México se prende y afina la mira
El Tri llegó al partido ya como líder del grupo y aun así salió a la cancha como equipo que está jugando la final en el Azteca, no un trámite más del calendario. De tener 0,48 goles esperados en el juego anterior, se disparó a 1,79 Gx, como si alguien hubiera encontrado por fin el botón de “modo asesino” en la consola. Chequia, mientras tanto, se quedó atorado en 0,47 Gx, tirando a todos lados menos donde estaba la portería de Raúl “Tala” Rangel.
Chequia, mucho intento y cero punch
Los checos patearon 13 veces, pero solo uno de esos balonazos llegó al arco mexicano: pura estadística de equipo que calienta más al recogebalones que al portero rival. México, en cambio, apretó el acelerador con 11 remates, cinco al arco y nueve dentro del área, sintiéndose dueño del barrio y del balón. Rangel se pasó el partido más de espectador VIP que de guardameta, parando apenas un tiro y adueñándose siete veces de la pelota como quien recoge la basura que deja el rival.
Los goles: México se suelta el pelo
Mateo Chávez abrió la lata apenas regresando del descanso, como si en el vestidor le hubieran recordado que esto era Mundial, no domingo de liguilla. Julián Quiñones, que había estado amarrado por la defensa checa gran parte del juego, despertó para clavar el segundo y recordar que cuando se enoja, el marcador tiembla. El tercero fue cortesía de Álvaro Fidalgo al 94’, cuando el Azteca ya estaba convertido en karaoke tricolor y el rival pedía la hora.
Pases, faltas y jerarquía
México también se lució con la pelota: 388 pases y un 85,3% de precisión, como equipo que se aprendió la coreografía y no se equivoca en ningún paso.
En el último tercio, donde a muchos se les apaga el wifi, el Tri mantuvo un 76,4% de acierto, mientras Chequia patinaba con un pobre 60,8%. Jorge Sánchez se puso el traje de cirujano con un 97,1% de pases acertados, y Quiñones, pese a ser el menos preciso con 80%, fue el que más se animó a reventar la puerta rival. En faltas también se notó quién mandaba: México hizo 13 por 9 de los europeos, como diciendo “sí, jugamos bonito, pero también se raspa”.
La ovación a Ochoa y el cierre de ciclo
Para rematar la noche, el Azteca se rindió ante Memo Ochoa, el guardameta eterno que ya se coleccionó seis Mundiales como si fueran álbum de estampas. Jugó apenas 18 minutos, lo justo para recibir la ovación, mirar el estadio que lo vio debutar y soltar la pista de que esta será su última vuelta olímpica mundialista. México se fue del césped con la portería invicta, puntaje perfecto y el aura de selección que, al menos por una noche, dejó de sufrir y decidió golear.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/PATRICIA SAN JUAN FLORES




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