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domingo, 25 de octubre de 2026

«SOLO SOY un CARPINTERO ?: con un ARMA a la MANO,PADRE de DOS HIJAS le ECHO la MANO a la POLICIA para SALVAR VIDAS y ABATIR TIRADOR de OREGON en EE.UU»…pasaba junto a la escuela y vio sujeto armado.


Kaylub Giamanco iba a comer tacos recalentados. No a convertirse en héroe. No a salir en televisión. Mucho menos a cargar con la pregunta que ahora le pesa más que cualquier reconocimiento: por qué pudo salvar a unos niños y no a todos.

Horas antes había ayudado a sus dos hijas a prepararse para la fotografía escolar y las había dejado en la primaria Silver Rail, en Bend, Oregón. Tenía trabajo, llevaba lonche y había una jornada ordinaria por delante. Pero salió a comprar materiales, cambió de planes y llamó a su esposa: comería en casa. Después, al pasar junto a la escuela, vio al muchacho armado. La rutina se hizo pedazos.

Era el 15 de octubre. Giamanco, carpintero de 36 años, vio al agresor disparar antes de dirigirse al plantel. En su vehículo llevaba legalmente una pistola calibre .40. La tomó, llamó al 911 y fue detrás de él. No porque no tuviera miedo: su relato está atravesado precisamente por el pánico. Allí dentro había niños. También estudiaban sus hijas

Y aquí aparece el detalle incómodo, el que no cabe tan fácilmente en un discurso de templete: un arma a la mano le sirvió para echar la mano.

No es una consigna. Es lo que ocurrió en este caso: la Policía atribuyó a su intervención haber ayudado a detener el ataque. Tampoco significa que cualquier persona armada vaya a actuar igual, ni que una tragedia resuelva por sí sola el debate sobre las armas. Significa algo más concreto: aquel padre tenía con qué enfrentar a un agresor que ya estaba disparando contra una comunidad escolar.

No hubo solo un héroe

Antes de que Giamanco disparara, una maestra había hecho algo descomunal con recursos mínimos: le lanzó su teléfono al atacante y forcejeó con él. La Policía también reconoció su intervención. Conviene no borrarla del relato para fabricar una historia más cómoda, con un solo salvador y una sola herramienta. Hubo una mujer resistiendo cuerpo a cuerpo y un padre que llegó armado mientras ella luchaba.

Giamanco contó que escuchó disparos, avanzó arrastrándose y llegó hasta el aula. Vio a la maestra forcejeando con el agresor y disparó. Ella salió corriendo porque creyó que acababa de entrar otro atacante. Ese detalle le quita a la escena cualquier barniz cinematográfico: para quien está atrapado en una matanza, otro hombre con una pistola no viene acompañado de un letrero que diga «soy de los buenos».

Cuando el muchacho intentó alcanzar nuevamente su arma, Giamanco volvió a disparar. Poco después llegaron los policías. Para entonces, Griffin J. John II, de 16 años, había asesinado a tres niños, de cinco, ocho y once años, y a una maestra. También había herido a otra docente y a una niña. Ningún reconocimiento posterior puede corregir esa cuenta.

El padre no salió de allí estrenando una sonrisa de vencedor. Salió con muertos en la memoria y con una culpa que sus propias palabras dejan ver: lamentaba no haber podido salvarlos a todos. La gratitud por quienes sobrevivieron no le canceló el dolor por quienes no salieron.

México y la pregunta que incomoda

Lo relato porque en México el Gobierno promueve «Sí al Desarme, Sí a la Paz»: la entrega voluntaria y anónima de armas a cambio de dinero, para después destruirlas. Hay que decirlo con precisión: se trata de un canje voluntario, no de una confiscación general. Su propósito declarado es evitar que esas armas lastimen o maten.

La intención merece discutirse sin caricaturas. Pero también merece discutirse sin incienso.

Porque una cosa es retirar un arma que representa un peligro y otra, bastante distinta, dar por resuelto que un ciudadano sin ella estará necesariamente más protegido. 

El caso de Bend no demuestra que haya que armar a todo el mundo. Sí obliga a poner sobre la mesa una posibilidad que el eslogan deja fuera: un ciudadano que posee legalmente un arma puede utilizarla para defender vidas, como reconocieron las autoridades en esta intervención.

La pregunta para México no tendría que ser solamente cuánto dinero se ofrece por entregar una pistola. Tendría que ser también qué protección efectiva recibe la persona que la entrega. Quién responde cuando aparece el agresor. Con qué rapidez. Y qué ocurre durante esos minutos en los que la ayuda todavía no llega.

No se trata de sustituir al Estado por padres aterrados ni de convertir una escuela en campo de batalla. Se trata de exigir una discusión menos floja: sobre prevención, acceso de los agresores a las armas, posesión legal, responsabilidad y capacidad real de protección.

Giamanco había salido a trabajar y pensaba volver a casa a comer. Terminó enfrentándose a un asesino y lamentando no haber salvado a todos. Esa es la dimensión humana del asunto, no la postal triunfal de un pistolero.

Reducirlo a «las armas salvan» sería una simplificación. Despacharlo con «las armas nunca sirven para proteger» sería cerrar los ojos ante lo sucedido.

Y cuando se discute la vida de los ciudadanos, cerrar los ojos no debería contar como política pública.

«Quiero ser un héroe en este mundo. Siento como si mi destino fuera estar aquí y hacer esto», dijo Giamanco a Oregon Public Broadcasting. «Siempre he querido cambiar el mundo, pero me he sentido pequeño. Tú sabes, sólo soy un carpintero de Bend, Oregón».

Con información: ELNORTE/ USA TODAY/

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