Para que no digan que en Tamaulipas escasean los estrategas de escritorio, ahí tienen el deslumbrante currículum del general Carlos Arturo Pancardo Escudero: licenciado en Administración por la Escuela Superior de Guerra, maestro en Defensa y Seguridad Nacional, integrante de la Legión de Honor Mexicana, exvicerrector militar y poseedor de más de 47 años de servicio ininterrumpido. Tanta medalla, tanta academia castrense y casi medio siglo de instrucción táctica para terminar protagonizando el repliegue más torpe de su carrera: huir de los micrófonos porque, según su reloj, ya eran las 12 y llegaba el gobernador.
El contraste entre la solemnidad del boletín oficial y la crudeza de su verborrea verde olivo no es solo grotesco; es un insulto directo a la inteligencia ciudadana y a esos sagrados preceptos de honor, valor, lealtad y sacrificio que el general aprendió a recitar en el colegio militar, pero que se le extravían en cuanto le ponen una grabadora enfrente.
La aritmética del encubrimiento: de tres investigados a no hay detenidos
Cuando la prensa cuestiona al militar cuántos elementos están siendo investigados por los hechos donde una niña de siete años perdió la vida de un balazo en la cabeza, el general dispara sin apuntar: «Tres». Pero al instante, cuando le repreguntan para confirmar si hay detenidos, su lengua entra en cortocircuito para clarificar con un nervioso «No, no, no. La detención la lleva la Fiscalía».
Lo que es peor: a la pregunta directa sobre el estatus de los involucrados, confiesa sin ruborizarse que siguen en sus funciones hasta que la Fiscalía diga otra cosa.
Es decir, esos «estándares operativos y éticos» parecen coincidir con los de otro multiseñalado por la evidencia ,mas que la sospecha y que tambien esta en activo ,pero en funciones de gobernador humanista.
Mantener a un elemento implicado en un operativo donde asesinan a una menor, sin siquiera separarlo preventivamente del cargo: sigue patrullando las calles o los cielos en helicóptero mientras la burocracia decide. Llamarle a eso «institucionalidad» es un eufemismo barato para la complicidad administrativa.
«No hubo fallos»: el cinismo como doctrina de Estado
El momento cumbre de esta debacle retórica llega cuando se le pregunta qué falló en el operativo. Con una frialdad que hiela la sangre, el maestro en IN_Seguridad Nacional sentencia: «Yo creo que no falló. No hubo fallos».
Permítanos entender la lógica de la Escuela Superior de Guerra: si en un despliegue policial muere una niña de siete años con un tiro en la cabeza y, según el titular de seguridad, «no hubo fallos», entonces estamos ante una conclusión aterradora.
En la jerga militar, cuando un operativo no tiene fallos, significa que el resultado obtenido estaba dentro de los parámetros aceptables de la misión. Al negar el error operativo, el general Pancardo no está defendiendo a su corporación; la está hundiendo moralmente.
Incapaz de sostener su propia barbaridad verbal, el secretario intenta atrincherarse en el manual del pretexto fácil: «No, espérame, espérame. Yo quiero dejar que fue en el contexto de la violencia que genera la delincuencia organizada, ¿sí? Y que esto sí, el fallo que puedas decir tú, está en ese lamentable incidente».
Ahí está la lengua enredada del mando que no sabe cómo llamar a las cosas por su nombre,aunque no es la unica babosada que ha dicho.
Degradar el asesinato de una menor a un «lamentable incidente y antes daño colateral» y endosarle el «fallo» a la percepción del periodista («el fallo que puedas decir tú») mientras se lava las manos con el comodín del «contexto de la violencia», es la antítesis absoluta del valor militar.
El uniforme y las estrellas en el hombro no sirven para esconderse detrás del «contexto» cuando la propia tropa está bajo escrutinio; sirven para asumir la responsabilidad del mando.
El reloj de las 12 y el abandono del honor
Cuando los cuestionamientos sobre si hubo «confusión» o falta de capacitación acorralan el endeble y mediocre discurso, el ex-vicerector de la Universidad del Ejercito y Fuerza Aerea aplica la táctica de la avestruz: «Lo determinará la Fiscalía. Sí. Yo no tengo nada más que decir», rematando con el clásico cliché burocrático de que los policías «están capacitados y vamos a seguir capacitando continuamente». Si así operan estando «capacitados» y «sin fallos», Tamaulipas tiene motivos de sobra para temblar.
Pero la estocada final a la prometida «proximidad social y enfoque en derechos humanos» ocurre en la retirada. Ante el reclamo legítimo de la prensa por su falta de respeto al no detenerse a responder con claridad, el general exhibe su verdadera escala de prioridades: «Permiso, permiso, gracias… A ver, ya son las 12. Tengo la cita a las 12. Bueno, empieza el evento y llega el gobernador».
Para el general Pancardo, la puntualidad cortesana y arrastrada para recibir al gobernador en turno pesa infinitamente más que rendir cuentas al pueblo de Tamaulipas por la sangre de una niña de siete años.
El honor no se conserva en las vitrinas de la Legión de Honor; se defiende dando la cara ante la tragedia. El valor no se demuestra huyendo de las preguntas incómodas para no llegar tarde al besamanos político. La lealtad de un servidor público se debe a las víctimas y a la verdad, no al encubrimiento gremial de quienes portan un arma del Estado. Y el sacrificio, general, definitivamente no es el suyo por tener que soportar tres minutos a la prensa antes de las 12; el único e irreparable sacrificio lo pagó una familia a la que su operativo «sin fallos» le arrebató el futuro.
Con informacion: NOTICIAS24SIETE/

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