El presidente venezolano, Nicolás Maduro —el mandatario con etiqueta de saldo en Washington, a razón de 50 millones de dólares la cabeza— apareció este jueves en modo búnker desde Ciudad Caribia, uno de esos proyectos que aspiran a ciudadela y terminan escenografía, rodeado de generales, corcholatas oficiales y toda la parafernalia de rigor. Convocó al pueblo revolucionario a “la lucha armada por la paz”, esa rara ecuación de matemática bolivariana en la que marchar con fusil significa amor.
Maduro apunta los cañones hacia el Caribe, pero la pólvora hace rato se le mojó con billetes sin valor y propaganda en cadena nacional. Acostumbrado a esconderse detrás de uniformes y promesas huecas, el autócrata de los 50 millones de dólares sigue creyendo que una coreografía militar basta para esconder el naufragio de su régimen. Que no se confunda: la historia no suele apiadarse de los bufones armados.
Que dice que dijo:
Dijo Maduro que activó 284 “frentes de batalla” de frontera a frontera, de costa a montaña, de norte a sur, llenando el mapa de Venezuela de marcadores de combate… aunque de efectivos y armas, ni palabra. “Estamos listos para la guerra si Washington se atreve”, vociferó el payaso mientras el Pentágono mueve sus piezas en el Caribe: flota militar, aviones y advertencias que resuenan en toda la región.
No es la primera vez que un redoble militar busca infundir ahora respeto, ahora pánico: Chávez hizo lo propio en 2008 y, spoiler, la guerra nunca llegó. Eso sí, esta vez la coreografía militar coincide con una recompensa de 50 millones de dólares —doble que la de bin Laden en su momento— por la captura del jefe de Miraflores, al que Washington acusa de narco y terrorista global.
Por si fuera poco, la prensa del régimen transmitió la saga en horario corrido de telenovela, con vicepresidenta y militares en uniforme desfilando ante las cámaras, cada quien desde su escenario —Caribia para el jefe, Amuay para los custodios del petróleo— todos prometiendo llegar al último rincón del país con un afán de opereta.
Mientras tanto, testigos en las calles de Caracas solo notaron “ligero incremento” policial, pero nada parecido a una movilización masiva. Lo que reluce es la escenografía, la retórica de combate y muchas ganas de proyectar músculo en medio del asedio. La realidad: la mayor amenaza para el régimen no viene de portaaviones, sino de su propio desgaste.
Con informacion: ELNORTE/

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