Si los ciudadanos creían que el icónico «París a tus pies, chamaquito» y los viajecitos, casas y regalos eran la cumbre de la grosería en el Instituto Nacional Electoral (INE), agárrense la cartera —y sobre todo su credencial para votar—, porque la realidad siempre supera a la ficción.
Resulta que para la expresidenta del INE, Guadalupe Taddei —la flamante apuesta que Morena decidió sentar en la silla del árbitro electoral—, el presupuesto público no era para garantizar la democracia, sino un jugoso botín personal para repartir en la sobremesa.
Los nuevos videos revelados por Latinus exhiben con una crudeza casi pornográfica cómo funcionaba la verdadera «mesita de diálogo» de Taddei: un comedor, una libreta en mano y su contratista favorito, José Alfredo Hernández Casillas, haciendo cuentas alegres como si estuvieran dividiendo la cuenta de los tacos, pero con millones de dólares del erario.
«Primero lo mío y luego lo tuyo»
En la reunión del pasado 16 de febrero, el pudor ni siquiera fue invitado a la mesa. Mientras Taddei guarda un silencio sepulcral y cómplice mirando a su interlocutor, Hernández Casillas desglosa con total desparpajo la tajada que les toca por el contrato de fabricación de la credencial de elector. Un contratito que el INE adjudicó el 10 de diciembre por un monto máximo de 71 millones de dólares (unos 1,300 millones de pesos) y con vigencia hasta el 2031.
La matemática de la corrupción no tiene desperdicio: «Yo le había puesto 3 millones 750, más o menos nos van a dar, ¿verdad? Yo llevo uno 300 y tú dos millones en la credencial para votar. ¿Estás de acuerdo?». Así, sin anestesia ni eufemismos. Dos millones para la presidenta del árbitro electoral por el plástico que todos llevamos en la cartera.
El negocio redondo: Patentes, códigos QR y ciberseguridad
Pero como la avaricia no conoce topes presupuestales, la fabricación del plástico era solo el aperitivo. La verdadera mina de oro estaba en los servicios adicionales, operados bajo una red donde todos salían ganando menos el ciudadano:
- El monopolio de la autenticación: Hernández Casillas presume ingresos de «sesenta y tantos millones de dólares al año» por autenticar credenciales y explica que buscan una adenda al convenio para autenticar 30 millones de plásticos. ¿El truco maestro? Como hay una patente de por medio, nadie más puede meter las manos, garantizando que el negocio trascienda la administración del Instituto mientras ellos se embolsan el 30 por ciento de lo que queda.
- La tajada de la ciberseguridad: En la repartición sale a relucir Ramón Mondragón, director de Grupo Anémona, empresa encargada de la ciberseguridad de las credenciales (con quien Hernández Casillas ya había festejado en una fiesta en su casa en diciembre de 2025 junto a otros funcionarios del INE y empresarios ganadores). Las cuentas en la mesa son clarísimas: «De aquí estamos 70, Ramón, y 30 nosotros». Un modesto «30» que en la calculadora del contratista equivale a unos 15 millones de dólares.
- Cobrando hasta por el QR: Ni los cuadritos blancos y negros se salvaron del moche. Los códigos QR generados por la empresa Ubox —también propiedad de Mondragón— dejaron su respectiva comisión en la lista de ganancias de Taddei y su empresario consentido, sumando más de un millón cuatrocientos mil a la cuenta bajo la premisa de «dame ahora mío lo tuyo».
El menú a la carta del contratista
Lo más revelador del nivel de descomposición e impunidad en el INE de Taddei es que el proveedor no solo le hacía las cuentas a la presidenta, sino que se daba el lujo de escoger qué contratos quería y cuáles le daban flojera. «Es lo de la limpieza, no, no, no, limpieza, ya no lo voy a ver yo», dice Hernández Casillas con desdén de magnate, para luego apuntarse directo a donde brilla el billete fácil: «Credencial para votar al extranjero, eso sí lo voy a ver yo, porque yo lo hice. Y aquí está el 15% también».
Mientras al ciudadano de a pie le piden hacer fila, comprobar su domicilio y confiar ciegamente en la institución que resguarda su identidad, la cúpula encabezada por Guadalupe Taddei operaba como un cártel de cuello blanco. Con libreta en mano, convirtieron el padrón electoral y el presupuesto del INE en su cajero automático particular, dejando claro que en su diccionario la palabra «autonomía» significaba, simple y llanamente, libertad absoluta para saquear.
Con información: LATINUS/ ELNORTE/

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