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miércoles, 12 de agosto de 2026

“PAÍS MEJORA…FRENTE al ESPEJO: 14 ALCALDES EJECUTADOS y MONTAÑA de CADÁVERES presume la MUERTE se la PASABA MEJOR con AMLO”…agua bajó medio metro, pero la casa sigue inundada.


La estadística oficial sin mayor evidencia que se «oficial», presume un país en terapia intensiva que, según el espejo de Palacio, ya luce como atleta olímpico. El problema es que el espejo sólo refleja lo que conviene medir.

La Presidenta Claudia Sheinbaum anunció que el promedio diario de homicidios dolosos cayó 51 por ciento entre septiembre de 2024 y julio de 2026: de 86.9 a 42.5 asesinatos diarios. Una cifra que, presentada con la solemnidad acostumbrada, parece exigir aplauso, fanfarria y quizá una medalla conmemorativa para la estadística del ahorro de formol aunque el saldo aun sea una montaña de cadaveres.

México, según la versión oficial, ya no está hundido en la violencia: está en recuperación. O, mejor dicho, luce estupendamente cuando se mira en el espejo cuidadosamente iluminado de las comparaciones escogidas por el Gobierno.

Porque ése es el secreto del milagro: no se trata de que la violencia haya desaparecido, sino de observar únicamente el indicador que permite decir que desapareció a la velocidad necesaria para la conferencia mañanera. 

Se comparan dos meses específicos, se toma el homicidio doloso como única ventana al desastre nacional y listo: 51 por ciento menos. Problema resuelto; que alguien apague las sirenas.

El detalle incómodo es que afuera del espejo hay un país algo más complejo. México Evalúa estima que la violencia letal —que además de homicidios dolosos incorpora homicidios culposos, feminicidios, otros delitos contra la vida y desapariciones— bajó 27 por ciento desde 2024, sí, pero sigue 26.1 por ciento por encima del nivel de 2015. 

Es decir: aunque cuestionable ,la caída existe, pero convertirla en certificado de pacificación es como celebrar que el agua bajó medio metro cuando la casa todavía está inundada. 

Más aún: la organización advierte que no hay evidencia pública suficiente para atribuir la disminución directamente a los operativos federales. Pero en el Gobierno la correlación ya fue ascendida a prueba irrefutable, diploma de eficacia y material de campaña. Si baja el homicidio, es estrategia; si suben desapariciones, feminicidios u otras muertes violentas, seguramente es una variación metodológica. 

La autocomplacencia tiene, además, una geografía muy concreta. Siete entidades concentran 49 por ciento de los homicidios registrados entre enero y julio: Guanajuato, Baja California, Chihuahua, Sinaloa, Estado de México, Guerrero y Morelos. Casi la mitad de la tragedia nacional sigue instalada en siete puntos del mapa, pero desde el atril se vende una postal de país sereno, como si las balas respetaran los porcentajes nacionales. 

Que bajen los homicidios dolosos es una buena noticia. No hay sarcasmo que deba negar eso. Cada asesinato menos importa. Pero una reducción estadística no equivale automáticamente a seguridad, mucho menos a justicia, y todavía menos a una transformación estructural. Para eso habría que contar a todos los muertos, a los desaparecidos, a las mujeres asesinadas y a las familias que no encuentran a nadie cuando preguntan dónde está el Estado.

Por ahora, la mejoría parece indiscutible en el único sitio donde el Gobierno ha logrado pacificar por completo al país: frente al espejo.

Con información: ELNORTE/

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