Si el narco mexicano fuera una saga de herencias podridas, Juan Carlos Valencia González sería el heredero que llega tarde pero con el apellido bien cargado. El diario español,El País lo coloca en el centro del relevo del CJNG: hijo de una dinastía michoacana que convirtió parentescos, migración y negocios ilegales en una maquinaria criminal, hijastro de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, y señalado por México y Estados Unidos como el hombre que podría tomar la batuta del cartel más violento y expansivo del país.
A Valencia González le sobran sobrenombres y le falta inocencia: El Pelón, el 03, el R3, JP. También le sobra protección institucional en forma de dinero, blindaje, arsenales y disciplina paramilitar. Washington ofrece cinco millones de dólares por información que permita capturarlo, mientras el gobierno mexicano lo identifica como el jefe de un grupo armado de élite del CJNG, el mismo que él habría mandado desde la sombra hasta que la caída de El Mencho abrió la puerta para que dejara de ser operador y empezara a parecer sucesor.
La dinastía Valencia
La historia no empieza con Juan Carlos, sino con una familia que entendió muy pronto que el crimen también se hereda. Los González Valencia, originarios de Aguililla, Michoacán, eran 18 hermanos, y varios migraron a Estados Unidos desde finales de los años setenta para entrar al negocio de la droga con la misma naturalidad con la que otros heredan una tienda o una parcela. De ese linaje sale Rosalinda González Valencia, madre de Juan Carlos, y también Armando Valencia Cornelio, su padre biológico, dos piezas de una estirpe que los documentos estadounidenses describen como un entramado familiar capaz de fabricar apellidos repetidos, confusiones judiciales y redes de tráfico transfronterizo.
Juan Carlos nació el 12 de septiembre de 1984 en Santa Ana, California, y por eso es ciudadano estadounidense y mexicano. Su padre, Armando Valencia Cornelio, venía de Uruapan, pero con raíces en Aguililla, y desde los años ochenta se instaló en Redwood City, California, desde donde construyó parte del viejo andamiaje del Cártel del Milenio junto con otros parientes. El reportaje subraya que la familia convirtió el apellido Valencia en una especie de marca de fábrica: casas, ranchos, empacadoras, barcos y una red de conexiones que cruzaba México, Estados Unidos y Colombia.
El ascenso del Grupo Élite
La pieza más importante del retrato es el Grupo Élite, el brazo armado que el Gobierno mexicano ya identificaba en 2020 como comandado por Juan Carlos Valencia González. No se trata de una célula cualquiera: nació en 2019, operó en Jalisco, Michoacán, Zacatecas y Guanajuato, y fue presentada por los propios reportes militares como una fuerza con blindaje, movilidad, poder de fuego y entrenamiento casi castrense. Traducido al lenguaje llano: un ejército privado con branding criminal, chaleco táctico y propaganda de catálogo narco.
El País recupera incluso un video grabado el 17 de julio de 2020, día del cumpleaños de El Mencho, donde decenas de hombres armados celebran al patrón con gritos de lealtad y una caravana de 22 vehículos blindados, torretas, Barrets y lanzagranadas. La estética no es accidental: el mensaje es que el CJNG no solo trafica; también desfila, exhibe músculo y se vende como fuerza paralela del Estado. Esa misma unidad fue ligada por autoridades mexicanas a la masacre de siete policías en Villagrán, Guanajuato, durante el arranque de la guerra contra el Cártel Santa Rosa de Lima.
El relevo imposible
El punto de quiebre llega con la caída de Nemesio Oseguera Cervantes en un operativo del Ejército en Tapalpa, según la reconstrucción del diario. Ahí se abre la discusión sobre sucesión: El Menchito está descartado por su cadena perpetua en Estados Unidos; otros nombres circulan, como El Jardinero, El Sapo o El Tío Lako, pero el que vuelve una y otra vez es Valencia González. No porque sea un tecnócrata del narco, sino porque su legitimidad es familiar, operativa y simbólica: sangre, obediencia y capacidad de fuego.
El texto insiste en que el CJNG siempre fue una empresa de clan. Primero estuvo el viejo Cártel del Milenio, después la alianza con Los Cuinis y más tarde el ascenso de El Mencho y de la estructura que terminó por convertirse en CJNG. La conclusión del reportaje es casi brutal en su simpleza: desde el origen, esto ha sido un asunto de familia.
El poder que dejó el Mencho
La columna también recuerda que el poder de El Mencho no salió de la nada: se montó sobre viejas rutas de cocaína, sobre la alianza con Colombia y sobre la recomposición de múltiples bandas y apellidos que fueron mutando de cartel, de socio o de brazo armado según soplara la guerra. Armando Valencia Cornelio, el padre de Juan Carlos, ya había hecho negocios con toneladas de cocaína, barcos atuneros, corredores hacia Juárez y cruces por Texas, hasta ser detenido en 2003, cuando el gobierno mexicano lo ubicaba como uno de los grandes introductores de droga a Estados Unidos.
Ese pasado importa porque explica el presente: Juan Carlos no es un improvisado ni un producto de última hora, sino el resultado de una genealogía que pasó de la migración al contrabando, del contrabando a la estructura criminal y de la estructura criminal a una herencia de mando. Por eso el reportaje no lo presenta solo como un “nuevo líder”, sino como el rostro de una continuidad generacional donde el apellido pesa tanto como el fusil.
Lo que deja claro el reportaje
El País no vende una consagración; vende una alerta. El CJNG sigue siendo una maquinaria viva, violenta y expansiva, y la posible llegada de Valencia González al frente no representa una ruptura, sino la actualización de una empresa criminal que aprendió a sobrevivir cambiando de rostro sin abandonar sus métodos. Si algo deja claro la nota es que el relevo no llega con discursos ni con institucionalidad: llega con blindaje, ametralladoras, linaje y una recompensa millonaria encima.
Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/BEATRIZ GUILLEN/

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