En 2004, Hugo Chávez estrena la Ley Resorte prometiendo “proteger a niños y adolescentes” y establecer “responsabilidades” para concesionarios. Traducción: el Estado decide qué se puede decir, a qué hora y en qué tono, y los medios obedecen o pierden la concesión.
La ley incluye “aclaraciones” y sanciones a contenidos “contrarios” a la norma. Nada dice quién define “contrario”, pero todos entendieron el mensaje: critica demasiado y te conviertes en ejemplo pedagógico de lo que no se debe hacer en televisión.
En 2010, la cosa se pone más alegre: reforman Resorte para alcanzar Internet y medios electrónicos. El ciberespacio deja de ser libre y se convierte en otra sucursal del Ministerio de la Verdad, con sanciones más duras para radio y TV.
Para 2017, ya sin disimulo, llega la Ley contra el Odio: hasta 20 años de cárcel, cierre de medios, bloqueos y multas por mensajes “ilícitos” o “de odio”. ONG y periodistas lo resumen mejor: un comodín legal para sancionar, callar, intimidar y forzar la autocensura en todo el ecosistema informativo.
México 2026: la copia “responsable”
En México, la 4T presenta en julio de 2026 la nueva Ley de Derechos de las Audiencias y la vende como si fuera un curso de alfabetización mediática: distinguir entre publicidad, información y opinión, “defender” al público de contenidos engañosos y garantizar códigos de ética y defensores de audiencias en los medios.
Suena noble: ¿quién podría oponerse a que la gente sepa qué es noticia y qué es anuncio? El problema es el mismo que en Venezuela: el árbitro de lo “engañoso”, lo “indebido” y lo “confuso” es el gobierno.
Y cuando el Gobierno se erige en tutor moral de las audiencias, la frontera entre protección y censura se vuelve tan fina como el rating de un noticiero incómodo.
El truco del lenguaje bonito
En Venezuela lo llamaron “responsabilidad social”, “convivencia pacífica y tolerancia”, “protección de niños y adolescentes”. En México, “derechos de las audiencias”, “defensor del radioescucha”, “distinción clara entre opinión y noticia”. El diccionario suena democrático; el subtexto, no tanto.
El patrón es el mismo:
- Se invoca a los niños, la paz y la tolerancia como escudo emocional.
- Se prometen derechos, pero se fortalecen las facultades del Estado para regular contenidos.
- Se obliga a los medios a adoptar códigos y figuras de “defensa” que, casualmente, responden a lineamientos fijados desde el poder.
La moraleja incómoda
Cuando un gobierno te dice que viene a “defenderte” de lo que ves y escuchas, no está pensando en tu criterio, sino en su control. Venezuela ya probó el experimento: leyes de “responsabilidad”, después leyes “contra el odio”, y terminó con bloqueos, autocensura y periodistas con una amenaza permanente sobre la cabeza.
La 4T jura que su Ley de Audiencias solo quiere que distingas entre publicidad y opinión. Pero si la historia tiene memoria, sabemos cómo empieza: con buenas intenciones y mucha palabra bonita. Cómo termina, depende de cuánta crítica esté dispuesta a aguantar antes de convertir la “protección de audiencias” en la versión mexicana de la Resorte.
Con información: ELNORTE/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: