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martes, 1 de septiembre de 2026

“BAJARON LOS HOMICIDIOS y… ¿SUBIERON los BOMBAZOS ?: los CABRERA, ALIADOS del MAYITO, PELEAN con el CÁRTEL de JALISCO”… y quieren disciplinar al gobierno, que tanto disfruta agarrar partido.


Zacatecas vuelve a crujir no por una estadística de homicidios —que el Gobierno presume a la baja— sino por tres explosiones en cinco días que revelan que el crimen organizado ha decidido subir la apuesta: atacar directamente a policías con dinamita, una motocicleta-bomba y, finalmente, un coche bomba frente a una comandancia municipal.

Tres explosiones, una advertencia

La alerta se encendió al sur de Zacatecas, en la franja que colinda con Aguascalientes. Entre jueves y domingo, delincuentes ejecutaron tres atentados contra corporaciones policiales que dejaron al menos 14 heridos, varios de ellos agentes.

El ataque más grave ocurrió el domingo en Ojocaliente, municipio cercano a la frontera con Aguascalientes. Un automóvil robado en Jalisco explotó frente a la comandancia de la Policía Municipal y dejó por lo menos 10 lesionados. La escena no fue un simple acto de violencia: fue una exhibición de capacidad operativa, de desafío abierto y de impunidad territorial.

Antes, el sábado, una motocicleta cargada de explosivos estalló cerca de Villa García y lesionó a dos policías estatales. El jueves, en el municipio de Tabasco, criminales usaron dinamita contra patrullas de la Policía Estatal, con otros dos agentes heridos. Tres municipios, tres ataques y un mismo mensaje: la policía es blanco directo.

El gobernador David Monreal, de Morena, salió a declarar que los agresores “no nos amedrentarán”. La frase, inevitable en estos casos, intenta proyectar control en una entidad donde la violencia parece estar mutando de forma. El fiscal estatal ha apuntado al Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG) como probable responsable del coche bomba de Ojocaliente, entre otras cosas porque el vehículo utilizado habría sido robado en Jalisco.

La trampa de las cifras

El discurso oficial presume: los homicidios han bajado de forma significativa respecto de los años de mayor horror. Zacatecas registró 1,776 asesinatos en 2021 y 1,459 en 2022, según el Inegi. Para 2025, las cifras preliminares hablaban de 269 víctimas, por debajo de las 569 de 2024. Y en el primer semestre de 2026, la Fiscalía estatal contabilizaba 47 homicidios.

Pero convertir esa reducción en certificado de pacificación sería, por decirlo suavemente, una pirueta propagandística. Los homicidios son un indicador central, sí, pero no alcanzan para describir el nivel de control criminal ni la naturaleza de la violencia. Un Estado puede contar menos cadáveres y, al mismo tiempo, enfrentar organizaciones más audaces, mejor armadas y dispuestas a colocar explosivos frente a instalaciones policiales.

Las bajas en asesinatos pueden responder a una gestión eficaz, pero también a reacomodos entre bandas, pactos precarios, treguas funcionales o a que uno de los grupos haya conseguido temporalmente imponer su ley. El descenso estadístico no borra la podredumbre; apenas puede cambiar la manera en que ésta se expresa.

El tablero criminal se reacomoda

La guerra actual tiene antecedentes claros. En 2021 y 2022, Zacatecas atravesó uno de sus peores ciclos de violencia: la capital, Guadalupe, Fresnillo y la zona serrana que conecta Jerez con Sombrerete vivieron una disputa feroz. Entonces, la ofensiva se atribuyó al avance del CJNG, bajo una operación asociada a Audias Flores Silva, El Jardinero, uno de los operadores del grupo encabezado por Nemesio Oseguera Cervantes, El Mencho.

Cuatro años después, el mapa cambió de forma drástica. El Mencho murió durante un operativo militar en Jalisco en febrero; El Jardinero fue detenido por la Armada en Nayarit en abril. Las autoridades mexicanas y estadounidenses ubican ahora a Juan Carlos Valencia, hijastro de Oseguera, como figura de liderazgo dentro del CJNG. La pregunta es si esa nueva jefatura podrá conservar o recuperar territorios que no son parte natural de su bastión jalisciense.

Y ahí entra la otra fuerza del choque: una facción del Cartel de Sinaloa asociada con Ismael Zambada Sicairos, Mayito Flaco, hijo de Ismael El Mayo Zambada. Esa facción no sólo avanza en el centro y occidente del país; además carga con una guerra de dos años contra Los Chapitos en Sinaloa. Es decir, la disputa zacatecana forma parte de un conflicto mayor, con ramificaciones, herencias familiares, liderazgos en transición y alianzas que pueden ser tan volátiles como una carga explosiva.

Zacatecas, territorio en disputa

En el área metropolitana de Zacatecas y en los caminos que conducen hacia Aguascalientes, los grupos vinculados al Mayito Flaco —respaldados por Los Cabrera, un clan con presencia y arraigo en Durango y Coahuila— se enfrentan a estructuras relacionadas con el CJNG. La frontera sur de Zacatecas no es, por tanto, una periferia accidental: es corredor, zona de disputa y punto de contacto entre proyectos criminales rivales.

La situación se vuelve todavía más turbia por los persistentes rumores sobre posibles vínculos de autoridades locales con uno u otro bando. La aparición, en julio, de 10 personas asesinadas —algunas colgadas de puentes y otras tiradas en calles y carreteras— alimentó esa sospecha, sobre todo porque entre las víctimas había políticos y funcionarios municipales.

No se trata sólo de que el crimen combata al Estado. El problema es que, en ciertos territorios, el crimen parece competir por penetrarlo, condicionarlo o usarlo como parte de su maquinaria.

El precedente de Celaya

Los atentados contra policías evocan lo sucedido en Celaya, Guanajuato, hace algunos años, cuando la confrontación entre el CJNG y el Cartel Santa Rosa de Lima convirtió a agentes y patrullas en objetivos recurrentes. Esa escalada dejó más de una veintena de policías asesinados y mostró el tránsito de una violencia criminal enfocada en adversarios directos hacia otra más beligerante, diseñada para intimidar, desgastar y exhibir la vulnerabilidad institucional.

Zacatecas no necesita regresar a los picos de homicidios de 2021 y 2022 para estar en problemas. Basta con que los grupos criminales hayan encontrado espacio para usar explosivos, atacar mandos locales y convertir carreteras, comandancias y municipios enteros en escenarios de su disputa. La estadística puede bajar; la amenaza, claramente, no.

Con información: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/PABLO FERRI

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