Ayer por la noche fui con una amiga a la Cineteca, salimos tarde, pedimos los respectivos taxis de plataforma que mueven (o no) al mundo. Cuando abordé el mío y cerré la puerta sentí de inmediato una incomodidad creciente. “Puta lavada, botellas de cristal, la paca llega la quiero reventar… vuelo privado” sonaba en la selección musical del conductor que dirigía el volante con una calma de maestro budista.
Pasé de la incomodidad al miedo, luego a la vergüenza por sentir miedo, y después a un franco estado de alarma por mi confusión mental. Será que tengo atrofiados los parámetros de tanto relativizar la muerte. Luego el playlist siguió: “Morras en jacuzzi, los plebes con Uzi, molly y wax, más fiestas privadas, marca registrada, papá”. Fue un malviaje de 16 minutos a ritmo de corrido tumbado que me dejó muy inquieta.
¿Por qué cuesta tanto decir con todas sus letras que la exaltación cultural del narco en México llegó a un punto de inflexión digno de señalar? ¿Por qué me cuesta cruzar la línea y asumir una frontal postura de rechazo?, ¿podrá más el miedo a no ser considerada cool?
Hasta hace un par de años, no me sentía tan rotundamente incómoda con el tema, lo que cambió de forma radical mi disposición fue una conversación sostenida a lo largo de muchos meses con colectivos buscadores de personas desaparecidas. Es difícil despojar a la expresión cultural del contenido dañino y profundamente trágico cuando palpas de cerca el dolor de las familias heridas por la desaparición de uno o más de sus miembros como resultado de este incesante tiroteo de la guerra del narco.
Y ayer por la mañana, cuando se confirmó la extradición de 29 narcotraficantes mexicanos a Estados Unidos, pensé que algún día -No muy lejano- veremos una serie televisiva y escucharemos una docena de canciones a ritmo de regional mexicano contando, recreando, ficcionando, interpretando este momento histórico.
Pero muy probablemente ni la serie ni las canciones perronas se enfocarán en las víctimas y sus sobrevivientes. Si desde el 2006 este país tiene el funesto registro de más de cuatrocientas mil personas asesinadas y ciento treinta mil desaparecidos, ¿de cuántos serán responsables de manera directa e indirecta esos 29 capos extraditados?
Y si sumáramos a la estadística los homicidios y desapariciones que vienen desde los años 70 y 80 cuando Caro Quintero era el narco de narcos junto a Félix Gallardo, el conteo luctuoso se vuelve lapidario.
Qué jodido (no se me ocurre mejor adjetivo) saber que la amenaza arancelaria pudo lo que no pudieron ciento treinta mil o cuatrocientas mil víctimas.
Qué cabrón (sí se me ocurre peor adjetivo) saber que en cuarenta años no hubo gobierno dispuesto a entregar a Rafael Caro Quintero hasta que lo que estuvo en juego fue una economía de miles de millones de dólares que con ese 25% de tarifa de aduana pondrían en jaque la estabilidad financiera que este y el gobierno anterior tanto cacarean.
Que los muertos no valen, los impuestos sí.
Así que anoche en el taxi, con mi susto y mis 16 minutos de músculos agarrotados, me di cuenta de algo: no sentiría miedo si pudiera escindir la manifestación cultural y seguir el requinto bien ejecutado de esa guitarra sin que las víctimas vinieran a mi mente, pero simplemente no puedo. Y entonces, llámenme ingenua, pude palpar nítida la estrategia “moral” que durante cincuenta años los gobiernos de este país han venido ejecutando con gran y retorcido éxito: ignorar a las víctimas que se ahogan en sangre.
Y no, jamás me pronunciaré por la cancelación de expresión alguna porque eso lejos de ayudar causaría más daño, pero urge hacernos cargo de lo que culturalmente nos anestesia y dejar la complacencia a un lado.
Atenuar la carga violenta y exaltar la libertad del contenido de una industria que se monetiza sobre fosas clandestinas y ciudades como Culiacán sitiadas por la guerra narca que hace fracasar a la comunidad restaurantera y que los niños renuncien a ir a la escuela y los barrios se vayan despoblando, debería por lo menos abrir entre nosotros serias interrogantes éticas.
Qué tristeza anticipar que el catalizador de nuestras expresiones culturales seguirá siendo el narco, que la moneda de cambio política de mayor impacto en este país seguirá siendo el narco.
Con informacion.-@AlmaDeliaMC/ELNORTE/
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: