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jueves, 27 de agosto de 2026

“1 DETENIDO ?: OPERATIVOS de HARFUCH son TELARAÑAS que ATRAPAN MOSCAS y dejan PASAR los PÁJAROS en TAMAULIPAS”…lo exótico no fue el zoológico: fue el único detenido.


Cinco inmuebles, 68 mil litros de diésel, pipas, autotanques, reactores, armas, mangueras, un tractocamión, una gasolinera clandestina y un rancho que parecía cruce de bodega huachicolera con zoológico de narcoficción: tigres, jaguares, leones, hienas, monos araña, un ligre, bisontes y hasta un camello. El inventario es tan desproporcionado que el dato verdaderamente exótico del operativo no fueron los animales: fue el único detenido.

Uno.

No una red. No el Cartel del Golfo, No varios administradores. No los dueños de los predios. No los propietarios de los vehículos. No quienes financiaron el combustible, movieron las pipas, instalaron los tanques, consiguieron las especies protegidas, levantaron una gasolinera clandestina o convirtieron un rancho en safari privado de impunidad. 

Un solo detenido. La fotografía institucional, si se pudiera resumir en una imagen, sería la de un hombre solo frente a cinco inmuebles asegurados y 135 animales rescatados: el tamaño de la operación criminal de un lado; el tamaño de la respuesta penal del otro.

Es decir, no desmantelaron una estructura: encontraron el decorado. Y en el decorado dejaron a un personaje secundario para que la función pudiera presumirse como éxito y como en otros muchos casos mas, porque ya se les hizo vicio.

Porque nadie monta una operación de ese calibre por accidente. Un centro de almacenamiento clandestino no aparece como una taquería improvisada en la banqueta. Una gasolinera ilegal no se administra con una cubeta y buena voluntad. Dos pipas, dos autotanques, frac tanks, bombas de presión, reactores, tanques, equipo de comunicación, armas y decenas de miles de litros de combustible exigen dinero, logística, protección, contactos, rutas, permisos de facto y, sobre todo, una tranquilidad que sólo existe cuando alguien importante está mirando hacia otro lado.

Y luego está el zoológico del exceso. Tener tigres de Bengala, jaguares, leones africanos, hienas, mandriles, monos araña, tortugas sulcata y un camello no es extravagancia doméstica; es el tipo de ostentación que suele acompañar al poder que se siente intocable. 

Es la fauna como accesorio de dominio: “puedo tener lo que quiera, incluso lo que no debería existir aquí”. Mientras tanto, 35 ejemplares estaban catalogados en alguna categoría de riesgo. El negocio no sólo olía a diésel: también olía a impunidad, a tráfico de especies, a dinero sin preguntas y a autoridad que llega tarde, cuando llega.

Una telaraña para moscas

El operativo, visto desde fuera, parece una telaraña institucional: amplia, aparatosa, llena de hilos, patrullas, sellos, armas aseguradas y boletines. Pero una telaraña muy peculiar: atrapa moscas y deja pasar pájaros.

La mosca ,sin animo despectivo ,es el velador, el cuidador, el encargado menor, el que estaba físicamente ahí cuando arribaron los marinos. El pájaro es quien puede pagar ranchos, alimentar felinos, importar o traficar especies, mover hidrocarburos a escala industrial, sostener una gasolinera clandestina y hacer funcionar cinco inmuebles sin que el barrio, el municipio, el estado o la federación se enteren de nada. O, peor todavía, sin que quieran enterarse.

Asegurar objetos no equivale a detener responsables. Asegurar predios no equivale a tocar propietarios. Rescatar animales es necesario —y urgente—, pero no sustituye el deber de seguir el dinero, las escrituras, los registros vehiculares, los permisos, las comunicaciones y las cadenas de mando. De lo contrario, el Estado se queda con los tanques, las jaulas y el combustible; los verdaderos dueños se quedan con el mensaje: “pierdes una bodega, pero conservas el sistema”.

Y ése es el núcleo de la sospecha pública: que la autoridad sea feroz con lo visible y prudente con lo poderoso. Que el aparato de seguridad pueda contar 135 animales, 68 mil litros de diésel y cada metro de manguera, pero no logre —o no quiera— poner nombres completos sobre quienes convirtieron Tamaulipas en un catálogo de delitos de alto presupuesto.

El comentario social ya dictó sentencia

Los comentarios como reacción en la información publicada por EL NORTE , no son una investigación judicial, ni deben tomarse como prueba contra las personas que ahí se mencionan. Pero sí son un termómetro brutal del descrédito. La gente no leyó “operativo exitoso”; leyó “cinco inmuebles, arsenal logístico, zoológico clandestino y un detenido”. Y de inmediato armó una conclusión colectiva: agarraron al cuidador.

“Detuvieron al velador del zoológico nomás”, escribe uno. “Gran logro de la 4T”, remata otro. “¿Dónde están los detenidos? ¿Nombres de propietarios?”, pregunta alguien más. En el humor negro aparece incluso la pregunta más filosa: “¿Y a cuántos animales no exóticos detuvieron?”. La burla no es gratuita; es el lenguaje de una ciudadanía que dejó de sorprenderse por los golpes espectaculares porque aprendió a contar lo que falta: los jefes, los socios, los prestanombres, los propietarios y los protectores.

También aparece una preocupación menos cínica y más urgente: el destino de los animales. Rescatarlos es apenas el primer capítulo. Animales silvestres o exóticos, muchos de ellos en categorías de riesgo o sujetos a regulación internacional, no se resuelven con un decomiso y una foto. Requieren revisión veterinaria, instalaciones adecuadas, cuidados especializados y trazabilidad. Si el rescate termina en abandono burocrático, el operativo habrá salvado a los animales del rancho para entregarlos a otra forma de cautiverio: la negligencia oficial.

La pregunta que queda

El gobierno y la estrategia de Omar Garcia Harfuch pueden celebrar que aseguró combustible, armas, equipo y fauna protegida. Debe hacerlo, porque retirarlos de circulación importa. Pero una operación de ese tamaño no puede cerrarse con la narrativa del “uno detenido” como si fuera una medalla suficiente.

La pregunta no es si hubo decomiso. La pregunta es quién era dueño de todo aquello.

¿Quién pagaba el diésel? ¿Quién controlaba los inmuebles? ¿Quién mantenía a 135 animales? ¿Quién movía las pipas? ¿Quién proporcionaba cobertura? ¿Quién se beneficiaba de la gasolinera clandestina? ¿Y por qué, frente a un entramado que parece industrial, la justicia sólo logró exhibir a una persona?

Hasta que esas preguntas tengan respuestas con nombres, imputaciones y procesos verificables, la escena seguirá pareciendo una cacería cuidadosamente diseñada para capturar moscas, mientras los pájaros más grandes ya vuelan lejos, con las alas limpias de diésel y las garras llenas de impunidad.

Con información: ELNORTE/

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