El famoso “gasto rígido” —ese que no se puede tocar sin que arda Troya— ya se está comiendo el 67.8% de los impuestos que pagamos (ISR, IVA, IEPS y demás). En 2018 era 52.5%. O sea, en plena 4T creció 15 puntos. Nada mal… si la idea era dejar cada vez menos margen de maniobra.
¿Y en qué se va ese dineral? En lo de siempre: pensiones, programas sociales y los intereses de la deuda. Todo eso sumó más de 2 billones de pesos en apenas medio año. Sí, medio año.
El truco está en que buena parte de ese gasto ya no se puede mover. Las pensiones “de toda la vida” (IMSS, ISSSTE) son derechos adquiridos —ni modo de quitarlas— y además cada vez hay más gente jubilada. Pero las otras, las del Bienestar, crecieron como espuma: ya están blindadas en la Constitución y, de paso, son oro electoral por su cobertura masiva.
Para ponerlo claro: solo las pensiones “sociales” (adultos mayores, discapacidad y el nuevo programa para mujeres) se llevaron casi 300 mil millones de pesos en seis meses. Y esas no vienen de aportaciones previas: salen directo de los impuestos.
¿Consecuencia? Cuando toca “apretarse el cinturón”, el gobierno no recorta lo intocable… recorta lo único que sí puede: inversión pública. O sea, carreteras, infraestructura, proyectos productivos. Justo lo que, en teoría, debería impulsar crecimiento.
El desglose es revelador: 41% del gasto rígido son pensiones contributivas, 35% intereses de la deuda (pagar lo que ya debes), 15% pensiones del Bienestar y 9% otros programas sociales. Y el campeón de crecimiento son las pensiones no contributivas, que han subido a un ritmo de 35.6% anual desde 2018. Una fiesta que alguien tendrá que pagar.
En resumen: cada año más dinero comprometido, menos margen para decidir, y el ajuste cayendo donde duele menos políticamente, pero más económicamente. Porque claro, es más fácil recortar inversión que votos.
Con información: ELNORTE/

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