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viernes, 17 de abril de 2026

«DERRAME PETROLERO FUE CAUSADO por DUCTO de PEMEX,NO BARCO FANTASMA,NI CHAPOPOTERAS REBELDES o FUERZAS NATURALES SABOTEADORAS»…dudar es de gente inteligente, dudar del gobierno es mas inteligente aun.


El director general de Pemex, Víctor Rodríguez, admitió que una fuga en un ducto de la empresa causó el derrame de hidrocarburo que ha afectado las costas nacionales del Golfo de México por varias semanas.

En rueda de prensa del Grupo Interinstitucional creado para atender la contingencia por la presencia de hidrocarburo, indicó que se detectaron diversas irregularidades en el manejo de la fuga, por lo que fueron separados de sus cargos el subdirector de Seguridad, Salud en el Trabajo y Protección Ambiental; el coordinador de Control Marino, y el Líder de Derrames y Residuos, en tanto se concluye la investigación interna sobre los hechos.

Durante semanas, el guion fue el de siempre: negar, desviar, improvisar. Mientras las manchas de hidrocarburo avanzaban con más disciplina que cualquier política ambiental, desde las entrañas de Pemex se repetía la consigna institucional no escrita: aquí no pasa nada… hasta que pasa todo.

El director general de la petrolera, Víctor Rodríguez, finalmente y obligado por la evidencia,admitio la realidad. Sí, el derrame que lleva semanas contaminando las costas del Golfo de México no vino de un barco fantasma, ni de misteriosas chapopoteras rebeldes, ni de fuerzas naturales con vocación saboteadora. Vino de casa. De un ducto de Pemex en Cantarell.

Pero el reconocimiento no llegó solo: vino acompañado de un desfile de “irregularidades” que, traducidas al español no burocrático, significan negligencia, encubrimiento y una cadena de decisiones que permitió que una fuga detectada el 6 de febrero siguiera escupiendo hidrocarburo durante ocho días más, hasta que alguien, eventualmente, decidió cerrar la válvula el 14.

Ocho días. En términos ambientales, una eternidad. En términos institucionales, apenas un trámite.

Rodríguez, en un ejercicio de deslinde quirúrgico, aseguró que ni él ni los altos mandos fueron informados. Es decir, en la empresa más importante del Estado mexicano, una fuga de esta magnitud puede existir, crecer y desbordarse sin que la cúpula se entere. O no quiso enterarse. Ambas opciones son igual de inquietantes.

Mientras tanto, las áreas operativas —esas mismas que ahora convenientemente “negaron sistemáticamente” la fuga— sostuvieron durante semanas una versión alternativa de los hechos. Una versión que, casualmente, también fue respaldada por el Secretario de Marina, quien el 26 de marzo apuntaba hacia un buque desconocido y a emanaciones naturales como los responsables del desastre.

La vieja confiable: si no sabes qué pasó, invoca a un culpable invisible.

Pero la evidencia, esa necia costumbre de contradecir narrativas oficiales, terminó imponiéndose. Más de 70 imágenes satelitales, sobrevuelos y modelos científicos desmontaron la ficción: la mancha apareció desde principios de febrero cerca de la plataforma Abkatun. Exactamente donde Pemex ahora reconoce su problema.

Y por si quedaba duda, el propio secretario de Marina terminó admitiendo que los hallazgos científicos coincidían —sorpresa— con lo que organizaciones ambientalistas ya habían advertido desde marzo. Esas mismas voces que suelen ser ignoradas hasta que se vuelven imposibles de desmentir.

Como acto final de esta obra de negación institucional, llegaron las clásicas “cabezas rodando”: el subdirector de Seguridad, el coordinador de Control Marino y el responsable de derrames fueron separados de sus cargos. El ritual del sacrificio administrativo para intentar contener una crisis que ya se desbordó.

Y, por supuesto, no podía faltar la denuncia ante la Fiscalía General de la República. Porque en México, cuando el Estado falla, la solución suele ser que el propio Estado se investigue a sí mismo.

El derrame sigue ahí. Las costas afectadas también. Y la lección, aunque repetida, sigue sin aprenderse: en Pemex, como en buena parte del aparato público, la verdad no se construye con hechos, sino con resistencias. Se niega primero, se ajusta después… y solo cuando la evidencia se vuelve escandalosamente inocultable, se admite lo que ya todo el mundo sabía.
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Con informacion: ELNORTE/

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