La caricatura publicada por OBI para El Norte, no necesita expediente: basta el timbre del teléfono para revelar quién parece tener línea directa con el poder. La presidenta atiende, pero desde Washington le responden —con la cortesía de quien ya eligió interlocutor— que “prefieren hablar con Harfuch”.
El cartón de OBI hace una travesura brutal: convierte la soberanía en una operadora telefónica que contesta educadamente mientras la DEA marca al “favorito” a quien en Argentina llenó de aplausos, como lo hicieron con Genaro García Luna.
La frase “perdón, preferimos hablar con Harfuch” encapsula una sospecha política fundada: que Washington no está llamando a la presidencia para coordinarse entre gobiernos, sino para asegurar que el operador de su confianza siga al otro lado de la línea. La presidenta queda en blanco —literalmente—, reducida a una silueta sin voz, autoridad ni control de la conversación, sabedores que opera en sentido contrario.

La caricatura también ridiculiza el entusiasmo oficial ante el elogio extranjero. En seguridad, que la DEA te declare “socio confiable” puede venderse como triunfo diplomático; pero el antecedente de García Luna impide recibir el reconocimiento sin hacer preguntas. No es prueba de delito; tampoco es certificado de pureza dado por adelantado, mucho menos cheque en blanco.
En otras palabras: México ya aprendió que cuando la DEA entrega una estrella dorada, conviene revisar si viene con garantía, manual de uso… o citatorio diferido. La evidencia histórica no condena a Harfuch, pero sí vuelve irresponsable tratar el elogio como absolución anticipada.
Porque la DEA ya repartió laureles a Genaro García Luna: en 2011, Michelle Leonhart lo presentó como “uno de los mejores policías del mundo”. Años después, García Luna fue condenado en Estados Unidos por delitos ligados al narcotráfico.
Y que dicen las «48 LEYES del PODER»
La ley aplicable es la Ley 1 de Robert Greene: “Nunca eclipses al maestro”. Pero el cartón sugiere algo todavía más pícaro: Harfuch no necesariamente quiso opacar a la jefa; le bastó con que la DEA llamara preguntando por él para que la sombra apareciera sola.
Ley 1: no le robes el reflector
La regla de Greene es simple, aunque tiene la elegancia moral de un manual para sobrevivir en una corte llena de egos: haz que quien está arriba se sienta cómodamente superior. Puedes ser eficiente, brillante y hasta indispensable, pero jamás tan visible que parezca que el trono tiene suplente.
Traducido al idioma del cartón:
“Presidencia de la República, buenos días.”
“Sí, gracias, pero comuníqueme con quien realmente nos interesa.”
Y listo: no hubo golpe de Estado, no hubo ruptura del orden constitucional, ni siquiera una conferencia de prensa. Sólo una llamada. Pero una llamada puede ser más cruel que mil columnas de opinión: convierte a la jefa en recepcionista de su propio gobierno y al secretario en el contacto VIP de la potencia vecina.
El teléfono como golpe bajo
La presidenta aparece contestando; aqui Harfuch ni siquiera necesita salir en escena,aunque le encanta. Eso es lo demoledor. En el lenguaje visual del monero, el ausente manda más que quien sostiene el auricular.
La DEA, con su teléfono rojo, parece decir: “Con todo respeto a la investidura, venimos a hablar con el gerente que sí conoce el expediente”. Y la presidencia queda convertida en sala de espera institucional: atiende, toma nota y, si es tan amable, transfiere la llamada.
Según Greene, el subordinado hábil debe permitir que el superior reciba el crédito, conserve la centralidad y parezca más capaz de lo que es. Aquí ocurre la inversión completa: el elogio externo hace que el secretario parezca el puente imprescindible con Washington, mientras la mandataria queda en modo “¿le marco a su extensión?”.
El error de ser el favorito
El “favorito” es una categoría peligrosa: parece premio, pero a menudo es una sentencia con moño. El poder puede tolerar que alguien sea útil; lo que rara vez tolera con alegría es que se vuelva más necesario, más aplaudido o más consultado que quien firma los decretos.
Greene advierte que incluso sin intención se puede eclipsar al superior: basta con exhibir demasiada competencia, carisma o atención ajena. Y también advierte que el afecto o los privilegios no vuelven invulnerable a nadie; la posición del favorito dura mientras el superior se sienta seguro de seguir por encima.
En versión nacional: no basta con atrapar capos, viajar a cumbres y recibir elogios de agencias extranjeras. Hay que cuidar que la foto, el aplauso y —sobre todo— la llamada sigan pareciendo parte del libreto presidencial. Porque si el público empieza a preguntar quién manda realmente, el favorito deja de ser activo político y se vuelve un problema de decoración: demasiado grande para caber debajo del retrato oficial.
La ironía final
El cartón no demuestra que Harfuch esté desobedeciendo ni que Sheinbaum haya perdido el mando. Su sátira señala una apariencia de jerarquía invertida: la DEA busca al secretario y la presidenta atiende el conmutador.
Y ahí está la trampa de la Ley 1: en política no basta con tener poder; hay que administrar la percepción de quién lo posee. Quien recibe las llamadas importantes puede terminar pareciendo dueño de la línea. Y cuando eso ocurre, el “favorito” empieza a competir con la jefa sin siquiera haberse postulado.
Con información: ELNORTE/

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