El caso de Guillermo y Zafar es la prueba con nombre y apellido de lo que muchos ya venían denunciando: en México no bajó la violencia, solo mejoró el oficio para esconder cadáveres y maquillar el horror en «grafiquitas» mañaneras.
El truco Harfuch: que no se vea, que no cuente
La “reducción de homicidios” que presume el gobierno se sostiene en una contabilidad digna de mago de feria: si hoy no aparece el cuerpo, hoy no es homicidio.
Cuando por fin desentierran los restos de una fosa clandestina, ya no engrosan la cifra del día, ya no ensucian la gráfica del secretario, se archivan en la cómoda gaveta burocrática de “restos localizados”.
Así funciona la coreografía: suben las desapariciones, bajan los homicidios, y el funcionario se planta frente a la prensa a celebrar un país imaginario donde la violencia “ya cayó casi a la mitad”. Es un truco tan cínico como simple: cambias la forma de contar, no la realidad; administras números, no vidas.
Guillermo y Zafar: de personas a estadística incómoda
Guillermo Hidalgo y Zafar Mawani desaparecen el 20 de mayo tras acudir a una supuesta cita de negocios; casi un mes después aparecen enterrados en una fosa en La Marquesa, junto a otros cuerpos. En todo ese lapso, las autoridades mexicanas tuvieron reportes, rastros, alertas, movimientos bancarios sospechosos y la presión de familiares y prensa… y aun así “no hicieron nada” a tiempo para rescatarlos vivos, como documenta la propia crónica de su último recorrido.
Ya muertos y enterrados, la maquinaria institucional por fin se mueve: cateos, comunicados, detenidos, conferencias sobre el despliegue del Estado mexicano. En el papel, el caso se reacomoda: dejan de ser “desaparecidos” sin que su muerte golpee de lleno la estadística de homicidios que el gobierno necesita mantener a la baja para sostener el relato del sexenio.
El país donde desaparecer equivale a morir
La realidad lo dice sin anestesia: en el país donde desaparecer equivale, demasiadas veces, a morir, el gobierno se cuelga medallas por “menos homicidios” mientras las desapariciones se disparan.
Amnistía Internacional ha documentado el aumento de desapariciones, pero eso estorba menos al discurso oficial porque no irrumpe de golpe en la conferencia de prensa como un conteo diario de ejecutados.
El caso de Guillermo y Zafar encaja con precisión quirúrgica en esa realidad dolosa: la fosa clandestina en La Marquesa, los otros cuerpos hallados, los días perdidos en la inacción y el cinismo posterior del “ya hay detenidos”. No es un accidente aislado, es la consecuencia lógica de un sistema que aprendió a gestionar la muerte como dato incómodo y no como emergencia de Estado.
La estadística como coartada política
Mientras Sheinbaum y Harfuch presumen caídas de hasta 49% en el promedio diario de homicidios, omiten decir cuántos de esos “no homicidios” siguen enterrados en fosas, tirados en brechas o perdidos en el limbo de la desaparición forzada.
En Tamaulipas ,Baja California, en Guanajuato, en Jalisco, el guion se repite: conferencias, porcentajes, gráficas de colores y ninguna explicación convincente sobre el crecimiento brutal de personas que simplemente se esfuman del registro oficial.
Guillermo y Zafar, una pareja que llegó de EE.UU tan solo para morir en el país del Excel triunfalista, se convierten en el retrato perfecto de esta época: los matan, los desaparecen, los entierran, y el sistema administra el calendario para que su muerte no descomponga la narrativa del gobierno. No es incompetencia aislada, es diseño: cuando la prioridad es sostener la estadística, las vidas dejan de ser prioridad y se vuelven daño colateral de la conferencia de prensa.
Fosas, silencio y complicidad institucional
La fosa de La Marquesa,una mas de 4,000 por todo el pais , han dejado una terrible cosecha de cadaveres,mas de 75 mil y ya es metáfora de Estado: ahí va a parar lo que estorba al discurso, lo que ya no quieren ver ni contar. Detrás de cada “homicidio menos” puede haber un cuerpo más enterrado en algún monte, un expediente maquillado, una carpeta congelada, una familia que busca sola mientras la autoridad mira la gráfica y aplaude.
En esa lógica perversa, Guillermo y Zafar tuvieron todo para ser rescatados, pero el sistema tuvo aún más motivos para no moverse: la inercia, la negligencia, el desprecio y la comodidad de un gobierno que ya decidió que el éxito se mide en números bonitos, no en personas vivas. Y mientras tanto, el país entero sigue aprendiendo a vivir con una certeza incómoda: aquí no se reducen homicidios, se perfecciona el arte de esconder cadáveres.
Con información: DIARIO ESPAÑOL/EL PAIS/ANDRES RODRIGUEZ/

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