El ex Presidente de Morena,Andrés Manuel López Obrador, desde su autoexilio moral en el retiro perpetuo que tanto promocionó como si fuera voto franciscano, volvió a levantar la mano digital. No para hablar de los desaparecidos de México, ni del narcoestado al que contribuyo con sus malos oficios que dejaron mas de 200 mil cadaveres, ni del ejército indomable que institucionalizó su poder bajo su mandato. No. Volvió para pedir dinero… para Cuba. Para esa Cuba que lleva más de seis décadas acreditando con tanques, presos políticos y hambruna lo que él define como “soberanía y libertad”.
Desde su trinchera del “humanismo latinoamericano de bolsillo”, AMLO convocó a los creyentes del culto morenista a depositar en una cuenta de Banorte para enviar ayuda a la isla. Comida, medicinas, gasolina — ingredientes que en cualquier democracia se consiguen con trabajo y derechos, pero que en dictadura se reparten por lealtad ideológica y miedo. Nada nuevo: en los setenta lo hacían los soviéticos con Cuba, en los dos mil lo hizo Chávez, y ahora, con una mano temblorosa y otra en el teclado, lo intenta López Obrador con transferencias nacionales.
La cita de AMLO a Lázaro Cárdenas es apenas un decorado retórico: el general defendía pueblos en armas contra invasores, no regímenes que encarcelan poetas. Cuba no es una víctima, sino un sistema que vive de disfrazarse como tal, un fraude emocional perpetuado por generaciones de políticos que aún hablan como si existiera la utopía socialista del 59.
Y, sin embargo, ahí está el aplauso del Embajador cubano, fiel a la cortesía de los gerentes de miseria. Agradece en redes con el mismo entusiasmo con que un carcelero celebra que le regalen candados nuevos. Todo es tan predecible que asombra que en 2026 aún haya quienes lo confundan con “solidaridad”.
Mientras Sheinbaum juega su propio papel en la continuidad del relato — ahora desde Palacio, aun buscando que el petróleo de la empresa quebrada fluya “por razones humanitarias” —, AMLO reaparece para recordarnos que su cruzada personal nunca fue por la democracia, sino por la sobrevivencia de su narrativa. Cuba, en ese espejo, es apenas el último símbolo de un delirio que ya no sabe distinguir entre ayuda y complicidad.
Coro de fieles y deudores
La reacción a la vaquita para Cuba es, en sí misma, un retrato perfecto del país que dejó López Obrador: polarizado, furioso y con la paciencia agotada. No está pidiendo donativos; está midiendo cuánta gente todavía le compra el cuento.
Los que le aplauden repiten el manual: gracias por “mostrarnos hacia dónde debemos ir”, gracias por ser faro moral, gracias por defender a Cuba como si fuera la última trinchera de la dignidad humana. En el subtexto no están donando para comida o medicinas, están invirtiendo en la fantasía de que Cuba es una causa justa y no una dictadura invivible. Es devoción casi religiosa: el “se le extraña, muchísimo” funciona más como confesión de dependencia emocional que como comentario político.
La furia de los que se quedaron sin país
Del otro lado, la mayoría: insultos descarnados, sí, pero también algo más profundo — la percepción de que el hombre que nunca organizó un teletón para las víctimas de su propio sexenio ahora abre una colecta para la isla que mejor encarna su obsesión ideológica.
La comparación es brutal: madres buscadoras diciéndole que mientras él pide donativos, ellas piden que les devuelvan a sus hijos; usuarios que le recuerdan los más de 200 mil homicidios de su gobierno mientras él habla de buscan “exterminar al pueblo cubano”. El reclamo central no es sólo que sea hipócrita, sino que siga usando la solidaridad como pantalla para evadir cualquier responsabilidad sobre los muertos, los desaparecidos y los hospitales reventados que dejó atrás.
Cuba como coartada moral
Las críticas más finas le pegan donde más le duele: en la narrativa. Señalan que jamás pidió colectas cuando faltaban medicinas en México, pero que sí se moviliza para la “revolución” cubana; que habla de bloqueos ajenos mientras aquí toleró —cuando no alimentó— el control territorial del crimen organizado. Otros desmontan su fraseo épico: no, no es “pleito ajeno”, le dicen, cuando los cárteles que crecieron con su estrategia de abrazos y complicidad están dejando cifras de guerra. La idea de “Cuba heroica” choca contra la realidad de un régimen que vive pidiendo oxígeno financiero a costa de su propia población, mientras él se ofrece como intermediario sentimental.
Termómetro de legitimidad
Entre los números que circulan —más de 97 por ciento de comentarios en contra, según uno de los usuarios— y la cascada de mensajes que lo llaman ladrón, narco, saqueador de Macuspana o simple payaso, lo que se ve es el desgaste de su autoridad moral. No es que lo odien por ayudar a Cuba; lo odian porque lo sienten usando a Cuba como espejo para seguir viéndose a sí mismo como líder histórico cuando ya es un expresidente con un legado de violencia récord. Hasta las voces más moderadas le piden algo tan básico como prudencia y silencio: que si de verdad está en retiro, se comporte como tal y deje de seguir polarizando el tablero cada que necesita un poco de adoración pública.
Con informacion: ELNORTE/








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