El más reciente corte de caja de la narcoguerra en Sinaloa no admite propaganda ni autoengaños: entre el 9 de septiembre de 2024 y el 11 de septiembre de 2026 se acumulan 3 mil 850 homicidios dolosos, 4 mil 408 personas privadas de la libertad y 12 mil 474 vehículos robados. Es decir, cinco asesinatos, seis levantones y 17 despojos de vehículo al día. Un balance de guerra, aunque desde el discurso oficial insistan en venderlo como estrategia.
A esa contabilidad hay que sumar 3 mil 941 detenidos y 211 personas abatidas: números que sirven para el parte gubernamental, pero que no han logrado disminuir el miedo, devolver a los desaparecidos ni garantizar que una familia pueda salir a trabajar, estudiar o circular sin convertirse en estadística.
Y mientras las cifras retratan una ciudad atrapada en una violencia prolongada, cientos de culiacanenses salieron vestidos de blanco a marchar por lo elemental: vivir.
Madres buscadoras, niños, productores, activistas, empresarios y ciudadanos caminaron por la avenida Álvaro Obregón rumbo a Catedral, soltando globos por quienes fueron asesinados o desaparecidos en la guerra entre las facciones de “Los Chapitos” y “La Mayiza”. El mensaje fue sencillo, aunque parezca demasiado pedir: Culiacán no quiere acostumbrarse a contar cadáveres, levantones y despojos como si fueran parte del paisaje.
La presidenta de Coparmex Culiacán, Martha Reyes, pidió no rendirse; el productor Martín Lim habló de la incertidumbre que paraliza al campo y a la actividad comercial; madres como Rosa Lidia Félix recordaron la brutalidad de una realidad en la que —advirtió— no hace falta hacer nada para que algo te ocurra. En una ciudad donde hasta caminar tranquilo se volvió aspiración colectiva, la marcha no fue contra alguien en particular: fue contra la normalización del infierno.
Porque una estrategia que se respete tendría que reducir la violencia, contenerla y evitar que se reproduzca. No administrarla con boletines, no maquillarla con detenciones, mucho menos perpetuarla mientras la población pone los muertos, los desaparecidos y los vehículos. Si después de dos años el saldo diario sigue siendo muerte, levantón y despojo, no hay mucho margen para el optimismo oficial: lo que hay es un fracaso con cifras.
Con información: ELNORTE/

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