En un despliegue digno de antología —no por eficacia, sino por ceguera selectiva—, la FGR incautó una refinería clandestina en Reynosa que llevaba meses operando el único cártel liderado desde Jalisco por Cesar Morfin Morfin,alias «Primito», que es quien controla y regula el delito: el Cártel del Golfo, además identificado en “abrazos y cenas” de lugartenientes con el gobernador Américo Villarreal, y a tan solo 1.5 kilómetros de un cuartel de la Guardia Nacional. Sí, kilómetros, no metros por error tipográfico.
Desde al menos febrero de 2025, cualquiera con curiosidad, internet y dos ojos funcionales podía ubicar la instalación en Google Maps.
Ahí estaba: tanques voluminosos, infraestructura industrial, caminos de acceso. Nada sutil. Nada escondido. Nada que exigiera labores de inteligencia avanzada, satélites o infiltrados. Bastaba con hacer zoom.
La “refinería” —porque a estas alturas el diminutivo ya suena a burla— no sólo era visible desde brechas como El Becerro, sino también desde el propio Libramiento Reynosa Sur II.
Es decir, desde donde pasan civiles, transportistas… y, casualmente, fuerzas de seguridad. Incluso desde el entorno del cuartel de la Guardia Nacional, ese mismo que, en teoría, existe para vigilar y disuadir actividades exactamente como esta.
Pero no: durante meses, siete tanques verticales, once móviles y millones de litros de hidrocarburo ilegal convivieron en perfecta armonía con la autoridad. Una especie de urbanismo paralelo donde el crimen organizado construye, almacena y opera sin que nadie “se dé cuenta”. O, mejor dicho, sin que nadie quiera darse cuenta.
Para llegar al sitio, el camino es casi turístico: se toma el libramiento, se gira justo donde está el cuartel de la GN y se avanza por una brecha conocida —no por su tranquilidad rural— sino por ser ruta habitual de contrabandistas, polleros y narcotraficantes. A 1.5 kilómetros, ahí está la entrada. Sin acertijos, sin coordenadas secretas, sin necesidad de mapas del tesoro.
Y aun así, oficialmente, la ubicación era “desconocida”.
Cuando finalmente se realizó el operativo, el resultado fue tan espectacular como incompleto: millones de litros decomisados, predios asegurados… y cero detenidos. Una refinería fantasma que nadie vio, nadie operó y nadie construyó. Un milagro logístico digno de estudio.
Eso sí, una vez asegurado el lugar, la eficiencia apareció de golpe: periodistas bloqueados, accesos cerrados, retenes activos. La Guardia Nacional, que durante meses no notó con «inteligencia + Coordinación» una planta industrial clandestina a kilómetro y medio, ahora sí detecta con precisión quirúrgica a cualquier civil que intente acercarse.
El diputado panista Federico Döring que también suele padecer de ceguera selectiva, hizo la pregunta obvia, esa que incomoda porque no admite demasiadas respuestas elegantes: ¿cómo puede operar durante meses una infraestructura de ese tamaño, visible desde la carretera, sin que autoridad alguna se entere?
La respuesta no está en la distancia. 1.5 kilómetros no es un problema geográfico. Es un síntoma.
Porque aquí no falló el radar. Falló —otra vez— la voluntad de ver.
Con información: ELNORTE/

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