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sábado, 15 de agosto de 2026

“¿GOLPE al CORAZÓN de MORENA?: EE. UU. APLICÓ CATETERISMO y ENCONTRÓ ARTERIA SENSIBLE, aunque AÚN NO DIAGNOSTICA la ENFERMEDAD”…ya encendió las alarmas del monitor electoral, cita prensa española.


La intervención de Claudia Sheinbaum contra el dirigente nacional el PRI, Alejandro “Alito” Moreno no es una argumentación: es una ceremonia de linchamiento verbal con estampitas de Juárez, Hidalgo y Morelos. En vez de responder si existen denuncias atendibles, pruebas o responsabilidades institucionales, la presidenta escoge la ruta más rentable de la plaza pública: convertir a su adversario en un extranjero moral, un apátrida de utilería y, de paso, en heredero directo de Santa Anna, Maximiliano, Huerta y quizá de algún villano pendiente en la próxima mañanera.

El contexto importa: Sheinbaum cuestionó que Moreno recurriera a autoridades estadounidenses para solicitar el retiro de visas de actores mexicanos y sostuvo que los partidos deben convencer a los ciudadanos dentro del país, no buscar respaldo externo. Pero una cosa es defender que las disputas políticas y judiciales se resuelvan con instituciones mexicanas; otra, muy distinta, es transformar esa postura en un arrebato nacionalista de alta temperatura y precisión argumentativa de cartón. 

El argumento que se deshace

“Es el pueblo quien define. El apoyo, el reconocimiento. No es una visa.”

Correcto, presidenta: una visa no sustituye votos, legitimidad ni Estado de derecho. El problema es que tampoco una consigna sobre “el pueblo” sustituye investigaciones independientes, expedientes públicos, jueces imparciales y resultados verificables.

“La gente decide” es una frase democrática hasta que se usa como ambientador para tapar cualquier pregunta incómoda. El pueblo elige gobiernos; no absuelve funcionarios por aclamación ni vuelve ficticias las denuncias sólo porque fueron expuestas ante una autoridad extranjera. La soberanía no es una estampilla que se pega sobre el expediente para que deje de oler a problema.

“Ahí tienen al presidente del PRI, yendo a Estados Unidos, es vergonzoso, a pedir que le quiten visa a los mexicanos.”

Hay una discusión válida: pedir sanciones migratorias extranjeras contra mexicanos plantea problemas políticos, jurídicos y de proporcionalidad. Pero el discurso presidencial no desarrolla esa discusión; la abandona en la banqueta y corre a buscar la palabra “vergonzoso”.

¿Es una práctica cuestionable? Sí. ¿Eso vuelve automáticamente falso el contenido de una denuncia? No. ¿Impide que el gobierno responda con datos? Tampoco. Un presidente de partido puede ser oportunista, impopular o incluso impresentable, sin que eso releve a la Presidencia de contestar el fondo cuando hay acusaciones de por medio.

El atajo psicológico

“¿Qué político mexicano va a agacharse, a arrodillarse frente a Estados Unidos?”

Aquí aparece el reflejo más elemental del discurso de poder:sustituir la idea por la postura corporal. Ya no se discute qué se denunció, ante quién, con qué pruebas ni bajo qué procedimiento. Se discute quién está “de pie”, quién se “agacha” y quién merece entrar al salón de los patriotas.

Ese lenguaje revela una respuesta emocional, no una respuesta institucional. No permite diagnosticar clínicamente a nadie —y sería irresponsable convertir una arenga en diagnóstico neurobiológico—, pero sí se puede analizar la retórica: hay irritación, desprecio, antagonismo y una necesidad visible de jerarquizar moralmente al adversario. Es decir, una inteligencia emocional pública con calificación de recuperación: el enojo manda, el argumento llega tarde y la mesura se queda esperando turno.

La emoción no es el problema. Una presidenta puede indignarse. El problema es gobernar desde la indignación como si fuera evidencia. Cuando el poder se siente agraviado, pero responde reduciendo al crítico a un ser arrodillado, deja de hablar como Estado y empieza a hablar como facción.

