En México hay padres que aprenden a hablarle al poder en el único idioma que parece captar su atención: el espectáculo mañanero que mas bien parece «marranero». Gustavo Hernández, convertido en “padre buscador” desde que su hijo desapareció en 2024, decidió dejar de insistir como ciudadano y probar suerte como personaje. Si Palacio Nacional abre sus puertas a un pato viral del Mundial, pensó, quizá también haya espacio para otro “pato”, pero con una tragedia a cuestas
“Cuac, cuac”, escribió, no como broma sino como diagnóstico. Porque en este país, para ser escuchado, parece más efectivo graznar que exigir justicia.

Mientras la Presidencia encuentra tiempo para figuras folclóricas de coyuntura futbolera, más de 135 mil personas siguen desaparecidas. No son trending topic permanente, no tienen coreografía ni mascota oficial, pero sí familias que los buscan a tiempo completo, que han hecho de la ausencia una ocupación y del dolor una rutina.

Hernández lo dice sin rodeos: él también quiere ver a México campeón del mundo, pero preferiría algo más básico —y mucho más difícil—: ver a su hijo regresar a casa para volver a hacerle hamburguesas.
Ese contraste desnuda una de las postales más incómodas del país que ya provocó que la mismísima ONU activara el polémico Art.-34: la celebración conviviendo con la fosa, la narrativa épica del deporte al lado de la tragedia sistemática de las desapariciones.
Y cuando esas familias intentan romper el cerco del silencio, la respuesta institucional no es escucha, sino contención. Granaderos, grupos de choque, mantas arrancadas, fichas de búsqueda tratadas como propaganda incómoda.
El mensaje es claro: el problema no es la desaparición, sino quien la visibiliza en el momento equivocado, en el escenario equivocado, frente a las cámaras equivocadas.
Aun así, los buscadores insisten en una lógica que desarma al cinismo: no responden con violencia. Caminan con fe, dicen, aunque el Estado les responda con indiferencia o represión. Siguen buscando en campos, desiertos y ciudades, armados apenas con fotografías y la terquedad de quien se niega a aceptar que su hijo se volvió estadística.
Por eso el llamado no es solo a la Presidenta, sino también a los jugadores, a esos héroes nacionales que sí tienen micrófono global. Hernández les pide algo que el aparato institucional ha sido incapaz de ofrecer: empatía visible. Un gesto, una frase, una interrupción en la narrativa triunfalista para recordar que el país que representan carga una herida abierta.
Porque quizá —y esa es la apuesta desesperada— un gol no cambie nada, pero una palabra sí podría incomodar lo suficiente como para obligar a mirar.
En México, hoy, hay padres que ya no piden justicia: piden ser vistos. Aunque sea, si hace falta, diciendo “cuac”.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: