En el surrealismo penitenciario de 2015, tras la fuga de «El Chapo», el penal de máxima seguridad se convirtió en una tragicomedia acústica donde las figuras más pesadas del crimen resultaron tener el sueño más ligero y el oído más fino que toda la estructura de vigilancia penitenciaria federal.
Ante Tomás Zerón,entonces jefe de la Agencia de Investigación Criminal, personajes de la talla de El Comandante Ardilla, el Z-42, El Teo, El H y La Bestia desfilaron no para confesar crímenes, sino como vecinos indignados de un comité condominal para quejarse de que el escándalo de la obra negra en la celda 20 no dejaba descansar a nadie.
La crónica del cinismo se desglosa en los dichos de los internos y los reportes posteriores:
Sinfonía en cemento mayor: Lejos de ser una operación sigilosa, el sonido del taladro y la excavación era evidente día y noche. Los reos describieron con exactitud de albañil cómo se escuchaba que le daban con una herramienta directo al cemento, con especial ahínco por las tardes y las noches. Como toque final de producción, la víspera de la huida no solo hubo ruido, sino que por la mañana se fue la luz dos veces.
Atención al cliente penitenciario: Las autoridades del penal no solo ignoraron olímpicamente las quejas de los internos, sino que aplicaron una brillante política de disuasión burocrática. A quien tuvo la osadía de reportar el taladro unos 20 días antes del escape, le advirtieron que callara o, de lo contrario, lo trasladarían a otro centro de reclusión.
La coartada del techo eterno: Apenas comenzaron los reportes de los internos sobre el taladro —como señala en pantalla José Bernabé Brizuela—, la administración desplegó una maniobra de distracción digna de caricatura: subir gente al techo a «hacerse tonta» y meter ruido arriba para disimular lo que ocurría abajo.
La impermeabilización más lenta de la historia: El propio reporte del penal confirma que, en las semanas previas a la fuga, se autorizó «extrañamente» impermeabilizar única y exclusivamente el área del techo correspondiente a las celdas donde se ubicaba la número 20. Una labor que tomaría una semana se alargó por más de un mes; los trabajadores quitaban y ponían material desde hacía unas dos semanas con el único propósito de generar estruendo en las alturas y camuflar las maniobras debajo de la regadera de la celda 20.
Al final, en el rincón más vigilado del país, absolutamente todos sabían que se estaba perforando el piso, menos quienes cobraban por impedirlo.
Con información: @Worldwar_x/

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