Agosto arrancó como arrancan las jornadas en Sinaloa: con sangre, con cifras partidas a conveniencia y con la misma costumbre oficial de rebajar la realidad hasta volverla administrativa. El sábado 1 se registraron cuatro homicidios dolosos, pero la Fiscalía apenas quiso reconocer tres; otra víctima, como tantas otras, quedó fuera del reporte, como si el cadáver tuviera la indecencia de no caber en la estadística.
La violencia ya no se mide en hechos aislados, sino en una rutina de barbarie que se repite con tres verbos que han pasado a gobernar el estado: levantón, ejecución y despojo. Esa es la trilogía criminal que desde hace casi dos años ha convertido a Sinaloa en un territorio donde la muerte no solo se contabiliza, también se maquilla, se administra, se minimiza desde el escritorio y hasta se glorifica como victoria.
Desde que estalló abiertamente la disputa entre dos facciones de la misma banda en el Cartel de Sinaloa —una guerra interna que el poder público no ha sabido, no ha querido o no ha podido contener— el saldo ya es de 3,631 homicidios dolosos, 4,181 privaciones de la libertad, 12,093 vehículos robados y 209 personas abatidas.
No es un estado en crisis: es un país dentro del país donde la ley llega tarde, mal y a veces solo para levantar el acta, no para impedir el crimen.
Y si alguien quiere celebrar la fecha exacta de esta vergüenza, que saque la calculadora: desde el 9 de septiembre de 2024 hasta el 3 de agosto de 2026 han transcurrido 698 días.
Eso significa que faltan 37 días para completar dos años de guerra interna sin tregua; dos años en los que la autoridad ha ofrecido presencia militar reforzando reforzamientos previamente reforzados, discursos y operativos, pero no control real del territorio y en medio del eco de que ya tomaron partido.
La ironía es brutal: mientras el gobierno presume “contención”, la cuenta de muertos, desaparecidos y despojados sigue creciendo como si el Estado hubiera decidido llevarle el ritmo al crimen, pero en la versión más torpe de todas.
Aquí la barbarie ya no solo dispara; también llena formatos, ajusta reportes y convierte a las víctimas en una discrepancia estadística.
Con información: NOROESTE/

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