Hoy no sólo arranca el nuevo periodo de sesiones del Congreso. También comienza, con banda presidencial invisible, spots hasta en la sopa y gira de 32 escalas, el Mes de la Presidenta.
Claudia Sheinbaum presentará su segundo informe de Gobierno que debería ser forense.
Un ritual constitucional en el que, en teoría, el Ejecutivo explica el estado que guarda la República. En la práctica, sin embargo, el país tendrá función estelar: documento entregado por Gobernación en San Lázaro, mensaje desde Palacio Nacional, recorrido por las 32 entidades y cierre con mitin multitudinario en el Zócalo. Todo el paquete. Informe, gira, propaganda, aplausómetro y baño de multitudes.
No será, por supuesto, una auditoría incómoda sobre el país real. Nadie espere una presidenta describiendo hospitales sin medicinas, empresarios frenando inversiones, carreteras bajo control criminal, escuelas sin conectividad ni herramientas mínimas, ni familias enteras aprendiendo a vivir con el miedo de que la extorsión les cobre antes que el SAT. Eso no cabe en los spots.
Lo que viene es una larga ceremonia de cuentas alegres: México va bien, México va mejor, México avanza, México florece, México sonríe y, si algo sale mal, seguramente es porque alguien no entendió la profundidad histórica de la transformación. El libreto ya está anunciado: optimismo obligatorio, cifras seleccionadas con pinzas y una realidad nacional convertida en fondo decorativo para la fotografía oficial.
La Presidenta dice que ve un país en franca mejoría: una economía sólida, bienestar creciente, violencia en descenso y oportunidades para todos. El problema es que, fuera del salón donde se redactan los discursos, hay otro México. Uno menos complaciente, menos maquillado y bastante más caro.
Ese segundo México es el de ocho de cada diez empresarios que no ven condiciones propicias para invertir; el de la incertidumbre jurídica, económica, política y de seguridad que frena proyectos y congela capitales. Es el México donde se presume confianza mientras el sector productivo revisa el horizonte y sólo encuentra neblina.
También es el México donde la propaganda presume reducciones históricas en homicidios, pero las ejecuciones, desapariciones, hallazgos de fosas y desplazamientos siguen marcando la rutina de amplias regiones del país.
Es el México de Sinaloa, atrapado en la violencia de una guerra criminal que parece no tener final; el de Michoacán, donde limoneros y aguacateros siguen pagando peaje a la delincuencia; el de comerciantes, transportistas y pequeños negocios que conocen mejor la palabra “cobro de piso” que cualquier indicador oficial de paz.
Porque una cosa es bajar una cifra en una lámina de PowerPoint y otra muy distinta es bajar el miedo en una colonia, en una carretera o en un mercado. El delito no desaparece porque una campaña institucional lo edite fuera del cuadro.
Propaganda con recursos públicos
La gira presidencial no será sólo un ejercicio de rendición de cuentas. Será una operación política de gran escala, financiada con recursos públicos y empujada por tiempos oficiales. Una campaña permanente con lenguaje institucional: el viejo modelo de promoción personal del poder, sólo que ahora con estética indígena, discurso progresista y voz femenina.
Antes el presidente se paseaba por el país para que le aplaudieran los gobernadores priistas; después, para que le aplaudieran los panistas. Ahora se hará lo mismo, pero con la explicación de que es distinto porque la transformación llegó a cambiarlo todo, incluso la manera de conservar lo que nunca quiso soltar: el control del relato.
Y el relato urge. A la 4T le pesan escándalos, acusaciones, expedientes, sospechas de corrupción y el desgaste natural —y no tan natural— de ocho años en el poder. A eso se agregan nombres incómodos, denuncias sobre redes de influencia, el agujero del huachicol fiscal, los cuestionamientos sobre personajes cercanos al poder y la creciente presión de Estados Unidos frente a los vínculos entre narcopolítica, crimen organizado y flujos financieros irregulares.
Por eso el informe no busca informar tanto como reparar. Reparar la marca, lavar la imagen, reducir el daño, sustituir preguntas por porras y convertir cada plaza pública en una escenografía de respaldo popular. La misión es sencilla: que el país escuche “vamos bien” con suficiente frecuencia hasta que deje de preguntar hacia dónde.
