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domingo, 2 de agosto de 2026

LA «AUTORITARIA estilo NICARAGUENSE: el RÉGIMEN que PRÓMETIO SALVAR la DEMOCRACIA la está ENTERRANDO»…un poder que no se gobierna.


Era cuestión de tiempo para que el poder, sin maquillaje ni escenografía, nos mostrara de qué está hecho el gobierno de Claudia Sheinbaum. Y, como suele ocurrir cuando el poder se acostumbra a hablar solo, el resultado no es claridad sino ruido: una máquina de conferencias diarias donde la respuesta rara vez aclara algo y casi siempre complica más el desastre.

Las Mañaneras, en esta era claudiana, han funcionado como un escaparate de todo lo que el poder no debería exhibir: condenas sin prudencia, absoluciones con olor a consigna, confesiones involuntarias de incompetencia y ocurrencias que parecen redactadas por el comité permanente del desatino. 

Si alguien esperaba una presidenta con temple técnico, formación científica y vocación modernizadora, lo que recibió fue una militante convencida de que acumular poder es lo mismo que resolver problemas. La famosa “izquierda con Excel” terminó resultando la izquierda de la consigna, del gesto duro y del reflejo autoritario.

Sheinbaum parece creer que la democracia consiste en votar absolutamente todo, como si gobernar fuera una asamblea interminable donde la voluntad popular se invoca para legitimar cualquier atropello. De ahí su entusiasmo con la reforma judicial, esa gran pieza de ingeniería institucional que presentó como si fuera una victoria épica y no un golpe directo a la certeza jurídica del país. Según su narrativa, México se volvió “el país más democrático del mundo”. En la realidad, lo que dejó fue un Poder Judicial descompuesto, sesiones vergonzosas y un sistema de justicia cada vez menos confiable para cualquiera que no viva pegado al Palacio.

Y como si destruir los contrapesos no bastara, la presidenta también ha mostrado una singular alergia a condenar a los tiranos que le resultan ideológicamente cómodos. Frente a la suspensión de elecciones en Nicaragua, recurrió al viejo recurso de la autodeterminación de los pueblos, esa fórmula gastada que suena muy digna hasta que uno recuerda la pregunta básica: ¿cómo se autodetermina un pueblo al que le quitan el derecho a elegir? La respuesta, por desgracia, no está en la democracia, sino en la comodidad del poder.

Esa misma indulgencia aparece cuando se trata de los delincuentes políticos con los que simpatiza o a los que decide tolerar: desde la pareja autoritaria de Nicaragua hasta figuras locales como Rubén Rocha Moya o Americo Villarreal. La vara moral cambia según convenga, y la democracia, cuando estorba, se guarda en un cajón.

Ahora, además de la demolición institucional, viene el impulso censurador. Si la reforma judicial ya golpeó la confianza para invertir porque nadie puede garantizar juicios imparciales, la nueva tentación es meterle mano a los medios de comunicación: televisión, radio y, por supuesto, también plataformas digitales. No es una idea original; a cualquier gobernante autoritario le encanta la fantasía de acabar con la crítica. Lo nuevo aquí no es la idea, sino el descaro con el que se desempolvan fórmulas retrógradas, como si el mundo no hubiera avanzado más allá de los códigos de ética discutidos hace décadas.

Mientras otros gobiernos intentan entender cómo la inteligencia artificial puede reconfigurar el ecosistema informativo, aquí el poder parece empeñado en resucitar herramientas de control con olor a museo. Solo falta que anuncien el telégrafo como solución contra las fake news. El problema no es que Sheinbaum dialogue con la prensa: el problema es que parece querer domesticarla. Y cuando un gobierno quiere “ordenar” la realidad mediática, casi nunca busca ética; busca obediencia.

Lo más preocupante es que ya no hablamos de torpeza aislada, sino de un patrón. Lo que se presenta como transformación termina pareciéndose más a una versión local de los gobiernos que hacen de la democracia una ceremonia vacía y de la crítica un delito. Si la comparación con Venezuela ya resulta incómoda, la sombra que aparece cada vez con más claridad es Nicaragua: un modelo donde el poder se protege a sí mismo, se rodea de lealtades ciegas y llama libertad a lo que en realidad es control.

Como advirtió Stefan Zweig, una tiranía nacida en nombre de la libertad suele ser más dura que cualquier poder heredado. Y en el caso de Sheinbaum, cada día resulta más difícil encontrar la supuesta promesa democrática y más fácil reconocer el viejo impulso de quien confunde gobierno con dominio.

Nadie se sorprenda,lo dijo el Informe V-DEM 2026

Y si todavía quedaba alguien dispuesto a vender la fantasía de que esto es democracia con aspavientos y mañaneras, el informe V-Dem 2026 terminó por exhibir el truco: México ya figura como una autocracia electoral en zona gris, una forma elegante de decir que la democracia no se defiende, se desmantela. 

No fue un accidente ni una deriva espontánea; fue una decisión política tomada desde el poder electo para ir tirando, tornillo por tornillo, las bases institucionales hasta dejar la fachada en pie y el régimen por dentro cada vez más parecido a lo que juró combatir.

Con información: INGNACIO ZAVALA/DIARIO ESPAÑOL/ELPAIS

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