Dos maestras muertas. Un adolescente de 15 años con un fusil de asalto. Y un Estado que se entera por las cámaras del C5. Esa es la postal de horror que dejó un ataque armado dentro de la Preparatoria “Anton Makarenko”, en Lázaro Cárdenas, Michoacán, un municipio donde la línea entre la seguridad pública y la nota roja hace rato se borró.
El joven —estudiante de la misma institución— llegó al plantel con un arma calibre 5.56, el tipo de fusil que normalmente portan soldados, y narcos,no alumnos. Abrió fuego dentro de la escuela y arrebató la vida de dos profesoras, mientras el resto de la comunidad estudiantil corría para salvarse. La #GuardiaCivil y la Policía Municipal lograron su detención tras el aviso del C5, según la versión oficial, que suena más a trámite burocrático que a acción preventiva: llegan, levantan cuerpos, entregan comunicados, fin del operativo.
Lo asegurado —el fusil, su cargador y más de 40 cartuchos útiles— quedó en manos de la autoridad “competente”. Lástima que lo competente hubiera sido impedir que un menor tuviera acceso militar al alcance del pupitre.
Michoacán suma otro episodio a su larga lista de tragedias disfrazadas de incidentes aislados. En un estado saturado de armamento ilegal, autodefensas recicladas en criminales y grupos delictivos con niños en sus filas, que un estudiante dispare contra sus maestras no es un accidente: es una consecuencia. Y mientras los funcionarios repiten el mismo guion —“ya fue detenido el presunto responsable”—, las escuelas se convierten en zonas de riesgo bajo custodia de la resignación.

El Anton Makarenko, símbolo de formación cívica y educación técnica, pasa ahora a engrosar el catálogo de escenas que explican mejor que cualquier informe lo que significa vivir en el país donde la pedagogía se da entre ráfagas.
Con informacion: ELNORTE/




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