México acaba de estrenar Mundial, pero el título que sí tiene bien amarrado es otro: campeón absoluto en desaparecer gente, con podio, medallas y sangre incluida. Y en ese medallero macabro, la plata se la cuelga Américo Villarreal desde Tamaulipas, bien paradito junto a Delfina y Lemus en el “campeonato nacional de levantados”.
El “mundial” de levantados made in México
En el podio no hay himnos ni banderas, hay fichas de “no localizado” y fosas con cupo agotado. El oro se lo lleva Delfina Gómez en el Estado de México (MORENA) con más de 14 mil 643 personas desaparecidas según el registro oficial, un número que no cabe en ningún informe de “paz y gobernabilidad” pero sí en la contabilidad de omisiones, policías coludidos y carpetas dormidas.

La plata brilla en Tamaulipas, donde el médico que iba a “sanar” el estado, Américo Villarreal,(MORENA) administra una cifra que crece dia a dia y ya acumula 13,831 y pico desaparecidos como si fueran daño colateral de las pipas de huachicol y no el síntoma de un territorio convertido en laboratorio del terror.
Jalisco se queda con el cobre: el escaparate “naranja” presume modernidad mientras acumula más de 12 mil 600 ausentes que se pierden a plena luz del día, frente a cámaras que “justo no servían ese día”.
Américo, subcampeón con plata manchada
En Tamaulipas, la medalla de plata es básicamente un reconocimiento a la constancia: carreteras donde la gente se evapora, brechas sembradas de fosas y familias que salen con palas mientras el gobierno sale con boletines. La cifra oficial bordea esta madrugada las 13 mil 831 personas desaparecidas y no localizadas, suficiente para que el estado sea segundo lugar nacional en el ranking de horror.
El discurso es de “coordinación con la federación”, pero la realidad es de ministerios públicos que recomiendan “no meterse en problemas” y expedientes que se archivan como basura administrativa. En el mapa oficial se ve bonito: Tamaulipas pintado en colorcito intenso, como si fuera un mapa electoral; lo que no se ve son las sillas vacías en las cocinas ni los cuartos intactos esperando a quien no va a regresar.
El otro Mundial en el Azteca
Mientras la FIFA revisa qué tan parejito está el pasto, a las afueras del Estadio Azteca las familias buscadoras bautizan al país como “campeón en desapariciones”. Llegan colectivos de CDMX, Puebla, Chiapas, Edomex, Hidalgo, Oaxaca, Guanajuato, Jalisco y Sonora para hacer la “última milla” que ni la policía ni el gobierno quieren recorrer: la que va del espectáculo al país real.
Hay recursos para pintar la ciudad de colores mundialistas, pero no para fortalecer fiscalías ni desmantelar grupos criminales, como reprocha la madre de Ana Amelí mientras ve el operativo antimotines desplegado para contenerlas a ellas, no a los que levantan gente. El secretario de Gobierno intenta hacer control de daños, pero se repliega ante los reclamos de madres a las que el Estado les debe algo más que discursos y vallas.
134 mil desaparecidos: cifras de dictadura sin dictadura
El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas acumula ya alrededor de casi135 mil personas desaparecidas y no localizadas, según los datos más recientes citados por la CIDH y por el propio gobierno federal tras sus “reclasificaciones creativas”. Eso significa decenas de miles de familias viviendo en una desaparición permanente, con una tasa de impunidad cercana al 99.5% en los casos de desaparición forzada, de acuerdo con la CIDH.

Para dimensionar el nivel del desmadre: la “guerra sucia” argentina, sinónimo global de terror de Estado, dejó entre 10 mil y 30 mil desaparecidos en dictadura; la mexicana de 1968‑1982 suma poco más de 1,200 casos documentados. Hoy México supera en números absolutos a aquellas dictaduras emblemáticas sin necesidad de junta militar ni toque de queda; le basta la mezcla de crimen organizado, captura institucional y simulación democrática.
¿Hay un símil mundial a lo mexicano?
En el mundo hay al menos 80 países con historias de desapariciones forzadas, de Siria a Sri Lanka, pasando por Nepal, donde en 2003‑2004 se reportó el mayor número de nuevos casos en su momento. Desde 1980, el Grupo de Trabajo de la ONU sobre Desapariciones Forzadas ha tramitado más de 62,900 casos en 100 Estados, y casi 50 mil siguen sin resolverse, lo que muestra que el crimen es global pero la impunidad mexicana es olímpica.
La diferencia mexicana no está solo en la cifra, sino en el contexto: aquí la desaparición dejó de ser herramienta exclusiva de represión política para convertirse en método de control territorial, negocio criminal y política pública de facto, con madres buscadoras haciendo el trabajo del Estado y arriesgando la vida en fosas que se multiplican. Mientras otros países salen de dictaduras e instalan comisiones de la verdad, México inaugura Mundiales de futbol sobre un subsuelo que guarda más cuerpos que balones.
Nombres sin cuerpo, cuerpos sin nombre
El país registra más de 75 mil cuerpos sin identificar bajo custodia del Estado, una cifra que dialoga sin pudor con los más de 130 mil desaparecidos en el RNPDNO. Es la ecuación perfecta de la negligencia: nombres sin cuerpo y cuerpos sin nombre, un rompecabezas que las familias intentan armar mientras las autoridades rediseñan dashboards y cambian categorías para que la estadística se vea menos escandalosa.
Aun con la reciente reclasificación oficial, organizaciones advierten que el gobierno reconoce más de 132 mil desapariciones pero solo tiene investigaciones mínimamente sólidas en una fracción de los casos, dejando el resto en limbo burocrático. Dicho de otro modo: el Estado mexicano es mucho más eficiente para mover cifras en Excel que para excavar una fosa o procesar genéticamente un cadáver.
El podio de la vergüenza frente al show global
Así que mientras los cronistas del Mundial se preguntan quién levantará la copa, las familias mexicanas saben que el trofeo ya está entregado: un país que se corona campeón en desapariciones, con Edomex, Tamaulipas y Jalisco peleando cada día por mejorar su marca. Afuera del estadio hay otro marcador: 134 mil 910 personas desaparecidas y no localizadas, más de un tercio del total de registros históricos, según los datos que exhiben las propias autoridades.
El contraste es brutal: adentro hay drones, luces y fuegos artificiales; afuera hay madres frente a vallas, camiones y escudos de la policía capitalina, denunciando una represión que empieza con la indiferencia y termina con la criminalización de quienes buscan a sus desaparecidos. En este Mundial, México no necesita VAR: la repetición ya la vimos demasiadas veces y el fuera de lugar es el Estado, celebrando mientras su gente se sigue esfumando.

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