El video de José Ramón Gómez Leal no es una explicación: es un paraguas preventivo. Mientras arrecian publicaciones sobre sus nexos, expedientes en EE.UU ,reportes de inteligencia de la DEA y comunicaciones con Sergio Carmona, el senador morenista ensaya la vieja maniobra del político acorralado: convertir las preguntas en “ataques”, a los periodistas en instrumentos de facción y a los señalamientos en simple ruido electoral.
“Curarse en salud” antes del diagnóstico
En su mensaje dominical,el cuñado de Francisco «Pancho» Javier García Cabeza de Vaca,el llamado «JR», prepara el terreno para ausencias legislativas donde es un faltista consumado y se presenta como víctima de una conjura: dice haber padecido una infección estomacal, acusa a “algunos medios” de estar “muy intensos”, atribuye las críticas a “grupos políticos” que alimentan mentiras y remata con el sedante favorito del poder: “el pueblo no es tonto”.
Pero el pueblo no es tonto precisamente porque sabe distinguir entre una descalificación genérica apelando a la verborrea y una respuesta de fondo.
El senador no identifica qué publicación miente, qué documento fue falsificado, qué dato puntual es incorrecto, quién fabricó cada acusación ni qué acción legal emprendió para desmontar esas versiones.
Se limita a levantar una nube de humo —medios, grupitos, periodiquitos, chismes y tiempos electorales— para no tocar el núcleo del problema: los señalamientos públicos que lo sitúan en una conversación mucho más grave que una pelea de redes, una en la que huachicol, narcotráfico y complicidad son palabras recurrentes.
El Senador no está respondiendo a hechos: está administrando percepciones.
La retórica del perseguido
El libreto es transparente y tiene varias capas:
- Victimización anticipada. Antes de que la presión crezca, JR narra que ya lo están atacando. Así busca que cualquier evidencia posterior sea recibida por su audiencia como parte de una campaña, no como materia que amerita escrutinio.
- Desplazamiento del tema. Habla de una infección, de asistencias y de informes; luego desplaza el debate hacia supuestos intereses electorales. Nada de eso responde por qué su nombre aparece en informes y publicaciones relacionados con una red de presunto contrabando de hidrocarburos.
- Descalificación sin refutación. “Chismes”, “mentiras”, “grupitos” y “medios intensos” son etiquetas, no pruebas. Cuando un funcionario enfrenta señalamientos documentados, el estándar no es insultar al mensajero, sino exhibir documentos, fechas, comunicaciones completas, denuncias y explicaciones verificables.
- Apropiación del pueblo. Repetir que “el pueblo no es tonto” es una frase eficaz para el aplauso, pero grotesca cuando se usa para pedir obediencia emocional. El ciudadano no debe creerle al senador por disciplina partidista; debe exigirle claridad por responsabilidad democrática.
- La unidad como coartada. Invocar “unidad” en medio de preguntas incómodas puede sonar noble, pero también puede ser una forma de pedir silencio. La unidad política no está por encima de la verdad; menos aún cuando se trata de corrupción, combustible ilegal, aduanas o crimen organizado.
La frase más reveladora de «choro mareador» del «JR SIN VISA» ,quizá sea que “ya vienen tiempos electorales”. Exactamente: por eso el escrutinio debe ser más severo, no más dócil. Las campañas no son licencia para blindar aspirantes mediante sentimentalismo, victimismo o propaganda de WhatsApp.
Lo que no responde
Hay elementos que, de acuerdo con reportes publicados, no pueden reducirse a un “periodiquito” ni a un ataque de adversarios.
Un informe de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana incorporado a una carpeta de investigación de la FGR mencionó al senador José Ramón Gómez Leal en relación con una red investigada por presunto contrabando de 144 millones 508 mil 856 litros de combustible a través de la Aduana de Matamoros.
A ello se sumó la difusión de conversaciones atribuidas a teléfonos de Sergio Carmona, empresario conocido públicamente como “El Rey del Huachicol”. La organización Defensorxs y diversos medios reportaron comunicaciones que, según sus autores, mostrarían contacto entre Carmona y Gómez Leal desde 2021.
El senador reconoció que conoció a Carmona, aunque aseguró que nunca tuvo conocimiento de presuntas actividades relacionadas con hidrocarburos ni de una investigación contra el empresario.
Un senador que aspira a más poder no puede limitarse a decir “me inventan historias”. Debe responder, con precisión en vez de acudir a la homilía del domingo se queda en una operación de maquillaje: mucho abrazo, mucho “pueblo”, mucha red social y ninguna rendición de cuentas.
La contradicción moral
El problema no es que JR tenga adversarios. Todo político los tiene. El problema es pretender que la existencia de adversarios cancele la obligación de explicar los hechos.
En el contraste resulta particularmente incómodo que el senador quiera repartir certificados de patriotismo y moralidad mientras los cuestionamientos sobre su entorno se acumulan. La soberanía no se defiende convirtiendo la doble nacionalidad en sospecha colectiva ni señalando a quienes tienen otro pasaporte; se defiende cerrando las rutas de impunidad, limpiando aduanas, transparentando campañas y aclarando vínculos que rozan el dinero, el combustible y el poder.
La nota que cuestiona su discurso sobre personas que “se hacen ricas en México y se van” subraya esa contradicción: frente a reportes y señalamientos que ameritan explicaciones puntuales, el senador desplaza la indignación hacia el pasaporte ajeno. Es patriotismo de utilería: una bandera agitada para que nadie pregunte por la caja registradora.
Y hay una diferencia que conviene conservar con rigor: señalamiento no es sentencia, pero un señalamiento respaldado por reportes, una carpeta de investigación, comunicaciones difundidas y referencias públicas tampoco se borra con una frase de autoayuda política.
El animal político
José Ramón Gómez Leal se exhibe como el animal político de la impunidad preventiva: un aspirante que, antes de aclarar, se declara atacado; antes de documentar, desacredita; antes de responder, abraza; y antes de rendir cuentas, intenta convertir la sospecha pública en una agresión contra “el pueblo”.
No es un perseguido por preguntar demasiado: es un político cuestionado por explicar demasiado poco.
Su método no consiste en desmentir con pruebas, sino en intoxicar el debate con palabrería; no busca despejar dudas, sino cansar al ciudadano hasta que confunda el ruido con inocencia. Es el operador del fuero retórico: cree que decir “son chismes” puede funcionar como amparo moral frente a asuntos que exigen fiscalías, expedientes abiertos y respuestas verificables.
Y ésa es la verdadera pudrición: no sólo el presunto vínculo entre dinero, combustible y poder, sino la pretensión de que una audiencia adormecida acepte que el político bajo escrutinio tiene derecho a exigir fe mientras se niega a entregar verdad.
Con información: @Redes/

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Tu Comentario es VALIOSO: