuinapa, Rosario, Concordia y Mazatlán, en favor de operaciones de Los Chapitos. Se le vincula con desapariciones, fosas clandestinas, bloqueos, asesinatos, desplazamientos forzados, control ilegal de minas y trasiego de drogas.

El Gabito y a su hermano, Óscar Luciano Martínez Larios, El Casco, se les ha relacionado con la desaparición y asesinato de diez trabajadores mineros de la empresa Vizsla Silver. Los empleados fueron privados de la libertad el 23 de febrero en La Clementina, complejo residencial donde la compañía canadiense tenía un campamento. Tras la detención de El Gabito el 2 de junio, los pueblos de Concordia quedaron todavía más expuestos.

Habitantes de Potrerillos, Chirimoyos, El Palmito, La Guayabera y Pánuco denuncian que hombres armados se instalaron en cuatro comunidades y ocuparon casas deshabitadas, incluidas algunas de las mejores. “Estamos literalmente vigilados”, dicen. Los pistoleros antes se ocultaban; ahora se mueven tranquilos. La pregunta inevitable es si esa tranquilidad proviene de un supuesto acuerdo criminal, de la ausencia de autoridad o de ambas cosas.

En Escuinapa hay una especie de impasse desde la captura, el 25 de junio, de Misael Guerrero Pérez, El Güero Pin, presunto jefe de plaza de Los Chapitos en el sur de Sinaloa. Fue detenido junto con Hilario Javier Martínez Gómez, exdirector de la Policía Municipal que entonces trabajaba como su escolta. El dato no es menor: en un Estado desfondado por la violencia, las fronteras entre instituciones y crimen suelen ser demasiado porosas.

Escuinapa ya era foco rojo por ataques con drones y desplazamientos en Isla del Bosque, El Palmito, Tecualilla y El Camarón. Luego las agresiones llegaron a la cabecera municipal. De octubre de 2025 a junio de 2026 hubo ataques con drones contra instalaciones de la Policía Municipal y hasta contra el campamento del Ejército en el gimnasio municipal. El hoyo dejado por un ataque del 9 de febrero sigue sin repararse en el techo: una metáfora bastante literal del Estado mexicano.

Tras la caída de El Güero Pin, siguen ocurriendo asesinatos, aunque habitantes los describen como “puntuales”. También señalan que hombres armados permanecen en Tecualilla, vigilando y esperando una eventual retirada del Ejército. La población cree que el grupo dominante está debilitado y que las detenciones de integrantes de Los Cabrera —grupo que habría ingresado desde Durango— han contenido su avance. “Mientras estén los del Ejército, no entran”, resume un poblador. Hay retenes en entradas y salidas, patrullajes por la cabecera, zonas pesqueras y huertos de mango; presencia militar, sí, pero no certeza de seguridad.

Mazatlán: blindar la postal, abandonar la periferia

Para el Estado y la Federación, Mazatlán es un caso aparte. No sólo por sus habitantes: por el dinero. Es el principal destino turístico de Sinaloa y el segundo del noroeste mexicano. Desde 2017 vive un boom inmobiliario: torres sobre el malecón, fraccionamientos hacia el norte, capital inmobiliario, turistas nacionales y retirados de Canadá y Estados Unidos que compran la promesa de vivir junto al mar.

Eso es lo que se protege.

Más de 6,000 elementos del Ejército, Guardia Nacional, Marina y Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana fueron desplegados alrededor de la zona turística. Hay militares caminando por el malecón, camionetas apostadas en la Zona Dorada y puestos de control en puntos como Cerritos. Una escenografía de seguridad para que el visitante siga tomándose la foto sin que el paisaje incluya demasiado la realidad.

Pero la estrategia funciona a medias: durante el último mes, cuatro personas fueron asesinadas en la propia zona turística, entre bañistas, centros nocturnos, restaurantes, Centro Histórico y atardeceres de postal. La violencia también ha alcanzado áreas cercanas al circuito turístico, incluso durante operativos vacacionales reforzados. 

Y fuera de ese perímetro, donde termina la ciudad que se vende y empieza la ciudad que la sostiene, están las colonias populares. Ahí viven quienes trabajan en hoteles, restaurantes, bares, torres de departamentos y centros nocturnos. Ahí no hay “Perla del Pacífico”: hay muertos.

