En la sierra de Chihuahua, donde el Estado llega tarde, mal o nunca y la federación se enfrenta a la entidad por combatir delitos federales sin su permiso, dos pilotos fueron ejecutados a plena luz del día en una pista aérea que, en teoría, debería ser invisible… pero que en la práctica parece tener dueño.
La mañana de ayer martes, Fidel Jovany L.O. y Jorge Armando L.R., originarios de Culiacán —territorio donde la aviación ligera suele tener más relación con rutas criminales que con turismo—, fueron asesinados a tiros tras aterrizar en la aeropista “El Frisco”, en el municipio de San Francisco del Oro.

Según la versión oficial de la Fiscalía Zona Sur, ambos arribaron en aeronaves tipo Cessna 206. Apenas tocaron tierra, fueron interceptados por un grupo armado que no llegó a dialogar: abrió fuego directo y los mató prácticamente en el acto. Ejecución limpia, rápida y con mensaje.

Pero como suele ocurrir en estas regiones, la historia no termina en lo que reconoce la autoridad. Versiones locales —esas que casi siempre terminan siendo más precisas que los boletines— apuntan a que el ataque no era únicamente para matar, sino para levantar a uno de los pasajeros. Es decir: no fue un ataque improvisado, sino una operación quirúrgica.
La Fiscalía, prudente como siempre, dice que “analiza esa línea”.
Casquillos hablan más que comunicados
En la escena se aseguraron casquillos calibre 7.62×39, propios del AK-47 ,munición típica de rifles de asalto ‘»cuernos de chivo» utilizados por grupos criminales. Traducido: esto no fue obra de improvisados ni de pleitos personales; fue una acción ejecutada con armamento de guerra en un punto logístico clave.
Los cuerpos fueron trasladados al Servicio Médico Forense y, como dicta el protocolo, se abrió una carpeta de investigación con “diversas líneas”. En lenguaje burocrático: todavía no hay claridad, o no se quiere decir.
Aeropistas: la infraestructura paralela usada por el narco
La aeropista “El Frisco” no es cualquier pista: está ubicada en una zona estratégica, de difícil vigilancia y con historial en operaciones aéreas privadas. Es decir, el tipo de lugar que lleva años siendo aprovechado por el crimen organizado para mover droga, dinero y personas lejos del radar oficial.
San Francisco del Oro, Guadalupe y Calvo y toda esa franja serrana no son nuevos en el mapa de la violencia. Son corredores disputados, donde distintos grupos criminales pelean rutas, territorio y control logístico. Y donde las pistas clandestinas o semi-reguladas funcionan como aeropuertos alternos del narcotráfico.
Especialistas lo han dicho durante años: el control del aire —no solo de la tierra— es clave en estas regiones. Y cuando una pista cambia de manos, los muertos empiezan a aparecer.
¿Y la autoridad?
Hasta ahora, ninguna detención. Tampoco claridad sobre si las aeronaves tenían plan de vuelo registrado o permisos en regla. Un detalle no menor, considerando el contexto.
Lo único que sí hay es el clásico despliegue posterior: más vigilancia, más operativos, más declaraciones. Todo después de que el hecho ya ocurrió.
La Fiscalía promete entrevistas, peritajes y análisis balísticos para “esclarecer el móvil exacto”. Pero en una región donde la dinámica criminal está documentada desde hace años, el móvil suele ser menos misterioso de lo que aparenta: control territorial, ajuste de cuentas o disputa por rutas.
Violencia que despega… y aterriza en impunidad
El doble homicidio vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: en varias zonas del norte del país, el espacio aéreo de baja escala está, en los hechos, más regulado por grupos criminales que por el Estado.
Y mientras eso no cambie, las aeropistas seguirán siendo puntos de aterrizaje… y de ejecución.

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