Historia como garrote

“Son herederos de Santana, son herederos de Maximiliano… nosotros somos herederos de Juárez… de Madero…”

En la escuela del oficialismo, cualquier desacuerdo contemporáneo se resuelve con un viaje exprés al siglo XIX: el crítico entra como opositor y sale convertido en agente del imperio. La historia deja de ser una herramienta para comprender procesos y se vuelve un catálogo de insultos con próceres incluidos.

El recurso es tan grandilocuente como pobre. Pedir o presentar denuncias en Estados Unidos no equivale, por definición, a invitar a un monarca extranjero a gobernar México. Comparar una estrategia política de presión internacional con la intervención francesa es una hipérbole diseñada para incendiar identidades, no para iluminar hechos.

Y hay una ironía inevitable: México mantiene una relación estructural, comercial, migratoria, de seguridad y diplomática con Estados Unidos. La frontera no se administra recitando a Juárez; se administra con negociación, tratados, cooperación, tensiones y, sí, también con una diplomacia que obliga a tratar con Washington aunque a la épica mañanera le arruine el encuadre.

La soberanía de utilería

“No somos herederos de los que se arrodillan frente a los poderosos.”

La frase habría sido más sólida si no viniera de un gobierno cuya relación cotidiana con Estados Unidos exige diálogo constante sobre comercio, migración, seguridad, fentanilo, agua, aranceles, inversiones y fronteras. La soberanía seria no consiste en gritar que nadie nos domina; consiste en defender intereses nacionales con instituciones capaces, información pública y negociación competente.

Hay soberanía cuando el Estado investiga y sanciona con autonomía. Hay soberanía cuando no necesita que la popularidad presidencial funcione como certificado de inocencia. Hay soberanía cuando una acusación se responde con documentación, no con una procesión verbal de Hidalgo, Morelos y los veracruzanos del 5 de mayo.

Sheinbaum insiste en que la disputa debe centrarse en el respaldo ciudadano y el funcionamiento institucional interno. Bien. Entonces que la respuesta esté a la altura de esa tesis: menos melodrama de rodillas y más claridad sobre los hechos denunciados, las autoridades competentes y los mecanismos de rendición de cuentas. 

El remate del poder

“Pásale, compadre, síguele Alito… ahí la llevas, síguele Salinas Pliego…”

El remate pretende ser humor, pero revela otra cosa: la comodidad de quien habla desde el micrófono más poderoso del país y convierte la tribuna presidencial en una mesa de burlas,en un arguende de lavadero de vecindad politica. No hay debate, hay apodo; no hay refutación, hay desprecio; no hay prudencia de Estado, hay palmada sarcástica para el adversario caricaturizado.

La presidenta tiene razón en una parte: la política mexicana no debería buscar tutelas extranjeras para resolver lo que corresponde a sus instituciones. Pero cuando esa verdad se envuelve en insulto, maniqueísmo y patriotismo de megáfono, pierde estatura. Defender la soberanía no exige gritar; exige demostrar que el país puede investigar, juzgar y corregirse sin necesitar ni la venia de Washington ni la furia escénica de Palacio Nacional.

Con información: VIDEO/REFORMA

“BONITA CHINGADERA: SHEINBAUM, MORENA y GOBERNADORES CONVIERTEN el RETIRO de VISA de ANDY en un ATAQUE a la PATRIA y la SOBERANÍA”… en indignación de un estado en mal estado.


La cancelación de una visa a un ex-dirigente partidista de MORENA, hijo del ex-presidente Andres Manuel Lopez Obrador, se convirtió, por obra y gracia de la retórica oficialista, en una emergencia diplomática nacional. Andy López Beltrán no recibió una explicación pública sobre su caso, pero el ya encontró una: Estados Unidos estaría preparando una “inminente embestida” contra la soberanía mexicana. Y, como si hiciera falta solemnidad, 24 gobernadores y la jefa de Gobierno se encargaron de ponerle coro, membrete y dramatismo institucional.

De visa personal a crisis de Estado: el nuevo manual de la soberanía selectiva

A Andrés Manuel López Beltrán le suspenden la visa estadounidense y, de inmediato, el episodio deja de ser un asunto personal, administrativo o migratorio para ascender —en tiempo récord— a la categoría de agresión contra México. No contra Andy, no contra un militante de Morena, no contra un ciudadano que tendría derecho a explicar su caso: contra la patria entera.