Mazatlán recibe el uniforme, la patrulla y la propaganda; la periferia recibe los cuerpos, las desapariciones y el silencio. El sur de Sinaloa no está en paz. Está reacomodándose bajo las reglas de quienes tienen armas, mientras las autoridades parecen más ocupadas en proteger la postal turística que a la gente que vive detrás de ella.

Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/MARCOS VIZCARRA

“CELULAR VA a estar SUENE y SUENE”: DIPUTADO PANISTA PROPONE ALERTAS MASIVAS cada que DESAPAREZCA un CRISTIANO en TAMAULIPAS… No falta una app; sobra un gobernador bandido.


En Tamaulipas hay aproximadamente 13 mil 868 personas desaparecidas acumuladas, de acuerdo con el Sistema Nacional de Búsqueda. No son una estadística incómoda que pueda esconderse entre boletines oficiales ni una cifra para mencionar con voz grave en una tribuna y olvidar al terminar la sesión: son casi 14 mil historias suspendidas, familias buscando y un estado que, con esa magnitud de tragedia, ocupa el segundo lugar nacional en desapariciones.

Tamaulipas: casi 14 mil ausencias y la brillante idea de que el celular, por fin, sirva para algo más que campañas

Ahora el Congreso local recibió una propuesta para implementar alertas masivas en teléfonos celulares mediante Cell Broadcast, una tecnología capaz de avisar a los dispositivos ubicados en una zona determinada durante las primeras horas de una desaparición. 

La iniciativa, que, muy seguramente no será aprobada, pues exhibiría aun mas al gobierno,fue presentada por el diputado panista Gerardo Peña Flores y pide a la Fiscalía estatal, la Secretaría de Seguridad Pública y la Secretaría General de Gobierno echar a andar el mecanismo. 

La propuesta no es mala. De hecho, llega con el pequeño detalle de haber llegado después de que Tamaulipas acumuló casi 14 mil personas desaparecidas.

La alerta no busca al desaparecido: busca testigos

Conviene aclararlo, porque en un país donde se suele vender cualquier aplicación como si fuera inteligencia artificial con capa, Cell Broadcast no es una herramienta que “rastree” mágicamente a una persona ni que espíe celulares al estilo película barata de espías.

Es un sistema de difusión uno a muchos: la autoridad emite una alerta y ésta llega, de forma simultánea, a los teléfonos que estén conectados a antenas de una zona específica. No requiere conocer el número telefónico del receptor, no depende de una lista de contactos y puede operar incluso cuando la red está saturada, precisamente porque no funciona como un SMS convencional.

En términos técnicos, el sistema puede delimitar un perímetro geográfico mediante polígonos o celdas de cobertura. Si una persona desaparece en Reynosa, por ejemplo, la alerta podría dirigirse a los dispositivos que estén en el área donde ocurrió el hecho, en rutas de salida, carreteras cercanas, terminales o puntos donde haya indicios de desplazamiento. La notificación podría incluir:

  • Fotografía y señas particulares de la persona.
  • Hora y lugar de la última vez que fue vista.
  • Descripción de vehículos relacionados.
  • Datos sobre acompañantes o posibles responsables, cuando exista información verificable.
  • Un canal inmediato y seguro para aportar pistas.

La lógica es elemental: mientras una ficha de búsqueda se pierde entre publicaciones de redes sociales, miles de personas pueden estar cruzándose con información relevante sin enterarse de que alguien es buscado. La alerta convierte a quienes están cerca en posibles testigos, no en detectives improvisados.

Tecnología sí, simulación no

Cell Broadcast no es ciencia ficción ni un invento de última hora. Forma parte de estándares de telecomunicaciones desarrollados desde hace décadas y se encuentra contemplado en redes 2G, 3G, 4G y 5G. Para una implementación seria, sin embargo, no basta con que un diputado pronuncie palabras en inglés y todos asientan como si hubieran descubierto el fuego.

Se requiere, al menos:

  • Una autoridad claramente facultada para emitir las alertas y asumir responsabilidad por su contenido.
  • Protocolos que definan cuándo se activa el aviso, con qué información y bajo qué controles.
  • Integración entre Fiscalía, Comisión Estatal de Búsqueda, seguridad pública, Protección Civil y operadores de telefonía.
  • Un Centro de Difusión Celular (Cell Broadcast Centre o CBC) capaz de enviar los mensajes a las redes móviles.
  • Mensajes estandarizados, verificables, con lenguaje claro y sin datos que pongan a la víctima o a su familia en mayor riesgo.
  • Canales de recepción, clasificación y atención de reportes ciudadanos, porque recibir mil llamadas inútiles tampoco equivale a investigar.

