Las “entregas ejemplares” de capos en Sinaloa,incluida la mas reciente, son como cambiarle la funda al colchón lleno de sangre: se ve distinto, pero la mancha sigue ahí, y cada año se extiende más. 2024 fue brutal, 2025 lo superó, y 2026 arranca con la misma guerra intestina intacta y una estructura criminal que ni se inmuta cuando le arrancan otra cabeza al monstruo.
Los números desmienten la narrativa triunfal
El discurso oficial presume capturas, extradiciones y decomisos como si fueran un bálsamo contra la violencia, pero el saldo en Sinaloa dice lo contrario. Mientras presumen la salida de operadores de “Los Chapitos” hacia tribunales de Estados Unidos, el Estado se hunde en más homicidios, desapariciones y delitos cotidianos.
- 2024 cerró como uno de los años más letales en la historia reciente de Sinaloa, y 2025 lo rebasó con creces en muertos y desaparecidos.
- Los asesinatos aumentaron 66% en un año: de 993 a 1.653 denuncias.
- Las desapariciones subieron 44%, de 1.529 a 2.208 denuncias.
Si la estrategia fuera mínimamente funcional, al menos se vería un freno; lo que se ve es aceleración.
El monstruo de mil cabezas
Las autoridades entregan capos a Estados Unidos como si hubieran derrotado al mal, pero solo están sacando piezas reemplazables de una máquina que sigue operando a toda capacidad. Las organizaciones funcionan como estructuras piramidales donde el bloque de arriba se sustituye sin que se desplomen las bases.
- El caso de Daniel Alfredo Blanco, “el Cubano”, operador financiero de Los Chapitos, ilustra la lógica: lo sacan del tablero y otro sube a su lugar sin que bajen los tiros en la calle.
- Antes se fueron otros mandos como el Güero Canobbio, Piyi o el Chavo Félix, y aun así la violencia creció; las facciones siguen peleando el mismo territorio con nuevos gerentes del horror.
Cuando un sistema está diseñado para ser resiliente, tumbar capos es básicamente hacerles evaluación de desempeño: los que sobreviven ascienden.
Guerra interna, no solución
La violencia no cae porque el problema no es un “gran villano” a capturar, sino una guerra entre franquicias del mismo cartel con capacidad de reclutar, financiarse y rearmarse sin pausa. Desde septiembre de 2024, la disputa entre Los Chapitos y el bloque ligado a los hijos de Ismael “El Mayo” Zambada convirtió Sinaloa en un laboratorio de fuego cruzado.
- El conflicto entre facciones del Cártel del Pacífico disparó feminicidios de 31 a 72 en un año, un aumento del 132%.
- Robos de vehículo se dispararon 70%, de 4.019 a 6.851, porque la guerra necesita logística, no discursos.
Mientras las élites políticas hablan de cooperación bilateral y “avances”, los números cuentan la historia de un Estado convertido en campo de batalla permanente.
El ejército de reemplazo: chavitos baratos
El monstruo no solo tiene mil cabezas; tiene millones de pies: jóvenes que entran como carne de cañón a cambio de casi nada. Si los jefes son sustituibles, los sicarios, halcones y operadores menores lo son todavía más.
- Investigadores del Consejo Estatal de Seguridad Pública describen cómo reclutan adolescentes de 13, 14 o 16 años para trabajos de 6.000 pesos o menos, a veces ni eso, solo golpes y amenazas.
- Medio siglo de convivencia con el crimen organizado normalizó la presencia del negocio en la calle, en los comercios, en la vida diaria, mucho antes de esta guerra abierta.
Cuando la base social está tan capturada, la caída de un capo no es un golpe al sistema, es un problema administrativo: toca reacomodar mandos y seguir operando.
Estado hiperarmado, ciudadanía desprotegida
Mientras la violencia crece, el gobierno local se contenta con acumular juguetes bélicos y cámaras que los criminales destruyen como si fueran piñatas. Sinaloa ha gastado millones en tecnología y armamento sin lograr alterar la ecuación de fondo.
- El gobierno de Rubén Rocha compró camionetas blindadas, nuevas patrullas, más armas, cientos de miles de cartuchos y más de 600 videocámaras, además de 100 puntos de monitoreo.
- En el mismo periodo se reportan 3.236 detenidos, más de 5.000 armas aseguradas, más de un millón de municiones, casi 6.000 artefactos explosivos y 29 toneladas de droga decomisada, además de laboratorios y plantíos destruidos.
La maquinaria institucional produce cifras espectaculares de aseguramientos, pero no logra lo elemental: que la gente deje de morir y desaparecer a ritmos de guerra.
Al final, la estrategia de “capo por temporada” sirve para fotos, extradiciones rápidas y discursos de cooperación con Washington, pero no toca el corazón del problema: una estructura piramidal diseñada para sobrevivir a cada decapitación y una sociedad donde siempre hay otro joven listo —o forzado— para ocupar el siguiente escalón de la cadena criminal ,todo bajo la protección política y criminalmente organizada, aun intacta.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/MARCOS VIZCARRA/

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