No importa qué sexenio esté de turno, ni de qué partido o credo, ni cuántos “planes integrales” se hayan anunciado durante más de dos décadas de fracasos militarizados, con nombres tan originales como “Plan Michoacán”, entre aplausos, chalecos tácticos y conferencias mañaneras: Michoacán seguirá apareciendo en la lista de pendientes nacionales.
Un pendiente con forma de aguacate, extorsión y funcionarios que descubren la gravedad del problema justo cuando Estados Unidos amenaza con cerrar la llave de los dólares.
El llamado oro verde deja miles de millones y sostiene a unas 200 mil personas en Michoacán, pero también alimenta otra economía: la del cobro de piso, las amenazas y los grupos criminales que entendieron que un huerto puede ser tan rentable como una ruta de drogas. México exporta aguacates, Estados Unidos los consume y el crimen organizado cobra comisión por dejar que todo funcione. Una cadena productiva bastante eficiente, salvo por el detalle de que el Estado parece ser el eslabón más débil.
Cuando los inspectores estadounidenses se retiran por amenazas, Washington frena importaciones y el Gobierno mexicano responde con más de 1,500 efectivos.
Es decir: primero el crimen aprieta, luego Estados Unidos se alarma, después México despliega seguridad y, finalmente, todos anuncian que la situación está “bajo control”. Hasta la próxima amenaza. Ya pasó en 2022, volvió a ocurrir en 2024 y se repite ahora. La novedad no es la crisis: la novedad sería que alguien resolviera el problema antes de que explotara.
Porque en Michoacán la violencia no es una excepción ni una mala racha; es parte de la administración cotidiana. Matan alcaldes, asesinan líderes agrícolas, amenazan a supervisores extranjeros y exprimen a productores mientras el Estado presenta planes con nombres solemnes.
Hay un Plan Michoacán, sí. Como hay estrategias, mesas de seguridad, diagnósticos y discursos. Lo que sigue faltando —sexenio tras sexenio— es que el Estado logre imponer una regla elemental: que trabajar, producir y exportar no dependa de la autorización de un cártel.
El aguacate seguirá cruzando la frontera porque a Estados Unidos le hace falta y a México le conviene venderlo. Pero mientras el crimen pueda detener la producción con una llamada, una amenaza o una bala, el pendiente seguirá intacto. Cambiarán los presidentes, los titulares de Seguridad y los eslóganes oficiales; Michoacán, en cambio, seguirá esperando que el Estado militarizado deje de llegar como siempre,mal y tarde.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/

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