El sistema puede reducir el tiempo de difusión; no reemplaza la investigación ministerial, las búsquedas en campo, el análisis de videovigilancia, la preservación de evidencia, las revisiones vehiculares ni la atención digna a las familias. Es una capa adicional de respuesta urgente, no un sustituto tecnológico de las obligaciones que las autoridades ya tenían desde antes de descubrir que existen los teléfonos celulares.

El problema no cabe en una notificación

La iniciativa parte de una premisa correcta: las primeras horas pueden ser decisivas para localizar con vida a una persona. La alerta masiva permitiría informar rápidamente a quienes se encuentren cerca del área y recabar datos sobre vehículos, trayectos, lugares o movimientos que ayuden a la búsqueda. 

Pero el tamaño de la crisis obliga a decir lo obvio: si Tamaulipas bajo el gobierno de Morena y Americo Villarreal acumula casi 14 mil víctimas, el problema no es que antes faltara una alerta en pantalla, esta que esta sobrando un mal gobernador.

El problema es la acumulación de omisiones, expedientes que no avanzan con la urgencia debida, búsquedas tardías y una maquinaria institucional que ha permitido que la desaparición se vuelva paisaje.

Una notificación con sonido estridente puede ser útil para impedir que un caso reciente se pierda en el silencio. Pero no debe convertirse en la coartada perfecta para que el gobierno presuma modernización mientras las familias siguen haciendo lo que el Estado no hace: buscar.

Que no sea otra app del olvido

Tamaulipas no necesita una campaña que anuncie “innovación” con música épica, logos institucionales y funcionarios posando frente a una pantalla. Necesita que la tecnología sea parte de una política de búsqueda con presupuesto, personal especializado, coordinación real, trazabilidad de cada reporte y rendición de cuentas.

Porque casi 14 mil desaparecidos no son una falla de comunicación. Son una crisis humanitaria. Y si el Estado apenas va a usar el celular para avisar que alguien desapareció, más le vale usar también todo lo demás para evitar que la siguiente alerta sea necesaria.

Con información: HoyTamaulipas/

“¿QUIÉN MATÓ al COMPA CHALINO?: la MUERTE del REY del CORRIDO llegó con CHAROLAS de POLICÍAS ESTATALES… la maña de la policía de la maña.”


Al terminar una canción, alguien desde el público le pasó un papel doblado a la mitad. Nada extraordinario: en los conciertos de Chalino Sánchez aquello era parte del show. Le gustaba que la raza se subiera al escenario, se tomara fotos con él, le pidiera rolas. No iba de estrella intocable; era, más bien, la antiestrella de los corridos: un ranchero entre compas, con sombrero, micrófono y la cercanía de quien parecía estar cantando en una peda grande.

Pero aquella noche el papel no era una petición.

Mientras el acordeón soltaba los primeros compases, Chalino lo desdobló sin quitarse el micrófono de la mano. Leyó. Fueron apenas segundos, pero suficientes para que algo se le quebrara en la cara. Alzó la vista con una mueca nerviosa, se limpió el sudor que le escurría bajo el sombrero beige de ala ancha y se quedó mirando a ninguna parte, como si intentara traducir un mensaje escrito en idioma de muerte. Dobló otra vez el papel, hizo una leve señal de cabeza hacia alguien a su izquierda y siguió cantando, como si nada: “Tengo el alma enamorada nada más de pensar, corazón…”.

Al día siguiente apareció tirado en un riachuelo: ojos vendados, manos atadas a la espalda, dos balazos en la nuca. El contenido de aquella nota nunca se reveló oficialmente y el asesinato sigue sin resolverse.

La vuelta a Sinaloa

La noche del 15 de mayo de 1992, más de 2,000 paisanos llenaron el Salón Buganvillas de Culiacán. Chalino tenía 31 años y regresaba a la ciudad de la que había salido huyendo casi dos décadas antes, rumbo a California. En menos de cuatro años de carrera se había vuelto héroe de millones de mexicanos a ambos lados de la frontera: sin educación musical, con pocos años de escuela y una voz chirriante, áspera y desafinada, había hecho suyo un género que hasta entonces narraba revoluciones, bandidos y gestas norteñas donde el cañón de una pistola resolvía la discusión.

