Pemex lo volvió a hacer. Esta vez no en Tabasco, ni en Campeche, sino en Texas. La joya de la “soberanía energética” —la refinería de Deer Park, comprada por el gobierno mexicano en 2021 como símbolo de independencia petrolera— acaba de protagonizar su propio espectáculo de chapopote: un derrame de diésel sobre el Canal de Navegación de Houston, confirmado por la cadena local ABC13 Houston y Fox26.
El guion es el mismo de siempre: un vocero habla con voz de tranquilidad institucional y promete que “personal especializado” trabaja “activamente” en la contención del combustible. O sea, lo de siempre: crisis maquillada de protocolo. En paralelo, el Sistema de Respuesta a Emergencias (CAER) activó la alerta, pero la refinería ya habría “aislado” el área afectada. Qué alivio: aislado, como si con eso se lavara el diésel.
A decir del comunicado, no hay impactos en la comunidad circundante y las operaciones continúan con normalidad. Claro, Pemex y normalidad son palabras que solo caben juntas en el lenguaje de la negación.
Nada más faltaba que anunciaran que el derrame también contribuye al crecimiento económico.
La refinería modelo que más falla que las viejas
Apenas un mes atrás, la presidenta Claudia Sheinbaum defendía que Deer Park “no está muy mal”, luego de admitir que estaba en mantenimiento. Pero la hemeroteca no perdona: esa refinería fue comprada en 600 millones de dólares como la joya de la corona energética, la que iba a “rescatar la autosuficiencia” mexicana. Hoy, en cambio, rescata tortugas y aves cubiertas de combustible.
Y si de fallas hablamos, Dos Bocas le hace segunda con su propio historial flamígero: explosiones, incendios, muertes y un manual de seguridad que parece sacado de un sketch de La Carabina de Ambrosio. La refinería “de vanguardia” acumula incidentes suficientes como para que las “viejas” instalaciones de Salamanca o Tula parezcan ejemplos de eficiencia suiza.
Uno diría que Pemex encontró la forma de exportar no sólo hidrocarburos, sino también su particular modelo de desastres industriales: los mismos discursos de control, las mismas excusas técnicas y las mismas promesas de que “todo está bajo control” mientras el mar (o el canal texano, ahora) se tiñe del inconfundible aroma de la soberanía petrolera.

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