Una niña mexicana, brillante en robótica y equitación, fue expulsada de su propio futuro por la cobardía de un militar y la indiferencia de una jueza que llegó al cargo por voto popular, pero no por vocación de justicia.
El militar que usa los galones para lastimar
El teniente oficinista Francisco Javier Xala Chigo no sólo negó a su hija el servicio médico militar en sus primeros años de vida; negó algo más profundo: el reconocimiento básico de humanidad a una menor a la que se le debía cuidado, no castigo. Durante seis años se negó a reconocerla, burló una sentencia que lo obligaba a cumplir con su paternidad y sólo reaccionó cuando un juez lo obligó a hacerlo por la vía judicial, no por la vía de la conciencia.
Hoy, ya no puede negar que es su hija, pero se da el lujo de negarle una firma para un pasaporte, sabiendo perfectamente que sin ese trazo de tinta la niña no puede representar a México en un torneo internacional de robótica y un concurso de equitación en Estados Unidos.
Es la violencia familiar convertida en diplomacia del resentimiento: usar a la niña como rehén emocional, como trofeo de castigo, como campo de batalla de sus rencores de adulto, mientras porta uniforme de Fuerzas Armadas y cobra del erario que ella misma no puede representar dignamente en el extranjero.
El Estado Mayor de la doble moral es éste: Sedena descuenta pensión alimenticia pero no la actualiza conforme a la inflación como marca la ley, mientras el padre se atrinchera en la omisión selectiva, negando lo único que no puede hacerle llegar vía nómina: respeto, apoyo, acompañamiento. Una niña que gana su lugar en competencias internacionales es más disciplinada, constante y patriota que el teniente que, con una simple firma, pudo haberla dejado alzar la voz de México en otra frontera.
La jueza del voto popular que le dio la espalda a una niña
Del otro lado, la jueza Jessica Guadalupe Alemán Cáceres, recien electa por el voto popular de los «acordeones», tuvo la oportunidad de hacer lo mínimo: usar el poder que le confió la gente para proteger a una menor frente a la arbitrariedad de un padre que ya había sido condenado a reconocerla. Pero, en lugar de eso, eligió esconderse detrás de una respuesta procesal absurda, remitiendo a un punto sobre pensión retroactiva que nada tenía que ver con la urgencia de una firma para un pasaporte.
Ese formalismo malintencionado no es “criterio jurídico”, es indiferencia con membrete judicial. Cuando una jueza en materia familiar, además adscrita a un Centro de Justicia para las Mujeres, se niega a intervenir para que una niña pueda ejercer una oportunidad única, no está siendo neutral: está tomando partido por el agresor por omisión.
La madre ya recurrió al Tribunal de Disciplina Judicial, denunció a la jueza por bloquear el incremento anual de la pensión y por el daño irreparable de impedir el viaje; cuando una mujer tiene que ir a la Corte, a la Presidencia y a diputadas para que alguien se digne voltear a ver a su hija, queda claro que el fuero se ha convertido en muro y no en escudo.
Lo justo contra lo conveniente
Lo conveniente para el militar es seguir castigando a la madre a través de la hija, dilatando, negando, desapareciendo detrás de la burocracia de las firmas. Lo conveniente para la jueza es no meterse en problemas con un miembro de las Fuerzas Armadas, lavarse las manos con tecnicismos y dejar que la vida de una niña se marchite “conforme a trámite”.
Pero lo justo es otra cosa: lo justo era entender que el interés superior de la niñez no es una frase ornamental de reforma constitucional, sino un mandato que obliga a doblar el trámite ante la urgencia y la evidencia del daño. Lo justo era reconocer que una niña que ganó su lugar en robótica y equitación no pedía privilegios, pedía que el Estado no se interpusiera entre ella y su propio esfuerzo.
Lo justo era incomodar al militar, no a la menor; llamarlo, requerirlo, imponer medidas de apercibimiento, ejecutar la sentencia, ajustar la pensión, hacer lo que fuera necesario para que la violencia económica y emocional no se tradujera en la cancelación de un sueño. Lo justo era usar la silla judicial para amortiguar el golpe, no para asestar uno más.
El país que rompe a sus niñas talentosas
En diciembre, la niña ganó el pase para representar a México. En enero, el aparato de indiferencia de un padre militar y una jueza electa por voto popular le cerró la puerta en la cara. No la descalificaron por falta de talento, disciplina o méritos: la descalificaron por la mezquindad de adultos que prefirieron castigar que acompañar.
Mientras la madre peregrina por la Suprema Corte, por la Presidencia, por instancias de derechos de niñas, niños y adolescentes, el mensaje es brutal: en México, incluso si eres niña, talentosa, seleccionada para representar al país, puedes perderlo todo porque un hombre con uniforme decide que no firmas, y una jueza decide que no mira. El daño es irreparable, dicen los expedientes; pero detrás de esa palabra fría hay una niña que aprenderá demasiado pronto que el país al que iba a representar fue el primero en darle la espalda.
En nombre de la conveniencia, le arrebataron un viaje, un torneo, una oportunidad. En nombre de la justicia, alguien tendría que empezar a decirlo con todas sus letras: el militar y la jueza fallaron, no contra una madre, sino contra la niña, contra el derecho y contra la idea misma de que este país merece alguna vez ser representado por algo mejor que su burocracia sentimentalmente analfabeta.
Con informacion: PROCESO/

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