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jueves, 26 de marzo de 2026

«TACTICA MATONA IMPORTADA de la COLOMBIA de los 80’s sigue MASACRANDO SINALOA LLENA de SOLDADOS y MAS de 3,000 EJECUCIONES SIN RESOLVER»… seguimos con el ritual del acordonamiento post mortem.


Un hombre ejecutado y otro herido en Culiacán por tipos en moto: otro parte de guerra disfrazado de nota roja que confirma que en Sinaloa la “estrategia de seguridad” sirve más para rueda de prensa que para impedir que te maten en el semáforo.

La escena: Culiacán, manual del fracaso

  • Dos hombres en un Aveo rojo, 19:30 horas, fraccionamiento Los Ángeles.
  • Se les empareja una moto con civiles armados, les vacían las cargas y huyen como si nada, sin que ningún “operativo permanente” se les cruce en el camino.
  • Uno queda muerto dentro del vehículo, el otro es llevado grave al hospital; en el pavimento, múltiples casquillos que sugieren persecución previa, pero cero detenidos, cero reacción preventiva, sólo acordonar, levantar evidencias y llenar el parte informativo.

Es el mismo guion cansado: el Ejército llega después del eco de las balas, la Cruz Roja remata la escena con la constatación de la muerte y la Fiscalía junta casquillos para engordar carpetas que casi nunca llegan a sentencia.

Motosicarios: del “estilo colombiano” al pasillo de tu casa

La moto como herramienta de sicariato no la “inventó” ni Sinaloa ni la 4T: viene de la escuela del narco colombiano de los años ochenta, donde figuras como Griselda Blanco popularizaron el uso de sicarios en motocicleta para ajustes de cuentas exprés: se acercan, disparan, se mezclan con el tráfico y desaparecen.

Ese modelo se exportó a medio continente y hoy tiene nombre de uso cotidiano: “motosicarios”.

En México, esta modalidad se ha consolidado en los últimos años: se les ve en Puebla (caso Cecilia Monzón, ejecutada por hombres en moto mientras conducía), en CDMX, en Chiapas, en la frontera y, por supuesto, en plazas históricas del narco como Sinaloa.

Los reportes periodísticos describen siempre lo mismo:

  • Dos sujetos en moto, uno maneja, el otro dispara.
  • Placas inexistentes o clonadas, cascos que ocultan rostro, alta movilidad en tráfico urbano y facilidad para entrar y salir de colonias populares donde una patrulla tarda más que una ambulancia.

En 2025, medios nacionales ya hablaban del crecimiento “alarmante” de los motosicarios en México, subrayando que la moto no es el crimen, es el síntoma de un Estado que renunció a controlar el territorio y se conformó con blindar entradas y salidas… pero nunca las esquinas ni los semáforos.

Culiacán: la ciudad con retenes pero sin inteligencia

Mientras esto pasa, el discurso oficial en Sinaloa vende la idea de que la “estrategia de seguridad avanza” y que los homicidios dolosos han bajado un 44%, usando la temporalidad mañosamente y como si una cifra aislada borrara la percepción cotidiana de una ciudad donde los levantones, los tiros en moto y las balaceras son parte del paisaje.

Desde la oposición local ya se señaló lo obvio: lo que hay es despliegue de elementos, retenes y revisiones que molestan al ciudadano común, pero no una estrategia real de inteligencia que desarticule estructuras criminales ni prevenga ataques.

En palabras de los propios críticos internos del sistema: se confunde presencia con estrategia, patrulla estacionada con información, y operativo mediático con investigación profunda.

Culiacán lleva más de un año sumido en una espiral de violencia ligada a la guerra interna del Cártel de Sinaloa —el llamado “Tercer Culiacanazo”—, pero el gobierno parece creer que peinar la ciudad con convoyes es equivalente a leerle el cerebro a los grupos armados.

Si la inteligencia funcionara, la modalidad de motosicarios ya estaría mapeada: patrones de horario, rutas de escape, células identificadas, armas vinculadas, cruces con homicidios previos y redes de halcones; en cambio, seguimos con el ritual del acordonamiento post mortem.

Moto, gatillo y Estado ausente

La moto en el crimen organizado es la síntesis perfecta de la ecuación mexicana:

  • Delincuentes con alta movilidad, armas largas o cortas y ventaja táctica.
  • Instituciones que reaccionan, pero casi nunca se adelantan.
  • Un discurso oficial que presume números, mientras la gente aprende a distinguir por el oído si el rafagueo está “lejos” o “cerquita”.ejecutivos.

En varios países de la región, las autoridades han intentado regular a la moto (chaleco y casco con placas, restricciones de circulación en ciertos horarios, controles sistemáticos), pero sin apoyo político real y sin una estrategia integral, esas medidas terminan siendo letra muerta más en el diario oficial.

Aquí, la discusión ni siquiera llega a eso: se deja crecer el fenómeno hasta que la palabra “motosicario” se vuelve tan normal como “levantón” o “narcomanta”, términos que ya forman parte del vocabulario cotidiano más que del escándalo mediático.

Lo de Los Ángeles no es un hecho aislado ni un “ataque armado más”: es la prueba en vivo de que el Estado no está en la calle cuando tiene que estar, sino después, con cinta amarilla, peritos y una estadística más que maquillar en la próxima conferencia sobre los grandes logros en seguridad.

Con informacion: NOROESTE/

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