La operación discursiva es impecable, aunque no precisamente convincente. Primero se informa que Estados Unidos retiró la visa; después el junior del ex-presidente proclama que eso confirma una “inminente embestida” contra la soberanía nacional; enseguida aparece la presidenta Claudia Sheinbaum y finalmente el aparato territorial de Morena, gobernadoras y gobernadores incluidos, para advertir que “no permitirán la injerencia extranjera”. La visa de un hijo de expresidente termina así convertida en patrimonio nacional. El pasaporte es privado, pero la indignación ya es de Estado.

Andy llama a organizarse frente a gobiernos extranjeros, especialmente el de Estados Unidos. Los mandatarios de Morena responden con un desplegado que reivindica la justicia social, la democracia, la independencia y el derecho de México a decidir libremente su destino. Nada menos. El detalle incómodo es que el comunicado no explica qué acto concreto de intervención extranjera se cometió, más allá de una decisión migratoria tomada por otro país respecto de una persona específica.

Porque conviene recordarlo: una visa no es una condecoración diplomática ni un derecho constitucional mexicano. Es un permiso de entrada que otro Estado concede, rechaza, revoca o condiciona conforme a sus propias normas. 

Se puede cuestionar la opacidad, pedir claridad y exigir respeto al debido proceso cuando corresponda; lo que resulta difícil de sostener es que toda medida consular adversa contra un miembro de la familia política más poderosa del país equivalga automáticamente a un ataque contra la independencia nacional.

Pero en la liturgia de la 4T hay categorías especiales. Si le ocurre a un ciudadano anónimo, es un trámite. Si le ocurre a Andy, es geopolítica. Si la visa se retira a un hijo del expresidente, entonces la soberanía se pone en guardia, los gobernadores publican manifiestos y la palabra “patria” sale a trabajar horas extra.

El pronunciamiento de las y los mandatarios afirma que no abandonarán “al pueblo ni sus causas más nobles” y que no cederán ante amenazas, campañas de desinformación o intereses particulares. La frase tendría más fuerza si no apareciera justo cuando el interés particular que concentra la atención es el de un ex-dirigente partidista que busca convertir su problema migratorio en una causa colectiva. La solidaridad política es legítima; la desproporción, en cambio, es evidente.

Más aún: el documento acusa a sus críticos de no tener “autoridad moral” por presuntos vínculos históricos con corrupción, intereses económicos o crimen organizado, pero no presenta hechos, pruebas ni nombres. Es el recurso más cómodo de la propaganda: cuando faltan explicaciones sobre el caso propio, se revive el expediente moral del adversario. No se responde qué ocurrió; se acusa a quien pregunta.

Y luego está la frase final, con toda su carga intimidatoria: “A los traidores a la patria siempre los juzga la historia”. En un país donde deberían caber la crítica, la fiscalización y las preguntas incómodas, el oficialismo vuelve a repartir certificados de patriotismo desde el poder. Quien se solidariza, es defensor de la soberanía; quien cuestiona, queda peligrosamente cerca de la traición. Así se administra la discusión pública cuando el argumento escasea: se eleva el tono, se sacude la bandera y se busca que nadie pregunte por el fondo.

La soberanía nacional no se defiende confundiendo una visa con un acta de independencia. Tampoco se fortalece cuando decenas de mandatarios estatales convierten un episodio individual en una cruzada épica, sin aportar una sola evidencia de intervención extranjera contra las instituciones mexicanas. 

El país enfrenta desafíos reales de seguridad, corrupción, impunidad, dependencia económica y presión internacional. Reducir la soberanía a la situación migratoria de Andy López Beltrán no la dignifica: la trivializa.

Quizá el verdadero problema no sea que Washington haya retirado una visa, sino que Morena haya decidido que el país entero debe tomarlo como si hubieran retirado la dignidad nacional. Y no: México no es una extensión del círculo familiar del poder, ni la soberanía un salvoconducto político para evadir preguntas.

