La guerra del futuro tiene algo de taller improvisado y mucho de pesadilla. Una avioneta de unos 3.000 euros, una catapulta escondida entre árboles y dos militares mirando una pantalla desde un agujero bajo tierra. No hay cabina, ni piloto a bordo, ni épica de película. Hay un dron cargado de explosivos rumbo a la otra orilla del Dniéper.
Serpiente da la orden y el Baton sale disparado. El jefe de esta unidad del Batallón 140 de Inteligencia de los Marines ucranios dirige la operación desde una posición subterránea en la región de Jersón. Arriba queda el cielo; abajo, los hombres que intentan no convertirse en el siguiente objetivo.
El río separa a los dos ejércitos. Cruzarlo sigue siendo una manera extraordinariamente eficaz de jugarse la vida. Los drones, en cambio, pasan por encima: donde la infantería encuentra una barrera, una máquina con cámara encuentra una ruta.
«Esta ya no es una disputa a nivel de infantería. Estamos en una guerra de pilotos de drones», resume Serpiente.

Pilotos enterrados para seguir vivos. Aviones sin nadie dentro para llevar la muerte. El siglo XXI también era esto.
Una pantalla no convierte la guerra en un videojuego
Desde su refugio, el piloto y su ayudante siguen las imágenes del Baton. Al otro lado aparecen caminos, edificios y posiciones rusas. Pero para estos militares no es un escenario desconocido: es su tierra ocupada.
Buena parte de la unidad procede de Skadovsk, a orillas del mar Negro. Shamil, jefe de pilotos, tiene allí a sus suegros. Su casa queda a unos 60 kilómetros. Una distancia que, fuera de la guerra, cabría en un trayecto cotidiano; aquí separa el frente del hogar que no puede recuperar.
Serpiente tiene 48 años y ejerce de jefe y de figura paternal entre hombres más jóvenes. La semana anterior, cuenta, un bombardeo mató a uno de sus pilotos. La tecnología permite combatir a distancia, pero no ha conseguido que el duelo también sea remoto.
Y conviene no confundirse: esto no es una partida. No hay botón para reiniciar al compañero muerto.
El progreso también abarata el horror
El Baton llega desmontado en una caja. En unos diez minutos, los soldados lo tienen listo. La carga explosiva se instala al final. Después viene el lanzamiento, el vuelo y esa espera frente a la pantalla en la que una imagen puede terminar convertida en una explosión.

Según las prestaciones recogidas en el reportaje, el aparato puede alcanzar los 140 kilómetros por hora, volar durante 50 minutos y atacar objetivos hasta a 90 kilómetros del punto de despegue. La industria militar ha encontrado otra forma de hacer rendir el presupuesto: máquinas relativamente baratas para producir daños irreparables.
Serpiente no vende el invento como una maravilla del progreso. Le inquieta precisamente lo contrario: que estas tecnologías permitan matar por muy poco dinero.
«La verdad es que no me gusta nada de esto», admite.
No es una objeción menor viniendo del hombre que acaba de ordenar un lanzamiento. Es la contradicción de quien teme el mundo que está ayudando a construir, pero considera que dejar de combatir significaría abandonar el suyo.
Civiles bajo la cámara
Serpiente denuncia que los ataques rusos no distinguen entre objetivos militares y civiles. También sostiene que sus hombres deben tener presente que, en la orilla ocupada, siguen viviendo compatriotas. Es su explicación de una diferencia que, en el terreno, se mide en decisiones sobre dónde atacar y dónde no.
En Jersón, el peligro para los civiles no es una abstracción: un reportaje de EL PAÍS documenta ataques contra un autobús, una ambulancia y personas que salían a comprar pan. Vecinos y autoridades describen esa persecución con una expresión brutal: «safari humano». La ciudad incluso ha trasladado partos a una maternidad subterránea. El avance tecnológico por arriba; la vida buscando refugio por abajo.
La palabra «precisión» luce estupenda en un catálogo militar. Para quien camina bajo un dron, la pregunta es bastante menos elegante: a quién está mirando esa cámara.
El río no se conquista con una retransmisión
El Dniéper sigue ahí, indiferente a las promesas de la nueva guerra. Rusia ocupó la ciudad de Jersón en 2022 y terminó retirándose de la orilla derecha ante la contraofensiva ucrania. Después, los intentos de consolidar posiciones al otro lado volvieron a demostrar que atravesar el agua no equivale a quedarse.
Las fuerzas ucranias establecieron cabezas de puente en la margen izquierda en 2023, pero acabaron replegándose en el verano de 2024, tras la batalla de Krinki. La cámara puede llegar donde el soldado no consigue sostener una posición. Ver un territorio desde el aire no significa controlarlo.
Ahora el Baton cruza sobre ese paisaje rumbo a un edificio señalado por la inteligencia ucrania como alojamiento de tropas rusas. En la pantalla aparece un vehículo que los militares consideran enemigo, pero no es el objetivo de esta misión y lo dejan atrás.
Serpiente contempla también las dunas de Oleshki y se detiene en la belleza del paisaje. Incluso desde una máquina cargada de explosivos se reconoce la tierra a la que se quiere volver.
Pantalla negra, resultado incierto
La señal del Baton desaparece instantes antes de que alcance el objetivo previsto. Las nubes impiden enviar otro dron para comprobar el resultado.
No hay impacto confirmado. No hay balance verificable. Hay una transmisión interrumpida y una operación cuyo desenlace queda fuera de la vista.
El Dniéper continúa separando a los ejércitos. Los pilotos siguen bajo tierra. Los aparatos vuelven a prepararse.
La guerra ha cambiado de herramientas, de velocidad y de precio. Lo que no ha cambiado es su producto final: muerte. Ahora, además, llega con cámara, aunque la imagen no siempre alcance para contar cómo termina.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/LUIS DE VEGA




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