Chalino tomó ese imaginario y lo aterrizó en la ciudad, en la frontera y en el barrio. Sus personajes ya no eran sólo revolucionarios con bigote y canana: eran migrantes enfrentándose a los abusos de la policía de Los Ángeles; campesinos que comenzaban moviendo marihuana y acababan convertidos en emperadores de la droga. Sinaloense, como tantos capos de su tiempo, fue precursor de los narcocorridos que hoy tienen alcance mundial. El Compa Chalino era el rey del corrido, aunque el puesto venía con la factura habitual: enemigos acumulados y cuentas que alguien quería cobrar.

Una vida escrita a balazos

Rosalino Sánchez Félix cargaba una historia que parecía salida de uno de sus propios versos. Según las versiones difundidas sobre su vida, a los 11 años unos vecinos de su pueblo violaron a su única hermana. Todos sabían quiénes eran, pero nadie hizo justicia. Chalino esperó. A los 15 años acudió a una fiesta donde estaban los señalados y les disparó; después huyó como mojado hacia Estados Unidos, hasta llegar a casa de una tía en Los Ángeles.

Allá trabajó en el campo y limpiando granjas de animales. También ayudó a su hermano mayor, dedicado a pasar migrantes desde Tijuana. Hasta que una noche a ese hermano lo mataron a balazos mientras dormía en un motel. Chalino terminó en prisión y fue allí donde empezó a convertir las biografías de ladrones y traficantes con quienes compartía celda en canciones. Un primo, igualmente encerrado, lo acompañaba con guitarra: la cárcel como estudio de grabación, el expediente criminal como libreto.

Cuando salió, siguió componiendo, muchas veces por encargo. A veces no cobraba en efectivo: aceptaba un reloj o una pistola. Ya entonces acostumbraba llevar un revólver cargado en la cintura. Era de pocas palabras, duro, orgulloso, independiente: el arquetipo del mexicano de rancho que, en la postal más bravucona de la cultura popular, desprecia incluso a la muerte. Sus corridos hablaban del migrante, del apestado, del nadie; a veces relataban asesinatos y se colocaban del lado de la víctima, insultando y amenazando al culpable. Como las radios no los querían y no tenía industria respaldándolo, los grababa en casetes y los vendía donde podía: peluquerías, gasolineras y mercados ambulantes.

Coachella, el aviso

Su fama de pendenciero no era puro marketing. En enero de 1992, apenas meses antes de morir, actuaba en el desierto de Coachella, California. En medio del concierto, un hombre subió al escenario y abrió fuego con un arma calibre .25. Chalino saltó a la pista y respondió con su propia pistola. El saldo: un muerto, alrededor de diez heridos y Chalino con una bala en un pulmón. El episodio llegó a periódicos y noticieros; su reputación creció como crecen las leyendas peligrosas: a golpes de titulares, sangre y casetes agotados. 

Después hizo dos cosas que, vistas en retrospectiva, encendieron las alarmas. Regaló su colección de armas entre sus amigos y vendió todos los derechos de su catálogo a una pequeña disquera por unos 100,000 dólares. Con ese dinero compró una casa en un suburbio de clase media para su esposa y su hijo. Muchos interpretaron que ya sabía lo que venía: el hombre que había vivido armado estaba empezando a repartir sus despedidas.

El último viaje

Entonces llegó la oferta para tocar en el Salón Buganvillas. Su familia y sus amigos intentaron disuadirlo: había amenazas, Sinaloa era peligroso y él no volvía desde que huyó. Aquello ya no era casa; era territorio hostil con memoria larga. Pero sus paisanos querían verlo, habían pagado unos 20,000 dólares y él ya había recibido la mitad por adelantado. Chalino, hombre de palabra, consideró que tenía que cumplir.

El concierto fue un éxito. Después salió en coche con dos de sus hermanos y un primo para cenar. Antes de llegar al restaurante, dos furgonetas les cerraron el paso. Bajaron varios hombres armados, se identificaron como policías estatales y le soltaron la frase que nadie quiere escuchar de noche en Culiacán: “Mi comandante necesita tu ayuda”.

Chalino, acostumbrado a que los problemas a veces se intentaran resolver con dinero, ofreció un soborno. No lo aceptaron. Sacaron del vehículo a uno de sus hermanos y lo metieron en una furgoneta. Chalino negoció: en lugar de llevárselo a él, se lo llevaron a él mismo.