Con información: ELNORTE/

viernes, 14 de agosto de 2026

“PENSÓ que era MENTIRA : SI el SISTEMA de SALUD es como DINAMARCA, ¿cómo son las CÁRCELES?… ¿como en NORUEGA?…en Mexico el criminal se perfecciona.”


Noruega encierra para que no vuelvan; México suele encerrar para que no existan

En Noruega, una prisión puede parecer —para el ojo latinoamericano acostumbrado al concreto, el hacinamiento y la humillación institucional— una residencia universitaria con vigilancia. Hay habitaciones individuales, ventanas, baño, escritorio, cocina, estudio y capacitación laboral. No es un hotel ni una concesión sentimental: es una política penitenciaria construida sobre una idea incómoda para quienes creen que la crueldad equivale a justicia: la pena es la privación de la libertad, no la destrucción de la persona. 

México, en cambio, suele administrar cárceles como bodegas humanas. El reclusorio no funciona como un espacio de reintegración, sino como una extensión del abandono estatal: sobrepoblación, autogobiernos, violencia, extorsión, ausencia de atención efectiva y una capacidad casi industrial para empeorar a quien entra. Aquí no sólo se castiga el delito; también se castiga la pobreza, la precariedad jurídica y la mala suerte de caer en un sistema donde la presunción de inocencia suele llegar tarde, si es que llega.

La diferencia no es decorativa. No se trata de que Noruega tenga mejores colchones, baños privados o comida cocinada por las propias personas privadas de libertad. Se trata de una pregunta de fondo: ¿para qué sirve una cárcel? En el modelo noruego, la respuesta es clara: para cumplir una condena y regresar a la sociedad con menos probabilidades de dañar de nuevo. 

Por eso el entorno se parece, en la medida de lo posible, a la vida exterior; se trabaja, se estudia, se aprende un oficio y se preservan rutinas básicas de autonomía. La vigilancia existe y las reglas son estrictas, pero la dignidad no se presenta como premio: se entiende como condición mínima. 

En México, la narrativa pública suele exigir lo contrario: más encierro, más castigo, más dolor. El problema es que esa fórmula produce aplausos rápidos y resultados miserables. Se confunde venganza con seguridad pública. Se celebra que alguien “la pase mal” tras las rejas, aunque salga más violento, más endeudado, más conectado con redes criminales o completamente incapacitado para reconstruir su vida. Después, cuando reincide, el mismo Estado finge sorpresa.

Dos ideas de justicia

NoruegaMéxico
La condena consiste principalmente en perder la libertad.La condena suele convertirse en perder libertad, dignidad, seguridad y oportunidades.
Busca reducir la reincidencia mediante educación, trabajo y reintegración.Con frecuencia prioriza el encierro como demostración política de severidad.
Procura que la vida en prisión mantenga elementos de la vida social ordinaria.La prisión puede operar como escuela de supervivencia, corrupción y criminalidad.
La reinserción exige participación social: empleo, aceptación y menos estigma.La salida suele venir acompañada de antecedentes, discriminación y falta de redes de apoyo.
El sistema es costoso, pero apuesta por reducir daños futuros.El abandono penitenciario también cuesta, sólo que se paga con violencia, reincidencia y comunidades rotas.

El argumento contra Noruega aparece de inmediato: “¿Por qué alguien que cometió un delito debería vivir mejor que muchas personas libres?”. Es una crítica legítima, sobre todo en sociedades atravesadas por desigualdad. Pero contiene una trampa: que el Estado falle en garantizar vivienda, educación o salud a la población no autoriza a convertir las prisiones en laboratorios de degradación humana.

La comparación con México es particularmente brutal porque revela una contradicción. Hay quienes rechazan las cárceles noruegas porque “son demasiado cómodas”, pero toleran que en los reclusorios mexicanos haya personas sin sentencia, familias extorsionadas, hacinamiento y control criminal interno. Como si el sufrimiento inútil fuera una política de seguridad. Como si salir peor de prisión fuera un daño colateral aceptable.

El debate incómodo

Noruega no es un paraíso exportable en paquete. Tiene recursos, instituciones más sólidas, menor violencia estructural y una escala demográfica muy distinta a la mexicana. Pretender copiar sus prisiones sin reformar policías, fiscalías, defensorías públicas, jueces, sistemas de salud mental y oportunidades laborales sería vender una maqueta como reforma.

