Otra vez, el crimen organizado exhibe que en Jalisco puede administrar la vida ajena con una arbitrariedad escalofriante:decide quién sale caminando de un cautiverio, quién vuelve destrozado a casa y quién termina convertido en una ausencia más. Abraham Emanuel Pacheco sobrevivió 21 días secuestrado; no porque existiera un mecanismo institucional capaz de protegerlo, sino porque sus captores concluyeron —después de investigarlo— que se habían equivocado de persona.
El crimen se equivoca, investiga y decide si te devuelve: así sobrevivió “Yizus” 21 días de cautiverio en Jalisco
“¿Si desaparezco, me buscarían?”. Abraham Emanuel Pacheco tuvo la mala fortuna de obtener una respuesta que nadie debería conocer: sí lo buscaron, pero durante 21 días su vida dependió de que sus secuestradores resolvieran qué hacer con él.
En la Zona Metropolitana de Guadalajara, donde desaparecer puede empezar con una supuesta cita de trabajo y terminar en una casa de interrogatorios, Abraham —videógrafo, maestro de inglés, piloto y creador de contenido de motocicletas— fue levantado el 30 de agosto de 2025. Acudió a una grabación. Lo recibieron tres hombres armados, una bolsa en la cabeza y un traslado forzado hacia un sitio donde la ley no entra, o llega cuando ya no queda nada que investigar.
Al principio creyó que se trataba de un asalto. No era eso. Era una de esas operaciones en las que el crimen organizado secuestra primero y verifica después; una especie de “control de calidad” criminal donde equivocarse de víctima no impide torturarla mientras se aclara el expediente.

La primera noche recibió una golpiza por hablar con otro cautivo. Su delito consistió en pedir un cigarro. Los guardias respondieron como responden quienes tienen el control absoluto sobre cuerpos indefensos: golpes y nuevas ataduras, ahora con las manos detrás de la espalda. Así permaneció tres días, sin poder dormir, con dolor constante y el cuerpo convertido en una extensión de la tortura.
El aislamiento, el hambre, el insomnio y el miedo empezaron a deformar la realidad. Abraham tuvo alucinaciones y, sobre todo, una duda que se volvió un castigo adicional: nadie sabía con precisión a dónde había ido. No tenía motivos claros para creer que alguien estuviera buscándolo. Su única forma de resistir fue reducir el futuro a una frase mínima: “Aguántate un día más. Quizá mañana se termina esto”.
Pero en ese lugar los días no se medían con calendario, sino con golpes, interrogatorios y muerte.
Uno de los hombres cautivos sufrió una crisis nerviosa, logró soltarse e intentó hablar con los captores. Abraham escuchó cómo lo golpearon durante días. Después oyó los intentos fallidos de reanimarlo. Luego, el desmembramiento. Finalmente, uno de sus secuestradores le quitó la venda y lo obligó a mirar la cabeza de aquel hombre.

El mensaje no requería subtítulos: cualquiera podía morir ahí, y la diferencia entre salir vivo o no dependía de la voluntad de quienes administraban el encierro.
Durante dos semanas, Abraham fue interrogado y golpeado. Repitió una y otra vez que era videógrafo, maestro de inglés, piloto y creador de contenido de motocicletas. Nada más. Hasta que uno de los responsables le informó que ya lo habían investigado y comprobado que decía la verdad: no era la persona que buscaban.
La aclaración, sin embargo, no activó ninguna garantía ni reparó el daño. Simplemente abrió otra incertidumbre: ya sabían que se habían equivocado, pero “no sabían qué iban a hacer con él”. En esa lógica perversa, incluso ser inocente depende de que tus captores decidan reconocerlo y, sobre todo, de que les parezca conveniente dejarte vivir.
Su caso ocurrió en medio de una cadena de desapariciones en Guadalajara entre el 25 y el 30 de agosto de 2025, cuando al menos otras seis personas fueron privadas de la libertad. La ciudad acumuló fichas, búsquedas, publicaciones, protestas y familias haciendo el trabajo que el Estado suele convertir en trámite, carpeta o estadística.

Gary Omar Silva, Héctor Manuel Valdivia y José Manuel Arredondo fueron privados de la libertad el 25 de agosto. Dos días después, Frany Arteaga, Gustavo Torres Reyes y Berzain Rodrigo Vázquez fueron llevados de la galería Casa Natalia, en la Colonia Revolución.

La liberación llegó después de 21 días. Le permitieron bañarse por primera vez, le dieron ropa, le devolvieron el teléfono y lo bajaron de un vehículo en plena calle. El secuestro terminó como había empezado: bajo las reglas de quienes podían retenerlo, golpearlo, investigarlo y abandonarlo cuando quisieran.
Ya libre, caminó sin saber dónde estaba y pidió un teléfono para llamar a su familia. Varias personas lo ignoraron. Una joven finalmente lo escuchó, reconoció su rostro porque había visto la campaña de búsqueda en redes sociales y le prestó su celular. Así pudo contactar a su hermana. No fue una patrulla, no fue una institución, no fue una estrategia oficial: fue una persona que decidió creerle.
Pero volver no significó recuperar su vida.
Mientras estuvo cautivo, sus captores usaron su teléfono para vaciar sus ahorros y solicitar créditos a su nombre. Perdió trabajo, clientes y estabilidad económica. Hoy enfrenta una deuda cercana al millón de pesos y llamadas de cobranza que se acumulan sobre el trauma. El banco, según su testimonio, se negó a apoyarlo pese a las pruebas de que fue víctima de secuestro.
Es decir: el crimen lo desapareció, lo torturó, lo despojó y lo endeudó; después, el sistema financiero le presentó la factura.
Abraham intentó acudir a terapia, aunque dice que no encontró atención suficientemente profesional para procesar lo vivido. Volver a manejar motocicleta se convirtió en una forma de recuperar una sensación elemental: libertad. El viento en la cara, el rugido del motor y la concentración que exige conducir le devolvieron una parte de lo que 21 días de cautiverio intentaron arrancarle.
Aun así, no se permite convertir su caso en una historia fácil de esperanza. Ha visitado la Glorieta de las y los Desaparecidos y entiende que su regreso no es una promesa para las familias que siguen buscando. Él volvió. El hombre que escuchó morir no. Miles de personas tampoco.
Porque esa es la obscenidad de fondo: en territorios donde el crimen puede secuestrar, interrogar, torturar, equivocarse de objetivo y decidir si corrige el “error” soltando a la víctima o desapareciéndola para siempre, la libertad deja de ser un derecho. Se convierte en una concesión criminal.
Con información: ELNORTE/

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