El escenario desde el que la presidenta Claudia Sheinbaum rendirá su segundo informe de Gobierno, a partir de las 10:30 horas, comenzó a instalarse desde ayer por la mañana en la Explanada de los Héroes.
La Macroplaza no se prepara para una rendición de cuentas; se prepara para una escenografía de poder. Carpas contra el sol, cientos de sillas, vallas metálicas, perímetros de seguridad y operadores de Morena listos para transportar contingentes desde distintos municipios: todo para que el segundo informe de Claudia Sheinbaum no sólo se escuche, sino que se vea lleno.
Porque en la política mexicana una plaza vacía puede ser una mala noticia, pero una plaza llena —aunque sea a fuerza de camiones, invitaciones “inevitables” y burocracias disciplinadas— siempre luce mejor en la fotografía oficial.
El informe de Gobierno es una obligación institucional; el acarreo, en cambio, es una decisión política. La ley contempla que quien encabeza el Ejecutivo informe sobre el estado de la administración. Lo que no contempla como virtud democrática es la fabricación de una audiencia cautiva para convertir la rendición de cuentas en un mitin con sello gubernamental.
Si se confirma que burócratas estatales y maestros fueron obligados a asistir, la ceremonia no será una muestra de apoyo, sino una exhibición de subordinación. El aplauso que nace de la presión laboral no es respaldo ciudadano: es obediencia administrativa. Y la asistencia que requiere pasar lista no tiene mucho de entusiasmo popular.
Morena puede presumir estructura, camiones y capacidad de llenar plazas. Pero llenar sillas no equivale a llenar de resultados el informe. Una concentración multitudinaria no responde por sí sola cuánto se avanzó en seguridad, qué pasó con el dinero público, cuáles obras funcionaron, qué promesas se incumplieron o qué problemas siguen intactos.
La puesta en escena tiene algo de populismo: la líder frente a “el pueblo”, la multitud como prueba visual de legitimidad y la plaza como sustituto de la discusión crítica. También tiene algo de demagogia cuando el ruido de los aplausos amenaza con sepultar las preguntas que realmente importan.
Al final, el reto no será medir cuántas sillas ocuparon ni cuántos camiones llegaron. La pregunta incómoda será otra: ¿cuántas verdades caben en un informe cuando el gobierno parece más ocupado en llenar la explanada que en responderle al ciudadano?
Con información: ELNORTE/

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