Pero tampoco sirve usar esas diferencias como coartada para no cambiar nada. México no necesita “cárceles de lujo”; necesita cárceles que no fabriquen más violencia de la que supuestamente combaten. Necesita que la reinserción deje de ser una palabra decorativa en la ley y se convierta en educación real, trabajo remunerado, atención a adicciones, acompañamiento al salir y acceso efectivo a derechos.

La discusión, entonces, no es si una persona privada de libertad merece una ventana, un escritorio o aprender a cocinar. La discusión es si el Estado quiere reducir el delito o simplemente administrar la rabia social.

Porque castigar puede ser popular. Reintegrar exige inteligencia. Y en un país como México, donde demasiadas instituciones todavía confunden dureza con eficacia, esa diferencia no es filosófica: es una cuestión de seguridad, dignidad y futuro.

Y el sistema de salud como Dinamarca ?

Con información : YOUTUBE/ Jonathan Harkes

LA “CULEBRA de 175 CABEZAS”: FRANQUICIAS de VIOLENCIA CAEN, se DIVIDEN, se REBAUTIZAN y CAMBIAN de SOCIOS… ajustan su menú y siguen cobrando.


La estrategia de contar capos como trofeos ha servido más para la conferencia de prensa que para devolverle tranquilidad al país. Mientras Washington afila la guillotina contra ocho cárteles, México sigue sentado encima de una víbora con 175 cabezas, muchas de ellas perfectamente adaptadas al negocio de ordeñar comunidades enteras. 

La culebra no vive de un capo

Cada vez que detienen, extraditan o entierran a un gran jefe criminal, el gobierno vende la misma postal: un golpe histórico, un antes y un después, una victoria de ésas que caben muy bien en un tuit con música épica.

Luego viene la realidad, esa invitada incómoda que nadie quiso sentar a la mesa.

Caen figuras centrales del Cártel de Sinaloa o del CJNG, Estados Unidos ofrece recompensas de película y anuncia procesos judiciales con la energía de quien ya encargó el trofeo. Pero el crimen organizado no funciona como una empresa que baja la cortina cuando se muere el director general. Funciona como una franquicia de violencia: se divide, se rebautiza, cambia de socios, ajusta su menú y sigue cobrando.

No hay vacío de poder: hay remate de territorio.

Ocho cabezas menos, 167 esperando

Estados Unidos ya trata a ocho organizaciones mexicanas como amenazas terroristas extranjeras. Es una modificación relevante en su lógica de persecución: ya no se trata únicamente de narcotráfico, sino de seguridad nacional, fentanilo, finanzas ilícitas y control de rutas.

El detalle, minúsculo pero decisivo, es que no estamos hablando de dos cárteles con logo reconocible y corrido propio. Un diagnóstico de AC Consultores identifica 175 organizaciones criminales, con presencia en aproximadamente 81 por ciento del territorio nacional y capacidad de afectar a cerca del 86 por ciento de la población. 

Es decir: mientras el reflector apunta a las ocho marcas más famosas del catálogo criminal, hay otras 167 aprendiendo a moverse en la penumbra.

Porque cuando a una organización le rompen la estructura, sus operadores no suelen presentar su renuncia ni inscribirse a Jóvenes Construyendo el Futuro. Buscan otro negocio: extorsión, robo de combustible, tráfico de personas, control de transportistas, minería, pesca, agricultura o el siempre rentable arte de cobrarle a alguien por el privilegio de trabajar.

El negocio dejó de cruzar la frontera

La vieja narrativa decía que el narco era un problema de rutas hacia Estados Unidos: droga que iba, dólares que venían y policías que, misteriosamente, nunca veían nada.

Eso ya no alcanza.

El crimen organizado descubrió que el mercado interno también es extraordinariamente lucrativo. No necesita exportar toda su violencia: puede administrarla localmente. Puede cobrar piso al tendero, imponer condiciones al productor agrícola, decidir quién transporta mercancía, intervenir elecciones municipales y convertir el presupuesto público en otra caja chica. El territorio ya no es sólo un pasillo para mover drogas; es una oficina de cobro, un centro de control político y, en demasiados lugares, una aduana criminal. 

