La Presidenta Claudia Sheinbaum no está defendiendo el Estado de derecho; está administrando una coartada.
La escena es conocida: invocar la falta de “pruebas suficientes” como si el estándar aplicable a una solicitud de detención provisional con fines de extradición hubiera sido el mismo que el de una sentencia condenatoria. No lo es. Y no lo dice la oposición: lo dice el propio tratado de extradición entre México y Estados Unidos.
El instrumento bilateral es claro: la detención provisional procede precisamente para evitar la fuga del reclamado mientras se integra el expediente formal. No exige un juicio completo, ni una carpeta blindada al nivel de una sentencia firme. Exige elementos razonables que justifiquen la urgencia y la posterior solicitud formal.
Convertir ese umbral en una especie de “prueba plena” no es rigor jurídico; ha sido una reinterpretación política con destinatario específico, un miembro de su camada, que si cae y hablase cae todo como fichas de domino.
Cuando la Presidenta insiste en que “si no hay pruebas, el Gobierno dice no”, omite deliberadamente que el procedimiento tiene etapas. La detención provisional no sustituye al juicio de extradición: lo precede. Es un mecanismo cautelar, no un veredicto anticipado. Exigir en esa fase lo que corresponde a la etapa posterior es, en los hechos, vaciar de contenido el tratado.
Más revelador aún es el paralelismo que intenta construir con el caso de Cabeza de Vaca,aunque el dicho suena justo, la equivalencia es engañosa. Cada solicitud se evalúa bajo sus propios méritos, tiempos procesales y estándares probatorios. Usar un caso para justificar otro no es doctrina jurídica; es narrativa política selectiva. Y en este caso, convenientemente alineada con la militancia del implicado.
Porque el problema de fondo no es técnico, es político: la Presidenta actúa más como abogada de oficio de un miembro de su coalición que como jefa de Estado obligada a cumplir un tratado internacional. No está defendiendo la soberanía; está administrando lealtades. Y lo hace mediante una distorsión del lenguaje jurídico que, aunque suene convincente en conferencia matutina, no resiste una lectura básica del acuerdo bilateral.
La soberanía no consiste en incumplir tratados, sino en honrarlos bajo sus propios términos. Lo contrario no es defensa nacional, es discrecionalidad con barniz no patriótico, patriotero.
Si el gobierno estadounidense no cumple con los requisitos del tratado en la etapa correspondiente, México tiene toda la facultad de rechazar la solicitud. Pero adelantar ese rechazo imponiendo estándares impropios de la fase procesal en curso no es legalismo: es blindaje político.
Y eso, más que una postura de Estado, se parece demasiado a una defensa de camarada.
Con informacion: ELNORTE/

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