En el zoológico político mexicano, donde abundan las especies adaptadas al poder y a la impunidad, emerge una figura bien conocida en el Estado de México: Eruviel Ávila, ese ejemplar de viejo colmillo priista reciclado en verde, que hoy vuelve a exhibir —según denuncia pública— no sólo su vocación de poder, sino sus instintos más primarios.
María Irene Dipp Walter lo dijo sin rodeos: amenazas, presión psicológica y el uso del aparato legal como garrote doméstico. No es menor el señalamiento. La ecuación es conocida: poder político + conflicto familiar = terreno fértil para el abuso asimétrico. Y cuando quien detenta ese poder ha gobernado uno de los estados más opacos y violentos del país, la sospecha adquiere densidad específica.
“Vivo con el temor constante de perder a mis hijos”, afirma Dipp. Una frase que, más que personal, resuena estructural: el miedo como herramienta, la intimidación como lenguaje. Según su testimonio, el diputado del PVEM habría recurrido a amenazas civiles y penales tras su intento de separación. Traducido al castellano político: el expediente como arma, el litigio como castigo, la ley como extensión del dominio.
Dipp asegura que su única intención fue sacar a sus hijos de un entorno tóxico. Pero en el ecosistema del poder, la toxicidad suele normalizarse, y quien intenta romperla paga el costo. “Hoy lo hago responsable de cualquier situación que afecte nuestra integridad”, advierte, dejando constancia pública, como quien sabe que en México la prevención también se escribe en video.
Horas después, el tono muta. Aparece un segundo mensaje: diálogo, cordialidad, comunicación “sin riesgos”. El libreto clásico de contención de crisis. La narrativa se recompone, la tensión se matiza, el conflicto se encapsula. Del señalamiento frontal al lenguaje diplomático en cuestión de horas. ¿Conciliación genuina o control de daños? Pregunta obligada cuando hay capital político en juego.
Por su parte, Eruviel Ávila responde con la fórmula institucional: conversaciones privadas, bienestar de los hijos, disposición al diálogo. El manual del político experimentado que sabe que en estos casos lo que no se dice pesa más que lo que se declara.
Así, el retrato queda delineado: un actor político curtido, formado en las entrañas del sistema mexiquense, donde el poder no se explica sin control, ni el control sin presión. Un perfil que, en el mejor de los casos, refleja las inercias de una clase política que confunde autoridad con dominio; en el peor, exhibe la peligrosa normalización de la intimidación como extensión de la vida pública hacia la privada.
Porque cuando el poder se ejerce sin contrapesos, ni siquiera las paredes del hogar quedan fuera de su alcance.
Con informacion: ELNORTE/

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