La tragedia no siempre aparece en la estadística nacional. Puede bajar el número total de homicidios y, simultáneamente, aumentar la vida de rodillas: comerciantes pagando cuota, alcaldes obedeciendo órdenes, comunidades pidiendo permiso para sembrar, pescar, vender o simplemente abrir el negocio al día siguiente.

México no necesita más trofeos

Washington quiere frenar el fentanilo, perseguir a sus productores, reventar finanzas y evitar que el debilitamiento de Sinaloa termine fortaleciendo al CJNG. Es su interés y lo ejecuta con sus instrumentos. 

México, en cambio, tiene una tarea menos vistosa y mucho más difícil: recuperar la vida cotidiana.

No basta con anunciar recompensas millonarias por capos que, por cierto, ya viven con más seguridad que buena parte de los alcaldes del país. 

Hay que impedir que el pequeño comerciante entregue quinientos pesos al delincuente de la esquina para que le permitan abrir mañana. Hay que desmontar redes financieras, depurar policías y fiscalías, proteger gobiernos municipales y reconstruir capacidad estatal donde hoy manda una célula con radio, armas y una lista de cuotas.

Cortar ocho cabezas puede ser útil. Celebrarlo como si la culebra estuviera muerta, en cambio, sería otro capítulo de esa costumbre nacional de confundir el golpe mediático con la solución.

Con información:EMEEQUIS/ALBERTO CAPELLA/

“QUE ME ANOTEN en las LISTAS del MIEDO”: RIVAPALACIO SEÑALA a un CERCANO de AMÉRICO y del HUACHICOL como AUTOR del LISTADO… el de las FIESTAS de POLANCO con CARMONA.


La ‘4T’ está perdiendo la guerra cultural que inició el expresidente Andrés Manuel López Obrador. El régimen no ha sido derrotado y conserva la hegemonía política y el control de los instrumentos para mantener, cuando menos para las elecciones del próximo año, el poder. Sin embargo, el monopolio narrativo que conservó por casi ocho años está roto, al dejar de ser unilateral. La narrativa épica ya tiene una contranarrativa que ha llegado por el desgaste natural de ser gobierno, y por la fuerza, superior a la del obradorato, de la realidad.

El miércoles vimos el último caso de lo que parece cada vez más un acto de desesperación porque no logran cambiar el curso de la conversación en las redes sociales que durante tanto tiempo manipularon y dominaron, al presentar la consejera jurídica de la Presidencia, Luisa María Alcalde –por fuera completamente de sus atribuciones legales–, lo que llamó “la anatomía de un ecosistema de amplificación digital” que opera contra la ‘4T’. 

Enumeró a 54 comunicadores, periodistas y medios que, afirmó, originan los mensajes que llegan a una segunda “capa” de 32 políticos que “respaldan y politizan” esa información, para que de manera secuencial se trasladen los contenidos politizados a otras 34 cuentas, en la tercera “capa”, que llamó “bloque anónimo”, aunque no todas las cuentas que mencionó eran anónimas, y cuyo papel, aseguró, es el “ataque”. Son miles, millones de mensajes, con los que atacan todos los días, se quejó.

Alcalde sugirió que se trata de una conspiración en la que interactúan tres capas que, interpretando sus palabras, todos los días se ponen de acuerdo para escoger las temáticas para golpear al movimiento de López Obrador, a la presidenta y al gobierno. La representatividad de Alcalde significa que lo que dijo es la voz oficial, con el encargo de difundir decenas de nombres –la mayoría de fama pública–, colocándoles algo así como una marca para que todos sepan que son enemigos de la ‘4T’, como los nazis hicieron con los judíos. Diferentes objetivos, cierto, pero mismo método: estigmatizarlos y colocarles una diana en la frente.