La investigación se volvió lo que demasiadas investigaciones se vuelven en México: un agujero negro. No hay responsables establecidos ni una explicación definitiva. Pero su muerte produjo más de 100 corridos en los meses siguientes, más que los dedicados a Pancho Villa. Y, como ocurre con Elvis o Michael Jackson, también nació la leyenda de que Chalino no murió, sino que fingió su muerte para escapar de sus enemigos.

En el panteón de su pueblo, un mural lo conserva con sombrero, camisa abierta y botas de cowboy. En una mano lleva el micrófono; en la otra, una pistola. La frase remata el retrato con la fanfarronería que le correspondía a un hombre convertido en mito: “Nunca tuve miedo”.

Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/DAVID MARCIAL PEREZ/

EL “SALUDO GOLFO” y la MIRADA de ÁGUILA: CAMBIO de MANDO de la GN en REYNOSA, APRETÓN de MANOS de AMÉRICO y MANDO MILITAR… unos días después de la huachirrefinería vecina del cuartel.


La escena parece un manual de la política tamaulipeca: una sonrisa para la cámara, un apretón de manos para el protocolo y demasiadas preguntas acumuladas fuera de cuadro.

Porque conviene decirlo con precisión: aunque las fotografías han generado señalamientos públicos, el mandatario morenista de Tamaulipas, Américo Villarreal Anaya, no ha respondido públicamente, ni ha sido citado por autoridades mexicanas o estadounidenses para aclararlas. Las imágenes claramente ameritan una investigación federal seria, independiente y transparente.

Que nos dice la imagen en el cambio de mando de la GN:

Américo Villarreal aparece en modo anfitrión institucional: sonrisa amplia, mano extendida y la serenidad en la sonrisa, igual como saluda en otra imagen a lugarteniente del Cartel del Golfo,a quien incluso abraza.

En contraste, el nuevo mando de la Guardia Nacional, el general Mauricio Cansino Báez no transmite precisamente la alegría de quien llegó a inaugurar una kermés; su gesto es sobrio, rígido, casi de águila calculando desde qué altura se ve mejor el desastre que recibe llamado Reynosa.

Hoy convertida en cajero automático del Cartel del Golfo y bajo niveles de percepción de inseguridad crecientes y ya muy cercanos al 90%, de acuerdo con la mas reciente Encuesta Nacional de Seguridad Publica Urbana (ENSU 2026) del INEGI.

El detalle es el contexto. Apenas días antes del relevo en la coordinación estatal de la Guardia Nacional, se reportó el aseguramiento de una presunta instalación clandestina de hidrocarburos en Reynosa, ubicada —de acuerdo con El Norte y la evidencia— a alrededor de 1.5 kilómetros de un cuartel de la propia corporación. Una industria criminal de ese tamaño, tan cercana a una instalación de seguridad, no parece un problema de miopía: parece que alguien llevaba meses mirando hacia otro lado. 

Y entonces llega el nuevo mando, recibe el saludo cordial del gobernador y escucha el discurso sobre “coordinación”, “confianza” e “inteligencia”. Palabras impecables para el templete; palabras que, en Reynosa, deberían venir acompañadas de lupa, binoculares y quizá un recorrido de apenas kilómetro y medio. El relevo fue formalizado el 6 de agosto, con Cansino Báez como nuevo coordinador estatal de la Guardia Nacional en Tamaulipas. 

La otra imagen agrega un ingrediente políticamente tóxico: publicaciones periodísticas de talla nacional han señalado y cuestionado a Villarreal que aparece en fotografías cenando con un Zeta,ahora desaparecido y un golfo que aparece en todas las extorsiones de Reynosa.

La pregunta no es si una foto por sí sola condena a alguien —no lo hace—, sino por qué, ante señalamientos de esta gravedad, la explicación pública sigue pareciendo tan ausente como los responsables de una instalación clandestina que operaba a tiro de piedra de la autoridad. 

En resumen: el gobernador sonríe como si todo fuera ceremonia; el militar observa como si hubiera llegado a leer el expediente sin que nadie se lo pasara. Y Reynosa, fiel a su tradición de realismo mágico criminal, recuerda que aquí hasta las refinerías clandestinas pueden ser “invisibles” cuando están demasiado cerca de quienes tendrían que verlas.

Con información: NOTICIERO DE VICTORIA/