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viernes, 10 de julio de 2026

«ARRIBA MACHETES?: GRUPO CRIMINAL con CARA de AUTODEFENSA DESENTIERRA HACHA de GUERRA y LLAMA CORRUPTO al GOBIERNO…no solo hay problemas nuevos, RENACEN los viejos.»


Un video de sólo 50 segundos viralizado en tiempo récord ha devuelto la tensión a la región indígena de los Altos de Chiapas. En la grabación se observa a decenas de hombres con actitud beligerante ataviados en uniformes tácticos que alzan fusiles de alto poder y, amparados por la noche que no deja ver con total limpieza sus rostros, advierten lo que hace semanas se pronosticaba: El Machete ha resurgido.

En Chiapas, donde el Estado suele llegar tarde o no llegar, dos grupos armados decidieron desempolvar viejas cuentas pendientes y resolverlas a la manera más rudimentaria: balazos, territorios y poder local. El asesinato de un líder paramilitar no fue un hecho aislado, sino el tipo de chispa que en esa región suele prender incendios largos y difíciles de apagar.

El grupo que se ha adjudicado el título de autodefensa sostiene desde 2020 una batalla campal con Los Herrera, otro grupo de civiles armados que opera en el municipio de Pantelhó.

Lo que hay detrás no es una simple riña entre bandas, sino un mosaico de intereses que combina crimen organizado, estructuras paramilitares recicladas y disputas por control territorial en comunidades indígenas. Allí, la línea entre “autodefensa”, “grupo político” y “brazo armado” es tan delgada que a veces parece un chiste de mal gusto. Cada facción se presenta como protectora del pueblo, mientras convierte a ese mismo pueblo en campo de batalla.

La muerte del líder reactivó alianzas oxidadas y odios bien conservados. Viejos rivales aprovecharon la oportunidad para ajustar cuentas y reposicionarse. En estos territorios, el poder no se hereda: se arrebata. Y si hace falta, se negocia con actores aún más grandes, incluyendo redes del narcotráfico que ven en la inestabilidad una oportunidad de negocio.

Mientras tanto, las comunidades indígenas quedan atrapadas en medio de este teatro de violencia. Desplazamientos, amenazas y control social son parte del paquete. La narrativa oficial suele hablar de conflictos “locales”, como si fueran pleitos domésticos, pero lo que se observa es un ecosistema de violencia con conexiones políticas, económicas y criminales más amplias.

Y el Estado, fiel a su costumbre, aparece en modo espectador intermitente: reacciona cuando la violencia escala, promete investigaciones, despliega operativos… y luego se diluye. En ese vacío, los grupos armados no solo sobreviven: evolucionan.

En Chiapas, la guerra no se desentierra: nunca se fue. Solo cambia de nombre, de líderes y de excusas.

Con informacion: DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS/JOSE TORRES/

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