El documento que presentó fue elaborado por Iván Silva, el estratega electoral de la presidenta Claudia Sheinbaum y la persona más influyente en materia política y de comunicación en Palacio Nacional. Silva fue el autor intelectual de otro estudio de marras sobre la conspiración de la ultraderecha detrás de la marcha de la generación Z el año pasado, que le entregó a Alcalde un documento que explicó con afirmaciones que, según Carlos Piña, doctor en Ciencias de la Computación por la Universidad Essex, en el Reino Unido, y con una estancia posdoctoral en el Instituto de Investigaciones en Matemáticas Aplicadas, lo que explicó, no era cierto, y lo que presentó no soportaba lo que dijo.

Esto no es nuevo con la ‘4T’, que lleva ocho años de propaganda alimentada por el arquitecto del odio del régimen, y quien metió a Silva al movimiento, Jesús Ramírez Cuevas, quien le dio estructura al discurso binario de López Obrador para emprender la guerra cultural, donde era el pueblo el que debía marchar sobre los privilegiados, los pobres sobre los ricos, los honestos sobre los corruptos, los fieles por encima de los infieles, los transformadores contra los conservadores. 

La pareja López Obrador-Ramírez Cuevas utilizó lo que han hecho los populistas de derecha e izquierda, acelerar la polarización para conservar su identidad, exacerbando las contradicciones a través de la feroz batalla del régimen durante estos ocho años contra sus críticos, por la resiliencia de un puñado de políticos, activistas y de aquellos a quienes identifica como enemigos, medios y periodistas. La guerra cultural que emprendieron no consistía solo en ganar elecciones, sino en redefinir qué era moralmente legítimo en México.

El envión fue poderoso. Lograron imponer un lenguaje orwelliano donde criticar al gobierno era ser conservador, neoliberal y antipueblo. La defensa de órganos autónomos, contrapesos y libertades era un quejido por la pérdida de privilegios. Pero la fuerza de la realidad comenzó a hacer la narrativa menos eficaz: el fracaso de las megaobras de López Obrador, la corrupción de sus cercanos, la vinculación con el crimen organizado de sus incondicionales, sus hijos, sus títeres, los muertos, la ingobernabilidad, la economía que sigue deteriorándose, el deterioro institucional, la incompetencia y la ignorancia de muchos militantes le fue quitando peso a la narrativa del régimen y mostró sus contradicciones.

Las listas que dio a conocer Alcalde no son la anatomía del ecosistema digital sino del miedo, porque el reflejo de la realidad que exhiben no se detendrá. Existe una gran preocupación en Palacio Nacional, la mayor quizás, porque no han podido revertir la percepción en la ciudadanía de que Morena está asociada con el crimen organizado, ni logrado neutralizar las etiquetas en las redes sociales que se han hecho populares, como #narcogobierno, narcoMorena y #narcopresidente. Pero, ¿cómo cambiar la percepción de ello si persiste el encubrimiento del gobernador con licencia de Sinaloa, Rubén Rocha Moya?

Llama la atención, en este contexto, que la operación para desmontar la información y crítica de medios y periodistas tenga como inspiradores a Silva y Ramírez Cuevas, muy cercanos al controvertido gobernador de Tamaulipas, Américo Villarreal, y presuntamente vinculados al crimen organizado por la vía del Rey del huachicol, Sergio Carmona, quien de acuerdo con funcionarios mexicanos y estadounidenses, les entregó dinero y flotillas de automóviles compactos blancos para las elecciones intermedias de 2021.

Subir a decenas de personas al patíbulo no cambiará las cosas, porque no depende de los individuos sino de las acciones de la ‘4T’. La publicación de las listas no fue una iniciativa para desmontar un complot global, sino para amedrentar a algunos e inhibir a otros, en búsqueda de la autocensura, porque el monopolio narrativo que impuso López Obrador en su sexenio y no pudo mantener Sheinbaum está provocando pérdidas en la guerra cultural. Viejos caballos de batalla en el relato, las virtudes de los programas sociales, el nacionalismo económico, o fanfarronerías como decirse amados y respetados en el mundo, han ido cediendo, quizás inconcientemente, a otro discurso dominante, el del no somos narcos. 

Esta pérdida de terreno le ha quitado puntos de popularidad a Sheinbaum, pero sobre todo, le empieza a arrebatar la interpretación de México, que podría significar el fin de la hegemonía de Morena, y su poder.

Con información: ELFINANCIERO /RAYMUNDO RIVAPALACIO