Tras el regreso de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa, la presidenta Claudia Sheinbaum —quien se enteró por “Twitter”, pues sus órganos de inteligencia claramente no funcionan o funcionan mal— hizo un pronunciamiento público contra el poder abusivo que ayer fue respaldado por Morena.
En los hechos ,la misiva en redes fue otra pieza de utilería moral emitida desde el poder.
No fue un mensaje de firmeza: es un escape de humo con palabras bonitas. Cuando el poder quiere hacerse el valiente sin tocar a nadie, llama “Nación” a su silencio, “pueblo” a su coartada y “esperanza” a la ausencia de respuestas.
Si el poder sin límites es abuso, que empiecen por limitarse ellos. Si la ambición personal es intolerable, que no la condenen con estampitas: que la investiguen, la documenten y la castiguen, aunque el implicado vista el chaleco con los colores del régimen.
Porque el pueblo no necesita discursos que lo veneren desde una pantalla. Necesita instituciones que no lo traicionen detrás de una puerta cerrada.
Su truco es elemental: hablar del “pueblo”, la “Nación” y la “historia” en abstracto para no hablar de responsables, decisiones, investigaciones ni consecuencias concretas.
Esto no es lenguaje de Estado: es el género favorito del poder que no quiere rendir cuentas.
Mucha elevación moral, ninguna precisión; mucho “México merece”, ningún “tal funcionario será investigado”, mucho pueblo en mayúsculas y cero ciudadanos con derechos exigibles.
La retórica funciona como incienso: perfuma el cuarto para que nadie pregunte qué se está pudriendo adentro.
Vamos a desmontarlo Frase por frase:
“Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación.”
Claro. Y ningún gobernador debería volver a su cargo bajo la sombra de acusaciones gravísimas sin que el Estado explique qué investigó, qué encontró y qué medidas tomó.
Pero el discurso se queda en la catequesis: condena una abstracción —el “interés personal”— y esquiva el caso concreto.
Si de verdad ningún interés personal está por encima de la Nación, entonces los pactos partidistas, las lealtades internas y la protección de cuadros propios deberían ser revisables, auditables y castigables.
No basta con anunciar que el agua moja. “Mucho menos cuando… no es el bienestar de su gente, sino la ambición desnuda del poder por el poder.
“Ambición desnuda” es una frase diseñada para el aplauso: suena feroz y no compromete a nada.
¿Quién es el ambicioso? ¿Qué hizo? ¿Qué norma violó? ¿Habrá denuncia, investigación, separación del cargo, transparencia? Nada.
Es la cómoda indignación sin expediente. Se insinúa una acusación sin formularla, se posa una superioridad ética sin activar la maquinaria institucional.
El poder por el poder, sí; pero con comunicado bonito y foto oficial.
“El poder sin principios se vuelve arrogancia.”
Correcto, salvo que desde Palacio se use como diagnóstico para otros y no como espejo. La arrogancia del poder no sólo consiste en gritar, insultar o mandar: también consiste en creer que una frase presidencial sustituye una investigación independiente.
Arrogancia es suponer que la ciudadanía debe conformarse con la sentencia moral de quien tiene la obligación de ofrecer hechos, no aforismos.
“El poder sin límites, abuso.”
Entonces pongámosle límites, no filtros de Instagram a la indignación. Límites son contrapesos que no obedecen, fiscalías que investigan incluso a los aliados, tribunales que no reciben línea, prensa que no es tratada como enemiga y mecanismos de transparencia que no dependen del humor del gobierno.
Decir que el poder sin límites abusa mientras se normaliza la concentración política es como dar una conferencia contra los incendios con un cerillo en la mano.
“El poder que olvida al pueblo termina enfrentándose a la historia.”
Otra frase de calendario. ¿Qué significa “el pueblo” cuando se invoca desde arriba? ¿Las víctimas de la violencia? ¿Las familias de desaparecidos? ¿Los ciudadanos que viven bajo control criminal? ¿Los sinaloenses que necesitan certezas y no acertijos presidenciales?
La historia no es una señora solemne que baja a repartir regaños. La historia, en democracia, debería llamarse archivo público, rendición de cuentas, justicia, elecciones informadas y memoria de las víctimas.
Lo demás es poesía institucional para evadir la pregunta incómoda. “México merece servidores públicos que entiendan que los cargos son pasajeros, pero la responsabilidad ante la Nación es eterna.”
México no necesita funcionarios que reciten humildad: necesita funcionarios que acepten que, precisamente porque el cargo es pasajero, el daño que pueden causar exige vigilancia inmediata. “Responsabilidad eterna” suena muy elevado, pero sin consecuencias administrativas, penales y políticas es sólo una veladora retórica.
La responsabilidad no es eterna: es verificable. Tiene nombres, firmas, presupuestos, omisiones, expedientes y, cuando procede, sanciones.
“El Pueblo no está para alimentar ambiciones personales…”
De acuerdo. Pero tampoco está para ser utilizado como escenografía verbal cada vez que el gobierno requiere blindar una contradicción. El pueblo no es un comodín discursivo ni una barra de apoyo para discursos de legitimación.
Cuando se habla en su nombre para evitar respuestas concretas, se le convierte en coartada. Y nada es más contrario al pueblo que usarlo como biombo para tapar a los poderosos. “Está para exigir que se defienda su dignidad, su futuro y su esperanza.
”Aquí está el corazón propagandístico del texto: tres palabras emocionalmente impecables —dignidad, futuro, esperanza— sin una sola medida que permita saber cómo se protegen.
La propaganda ama estas palabras porque nadie puede estar contra ellas; la política seria las traduce en seguridad, salud, justicia, ingresos, escuelas, servicios y verdad.
La esperanza no es política pública. Es el sentimiento que queda cuando la política pública no alcanza.
“Por encima de cualquier nombre, de cualquier grupo y de cualquier interés particular, está el pueblo y la Nación.”
Perfecto: entonces que se note cuando el nombre sea el de un aliado, el grupo sea el propio y el interés particular sea la conservación del control político.
Porque esa frase sólo tiene valor cuando se aplica contra los cercanos. Contra los adversarios es rutina; contra los propios, prueba de carácter. Y ésa es la parte que el mensaje no ofrece: no hay nombre, no hay investigación, no hay consecuencia, no hay ruptura.
Sólo la Nación convertida en mayúscula para que nadie observe al personaje protegido por el silencio. La manipulación emocional de Sheinbaum es un texto que opera con una fórmula vieja:- Construye un enemigo moral difuso: “la ambición”, “el abuso”, “la arrogancia”. – Se apropia de símbolos imposibles de refutar: pueblo, México, Nación, dignidad, esperanza. No identifica al responsable ni describe la acción institucional. – Transforma una crisis concreta en una homilía de valores. – Pide emoción antes que evidencia: indignación, orgullo nacional, fe en la autoridad.
No intenta informar; intenta ordenar los afectos. Quiere que el lector sienta que alguien en la cúspide ya dictó una sentencia moral, aunque no haya dicho qué hará para que esa sentencia tenga efectos reales.
Con información: @PartidoMorenaMX

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