En San José Chiapa, Puebla, la presidenta Claudia Sheinbaum descubrió —una vez más— que el pueblo no siempre escucha con la devoción que presupone el poder. En lo que debía ser un mitin de vivienda y júbilo, terminó dando una lección de obediencia cívica digna de aula autoritaria, donde la disidencia es sinónimo de mala educación.
Con dedo índice en posición de maestra regañona y tono de directora cansada, Sheinbaum enumeró su propio acto de gracia: “Les dije que los iba a recibir… y de todas maneras se manifestaron”. Frase que, más que mostrar vocación dialogante, retrata una lógica de superioridad: si el presidente —corrijo, la presidenta— promete audiencia, ¿qué ciudadano se atreve a ejercer su derecho a protestar?
En el manual presidencial de la Cuarta Transformación, el diálogo es válido sólo cuando la gente asiente; la crítica, en cambio, debe esperar turno y permiso.
Pero el momento cumbre fue su curiosa interpretación de la democracia: “¿Quién vota porque terminemos de hablar y luego atendemos a los manifestantes? La democracia es la mayoría, ¿verdad?”. Celestial definición, digna de bar de facultad: reducir el principio democrático a una votación improvisada frente al micrófono, como si el consenso fuera producto de levantar la mano por aburrimiento. En la línea del populismo funcional, Sheinbaum transforma el foro público en plebiscito doméstico, con el pueblo reducido a telonero.
Cuando una morenista local, admiradora suya, le recordó que el terreno en disputa “es del pueblo”, la presidenta quedó momentáneamente descolocada. Contestó que era “del gobierno del estado”, y ante la réplica —“pero el pueblo somos muchos, presidenta”— optó por el manual de control de daños: asegurar que “no habrá afectaciones” y que la asamblea no sería realmente de consulta, sino apenas para escuchar el proyecto. Traducido: escucharán, sí, pero sin decidir.
Lo que se vio en San José Chiapa no fue una estadista cultivando diálogo, sino una operadora política defendiendo obra pública con reflejo de jerarca. Fustigó al pueblo que la votó, corrigió a sus propios militantes y pidió respeto mientras imponía silencio. En nombre del pueblo, le negó el voto al mismo pueblo.
Que significa el dedito:
El “dedito” suele leerse como un gesto de amonestación, corrección o advertencia: no sólo señala, también pretende poner jerarquía entre quien habla y quien escucha. En clave política, ese índice levantado transmite autoridad, paternalismo y hasta un matiz autoritario cuando se usa para regañar públicamente.
El carácter presidencial, ese intangible que distingue la investidura, se desdibuja cuando la autoridad confunde mandato con sermón y gobernar con poner orden. La escena deja una pregunta incómoda: ¿esta presidenta escucha de verdad o sólo dicta instrucciones desde el escenario, apuntando con el dedo para garantizar que el aplauso sea a tiempo?
Con informacion: ELNORTE/

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