El Gobierno federal padece una enfermedad crónica: la simulitis institucional, esa inflamación del discurso público que impide atender el cuadro real mientras se maquilla el expediente con calmantes mediáticos. El caso del alcalde de Morena en Taxco, Juan Andrés Vega Carranza, y su correlato patológico Alberto «Beto» Granados ,tambien Morena en Matamoros, exhiben síntomas infecciosos que Harfuch, el médico administrativo del sistema, prefiere catalogar como “dolores pasajeros”.
Durante la mañanera de ayer, el estratega cuentachiles Omar García Harfuch —con bata de clínico improvisado— diagnosticó que “la carpeta de investigación tras el plagio y liberación se encuentra en observación”, pero nunca explicó por qué el virus de la narcomanta, que ya estaba mutando desde hace más de un año, nunca fue sometido a laboratorio. La enfermedad, claro, se revisa cuando estalla la fiebre, no cuando presenta primero los escalofríos.
Porque lo que en Taxco se reporta como “privación de la libertad sin exigencia económica”, en lenguaje médico-forense equivaldría a una “crisis de sistema inmunológico institucional”:la desaparición del síntoma antes del tratamiento. El propio Harfuch reconoce que no hubo denuncia formal, solo un “parte verbal”, lo que, traducido a la semiología política, significa que el paciente miente sobre su propio dolor.
Y mientras el secretario ofrece intravenosas de retórica —“seguimos investigando”, “operaciones continúan”, “no hay exigencia económica”—, la infección por simulación se propaga hacia Tamaulipas, donde otro edil morenista, Beto Granados, presenta exactamente el mismo cuadro clínico que el gobernador: secreciones de impunidad, temperatura de complicidad y protección criminal que actúa como sistema autoinmune contra la ley.
Si se sigue el protocolo epidemiológico, ambos casos deberían ser tratados no como “eventos coincidentes”, sino como manifestaciones de la misma patología sistémica: la politización del diagnóstico y la omisión terapéutica de la justicia. El gobierno morenista no cura; sedantea. No trata el cáncer, lo maquilla con boletines de prensa y una morfina de solidaridad partidista.
La peligrosa retórica de Harfuch, entonces, funciona como un analgésico de alto espectro que adormece la opinión pública. “Se investigan mantas”, dice, cuando lo que debería investigarse es quién escribe los mensajes y por qué sólo se leen cuando el paciente está secuestrado. La cirugía que no se practica revela el miedo de que el bisturí encuentre conexiones con los órganos vitales del partido.
Porque si un médico detecta dos pacientes o mas con los mismos síntomas, ¿no debería iniciar una cura colectiva? En este hospital político, el tratamiento se posterga hasta que la gangrena alcanza el nivel electoral, y entonces el sistema diagnostica lo que ya no puede salvar.
Con informacion: REFORMA/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: