México llegó a PISA 2025 con el discurso de la “Nueva Escuela Mexicana”, pero los números parecen egresados de la vieja normalidad: un retroceso educativo de un cuarto de siglo que ni una mañanera, ni un “no somos iguales”, ni una asamblea informativa consigue maquillar.
En ciencias, los estudiantes mexicanos registraron 414 puntos, apenas por encima de los 410 obtenidos en 2006. En lectura, el país cayó a 408 puntos, por debajo de los 410 de hace dos décadas. Es decir: después de tantos planes, reformas rebautizadas, libros de texto con aroma a revolución de conciencias y promesas de bienestar educativo, México terminó estudiando para el examen… pero con el cuaderno de 2006.
La prueba PISA 2025, coordinada por la OCDE y aplicada a jóvenes de 15 años, no evalúa a alumnos aislados: retrata la eficacia —o el extravío— de los sistemas educativos. Y el retrato mexicano es incómodo para quienes administran el proyecto de nación: en matemáticas, el promedio fue de 388 puntos, contra 463 de la OCDE. Una brecha de 75 puntos, equivalente a dos o más ciclos escolares completos de aprendizaje. La educación mexicana no avanza en “primero los pobres”; parece avanzar con el freno de mano puesto.
Sólo 30 por ciento de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel básico de competencia en matemáticas, frente al 65 por ciento del promedio de la OCDE. En lectura, apenas 50 por ciento llegó al nivel mínimo, contra 69 por ciento del promedio internacional. Y en ciencias, México se quedó en 414 puntos, muy lejos de los 482 de la OCDE. La “revolución de las conciencias” produjo, por ahora, una revolución de rezagos.
El contraste internacional exhibe la dimensión del tropiezo. Las provincias chinas participantes alcanzaron 612 puntos en matemáticas: 224 más que México. Singapur aventajó al país por 175 puntos en esa misma materia. Mientras Asia compite por dominar inteligencia artificial, ciencia y tecnología, México sigue discutiendo si el problema es “neoliberal”, “conservador” o culpa de administraciones pasadas, como si los adolescentes pudieran resolver ecuaciones con propaganda.
El dato más devastador es otro: ningún estudiante mexicano alcanzó los niveles 5 y 6 de competencia en ciencias, matemáticas o lectura. Ninguno. En cambio, 41.8 por ciento quedó por debajo del nivel 2, es decir, ni siquiera llegó a la competencia básica. El sistema no está formando una generación de excelencia; está administrando una precariedad académica con lenguaje de justicia social.
En comprensión lectora, el país retrocedió 16 años: en 2009, casi 60 por ciento de los participantes alcanzaba el nivel básico; hoy sólo lo logra 50 por ciento. En ciencias, apenas la mitad cuenta con las capacidades mínimas, prácticamente el mismo nivel de hace dos décadas. Mucha narrativa de transformación, poco aprendizaje verificable.
La 4T puede insistir en que el régimen anterior dejó ruinas, y algo de razón habrá en el diagnóstico histórico. Pero a estas alturas ya no alcanza con culpar al pasado: quien presume tener el control del timón también debe explicar por qué el barco educativo sigue navegando hacia 2006. Porque los resultados de PISA no son un ataque conservador ni una campaña de bots: son una boleta internacional que México volvió a reprobar.
Con información: ELNORTE/

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