La cloaca del huachicol en la refinería de Dos Bocas acaba de reventar y salpica a la Marina de México hasta el último rincón de su uniforme almidonado, ademas al ejercito, la Guardia Nacional y la Delegación de FGR.
Resulta que una red de criminales, ni tan discretos ni tan organizados ,sobornaba con billetes tan frescos como el hidrocarburo robado a marinos y soldados, para que hicieran la vista gorda con el saqueo de combustible en la refinería Olmeca de Pemex, en Dos Bocas, Tabasco.
Los delincuentes, comandados por un tal «La Hormiga», tenían toda una cadena de favores: marinos recibían hasta 10 mil pesos por dejar pasar bidones de gasolina, la Guardia Nacional y el Ejército se conformaban con menos, y hasta ministerios públicos de la Fiscalía General en Comalcalco recibían su mochada para hacer desaparecer denuncias, como por arte de magia barata.
La operación era digna de cualquier reality show de corrupción: barcos llenos de diésel y gasolina desembarcaban en Dos Bocas, los capos “El Lanchero” y varios capitanes se encargaban de mover el botín en lanchas, y después, por río y carretera, lo despachaban a las bodegas del edén huachicolero. Todo con la complicidad de autoridades a todos los niveles, demostrando que cuando se trata de corrupción, el uniforme no hace al hombre honesto ni mucho menos.
Pero ahí no acabó el desfile del cinismo. El documento —recetado por Sedena, sacado a la luz en los Guacamaya Leaks— detalla cómo además se traficaba desde adentro de la Marina y la Guardia Nacional, vendiendo a precio de saldo el deber por litros de gasolina.

Mientras un vicealmirante, pariente político del exsecretario de Marina, fue detenido por dejar pasar 10 millones de litros en Tampico, donde el huachicol se despachaba al mayoreo y los sobornos ascendían a cifras obscenas: 1.7 millones de pesos por cada buque desembarcado.

Aunque las autoridades juran que se fue solo “un puñado de manzanas podridas”, las cifras dicen otra cosa: más de una docena de detenidos —empresarios, marinos en activo y retirados, exfuncionarios de aduanas— y una nube de órdenes de aprehensión flotando sobre la élite castrense. Así cae la máscara del discurso “incorruptible” militar, exhibido por sus propios cuadernos de cuentas mochas y favores malolientes, donde la lealtad sólo tiene precio y olor a diésel barato.
La decadencia no es de ayer ni de hoy y no se remienda con discursos: la podredumbre huele desde el edén del huachicol hasta la última bocanada del fuero militar. Esta historia seguirá… mientras haya marinos o soldados dispuestos a vender la patria por unos litros de gasolina y una mochada debajo de la mesa.
Con informacion: ELUNIVERSAL/

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