El país de los anuncios
En educación, el gobierno hablará de becas, apoyos, nuevas universidades y cobertura. Habrá números redondos, programas con nombres largos y gráficas ascendentes. Pero en las aulas sigue apareciendo el país que no sale en los promocionales: escuelas sin infraestructura, estudiantes sin acceso suficiente a tecnología, docentes rebasados y una educación pública que garantiza la presencia física en un plantel, pero no necesariamente una formación de calidad.
Como ha resumido el ministro en retiro José Ramón Cossío, el problema mexicano no consiste sólo en entrar a una escuela, sino en lo que ocurre —o deja de ocurrir— una vez dentro. Se presume inclusión mientras se normaliza el rezago; se entregan apoyos mientras se pospone la discusión sobre aprendizajes, pensamiento crítico, ciencia, inglés, programación e inteligencia artificial.
En salud, la historia será parecida. Desde Palacio se hablará de hospitales, clínicas, inversión histórica y cobertura universal. Pero millones de derechohabientes conocen la otra versión: recetas sin surtir, consultas aplazadas, estudios que nunca llegan, cirugías programadas para un futuro administrativo y salas de espera convertidas en estaciones permanentes de desesperación.
El enfermo mexicano ha aprendido que, para el discurso, la salud es un derecho; para la realidad, muchas veces es una carrera de obstáculos. Si hay suerte, consigue ficha. Si hay más suerte, médico. Si hay todavía más suerte, medicamento. Y si no, termina en el consultorio de la farmacia, ese sustituto informal de un Estado que presume sistema universal mientras terceriza la urgencia en la esquina.
Obras que no alcanzan
También desfilarán las obras emblemáticas. El Tren Maya será presentado como hazaña histórica, aunque sus costos, impactos ambientales, operación y número de pasajeros sigan siendo materia de discusión.
Mexicana de Aviación volverá a ser símbolo de soberanía, aunque requiera recursos constantes y enfrente una operación limitada. Dos Bocas aparecerá como prueba irrefutable del rescate energético, aunque persistan preguntas sobre su costo, su eficiencia, su capacidad operativa y los incidentes que han acompañado su arranque.
La lógica oficial es conocida: si una obra cuesta más de lo previsto, tarda más de lo prometido, opera menos de lo anunciado o requiere subsidios que nadie presupuestó, no es un problema; es una visión de Estado. Y quien pregunte por los números, por la viabilidad o por el impacto ambiental será acusado de no comprender la grandeza de la obra.
Así funciona el México del informe: una república donde todo avance se mide por el tamaño de la maqueta y todo fracaso se explica por la maldad de los críticos.
El choque inevitable
Septiembre será, entonces, el mes del choque entre dos países.
El primero es el México presidencial: luminoso, en paz, lleno de obras, becas, hospitales, inversiones, bienestar y futuro. Un país donde los datos obedecen, la realidad coopera y el optimismo tiene presupuesto.
El segundo es el México de la calle: el que paga extorsión, espera medicamentos, posterga inversiones, teme viajar por carretera, busca a sus desaparecidos, ve a sus hijos salir de una escuela que apenas sobrevive y escucha promesas de crecimiento mientras la economía avanza con el entusiasmo de una fila en ventanilla gubernamental.
Uno vive en los discursos. El otro vive en México.
Y durante las próximas semanas veremos a la Presidenta recorrer el país para convencer a los mexicanos de que la República florece, que la transformación está intacta y que los problemas son apenas pequeñas nubes en el cielo del bienestar. Habrá música, escenarios, banderas, mensajes de unidad y toneladas de miel oficialista derramadas sobre un país que, debajo del maquillaje, sigue oliendo a incertidumbre, violencia, precariedad y estancamiento.
No será un informe de Gobierno: será una campaña de salvamento político. Una gira para sostener la imagen de una administración golpeada, proteger a un movimiento cada vez más salpicado por escándalos y recordar que, para la 4T, la mejor respuesta ante la realidad no es corregirla.
Es repetir, con suficiente volumen y durante todo un mes, que México va muy bien.
Con información: SALVADOR GARCIA SOTO/ELUNIVERSAL +/

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