“Canción sin miedo”,de la autoría de Vivir Quintana, es el catecismo blasfemo contra el macho asesino y el Estado que se hace güey: una letanía que en vez de padre nuestro recita nombres de muertas y desaparecidas y se los escupe en la cara al presidente, a los jueces y a todo el aparato que mira para otro lado mientras cuentan cadáveres.
Vivir Quintana, maestra que se hartó de la pedagogía light
Vivir Quintana, nacida Viviana Monserrat Quintana Rodríguez en Francisco I. Madero, Coahuila, creció hija de docentes, estudió pedagogía, música y dio clases de español antes de volverse la cantautora que hoy incendia plazas con una guitarra y una lista interminable de agravios. Esta mujer que usaba canciones para enseñar sintaxis terminó usando versos para exhibir la sintaxis del horror: feminicidios, impunidad y gobiernos que solo reaccionan cuando la indignación les arruina el acto público.
Su música mezcla folk y regional mexicano, pero la fórmula real es otra: melodías dulces con letra que atraviesa como bala expansiva, especialmente cuando nombra casos y pone el dedo en la llaga de los feminicidios sin justicia. “Canción sin miedo”, escrita por encargo de Mon Laferte para el Zócalo en marzo de 2020, dejó de ser “su” canción y se volvió un bien común: himno de marchas, performance colectivo, consigna coreada por miles de gargantas hartas.
El mensaje intrínseco: no es canción, es denuncia con acordes
Este texto musical le quita toda coartada estética al poder: “que tiemblen estados, los cielos, las calles, que tiemblen los jueces y los judiciales” no es metáfora bonita, es amenaza directa a un sistema que normalizó que nos roben amigas y nos maten hermanas a ritmo de cifra oficial.
El coro no pide permiso: exige justicia por cada desaparecida, se planta frente al feminicida y demanda que caiga, no en abstracto, sino con la fuerza que el Estado se niega a usar cuando el agresor es compadre, policía, militar o funcionario de casa.
Cuando la voz dice “soy Claudia, soy Esther y soy Teresa, soy Ingrid, soy Fabiola, soy María”, no está haciendo poesía de catálogo: está sumando expedientes, carpetas, titulares y cruces rosas a una identidad colectiva que deja de ser víctima aislada para convertirse en sujeto político furioso. “Soy la niña que subiste por la fuerza, soy la madre que ahora llora por sus muertas” arranca la máscara de excepcionalidad y muestra lo obvio: esto no son casos aislados, es una maquinaria de violencia donde la mujer es mercancía, trofeo o desecho, y el aparato de justicia funciona como lubricante de la impunidad.
Contra el agresor y el Estado sordo
La canción parte del agresor concreto –el fulano que te apaga los ojos, el que sube niñas por la fuerza–, pero inmediatamente sube la mira: no hay feminicida sin Estado que mire hacia el techo, sin ministerio público que “pierde” carpetas, sin juez que reclasifica delitos para que el expediente entre por la puerta y salga por la ventana. El “por favor, señor presidente” no es súplica, es ironía letal: una cortesía mínima puesta al servicio de un reproche monumental a la cabeza de un sistema que presume abrazos mientras las estadísticas de mujeres asesinadas compiten con las cifras de guerra.

El mensaje intrínseco es brutalmente sencillo: si el Estado no protege, la sororidad se vuelve autodefensa política; si la ley no escucha, las gargantas se vuelven megáfonos de rabia organizada. “Si tocan a una, respondemos todas” no es hashtag bonito, es aviso de que la paciencia institucional está agotada y que la próxima revolución, si llega, sonará más a coro feminista que a partes de guerra.
Irreverencia como táctica: incendiarlo todo, romperlo todo
“Yo todo lo incendio, yo todo lo rompo” es la respuesta directa a la obsesión masculina por las paredes limpias y los monumentos intactos mientras los cuerpos aparecen destrozados en fosas, moteles o riberas de ríos. El orden que la canción propone romper no es el del tráfico vehicular ni el de la agenda presidencial: es el orden hipócrita que protege el mármol y abandona a las madres que excavan con sus manos en Tijuana, Sonora o cualquier periferia sin nombre.es-us.vida-estilo.
Cuando el estribillo exige “que caiga con fuerza el feminicida”, lo que se está pidiendo en clave de himno es algo que en un país mínimamente civilizado sería trámite: una política criminal seria, ministerios públicos que investiguen, jueces que no se vendan y un aparato estatal que deje de tratar a las mujeres como daño colateral. Frente al Estado sordo, la canción hace algo más que gritar: archiva en la memoria colectiva los nombres que los expedientes quisieran enterrar y convierte cada marcha en un tribunal improvisado donde la sentencia es clara: justicia, justicia, justicia.
Con informacion: YOUTUBE/VIVIR QUINTANA

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